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El Reflejo Roto / Chapter 8 / 10

Capítulo 8: El Contraataque del Dragón

La imponente biblioteca de la finca Sterling, habitualmente un refugio de silencio y olor a papel antiguo, se había transformado en una auténtica sala de guerra. Sobre la inmensa mesa de roble macizo, docenas de carpetas, tabletas y tazas de café a medio terminar formaban un caos organizado. Cinco de los abogados corporativos más letales del país, vestidos con trajes impecables a pesar de ser domingo por la noche, escuchaban en silencio sepulcral.

En la cabecera de la mesa, Ethan Sterling irradiaba una energía oscura, fría y absolutamente implacable. Ya no era el viudo afligido ni el padre abrumado; era el depredador alfa que había aplastado a corporaciones rivales sin pestañear. Y Victoria acababa de cometer el error de amenazar lo único que él consideraba sagrado.

—Quiero opciones, y las quiero ahora —exigió Ethan, su voz grave resonando contra las estanterías—. No vamos a negociar. No le voy a dar ni un solo centavo de mi dinero a esa mujer para que desaparezca. Quiero que sea aniquilada legal y financieramente.

El abogado principal, un hombre canoso de mirada afilada llamado Harrison, se ajustó las gafas.

—Señor Sterling, la demanda civil por daños emocionales es frívola, podemos aplastarla en los tribunales fácilmente con el video de la agresión. El verdadero problema es la denuncia ante los Servicios de Protección Infantil. Vance es astuto. Sabe que, por protocolo, el estado debe investigar cualquier acusación de "entorno tóxico", especialmente cuando hay tanta presión mediática. Una trabajadora social vendrá a la casa mañana a primera hora.

Ethan apretó los puños. La idea de que una burócrata interrogara a Leo, haciéndole revivir el trauma solo por la venganza de Victoria, le revolvía el estómago.

—Mi hijo no es un peón en su juego de extorsión —siseó Ethan—. ¿Qué tenemos sobre ella?

Desde la sombra de un rincón de la sala, dio un paso adelante un hombre delgado, vestido de manera informal, con ojeras profundas y un maletín de cuero desgastado. Era Silas, el investigador privado jefe de la corporación Sterling, un maestro en desenterrar los esqueletos que la alta sociedad intentaba esconder.

—Tenemos mucho, jefe —dijo Silas, arrojando una carpeta negra sobre la mesa deslizándola hacia Ethan—. La señora Vane dio una rueda de prensa llorando y jurando que usted la obligó a medicarse. Afirmó bajo perjurio televisivo que su reacción fue producto de ansiolíticos recetados para lidiar con el "abuso". Bueno, he hackeado... quiero decir, he solicitado amablemente sus registros médicos a nivel nacional.

Silas sonrió con frialdad.

—Victoria Vane no tiene ni una sola prescripción psiquiátrica en su historial. Ni una. Sin embargo, mis rastreos bancarios revelan que, durante el último año, ella transfirió miles de dólares mensuales desde su cuenta personal a una clínica privada de rehabilitación en Suiza. No para medicamentos, Ethan. Para deudas de juego.

Los abogados en la sala murmuraron entre ellos. Ethan abrió la carpeta, sus ojos escaneando los documentos con rapidez.

—Victoria estaba ahogada en deudas antes de conocerlo —continuó el investigador—. Debía casi tres millones de dólares a prestamistas privados de dudosa reputación. La boda con usted no era solo ambición social; era una operación de rescate. Si no se casaba con usted y obtenía acceso a sus fondos fiduciarios, esos prestamistas le iban a romper las piernas. La mancha en el vestido la hizo entrar en pánico porque vio esfumarse su salvavidas financiero, no por un colapso nervioso.

Ethan cerró la carpeta con un golpe seco que hizo saltar a un par de abogados. Una sonrisa depredadora, desprovista de cualquier calidez, se dibujó en su rostro.

—Excelente, Silas. Filtraremos la información sobre sus deudas de juego a los tabloides esta misma noche. Dejemos que la opinión pública la devore viva. Harrison, quiero que prepares una contrademanda por extorsión, fraude, difamación e intento de perjurio. Y embarguen preventivamente el apartamento donde vive; yo pagué el alquiler anual, puedo cancelarlo.

La reunión se disolvió poco después de la medianoche. Cuando los abogados se retiraron, Ethan se quedó solo en la biblioteca, frotándose las sienes. El dolor de cabeza era cegador, pero la adrenalina lo mantenía en pie.

Un suave roce en la puerta lo hizo levantar la vista. Elena estaba allí, en pijama y envuelta en una bata gruesa, sosteniendo una taza de té humeante. Se acercó a él en silencio y dejó la taza sobre la mesa de roble.

—Vi que las luces seguían encendidas —susurró ella, mirándolo con preocupación—. Tienes que descansar, Ethan.

Él suspiró y se reclinó en la silla, mirándola a los ojos. En medio de toda la oscuridad y la traición que Victoria había traído a su vida, Elena era el único faro de luz auténtica.

—Mañana vendrán los de Servicios Infantiles, Elena. Quieren evaluar si esta casa es un buen lugar para Leo. Victoria te acusó de manipularlo. Te van a interrogar. Van a intentar retorcer tus palabras.

Elena no retrocedió. Su postura se enderezó y una chispa de fiereza maternal brilló en sus ojos oscuros.

—Que vengan. No tengo nada que ocultar, Ethan. Amo a ese niño y él me ama a mí. Ninguna trabajadora social, ni ninguna mentira de esa mujer, va a cambiar la verdad que se respira en esta casa. Protegeré a Leo de ella, incluso si tengo que enfrentarme al mundo entero.

Ethan se levantó lentamente, acortando la distancia entre ellos. La admiración que sentía por esta mujer era tan inmensa que casi le asustaba. Levantó una mano y, con infinita suavidad, apartó un mechón de cabello rebelde del rostro de Elena.

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—No tendrás que enfrentarte al mundo sola, Elena. Nunca más. Mañana seremos un frente unido. Esta es nuestra familia ahora.

Las palabras flotaron en el aire, pesadas, cargadas de un significado que iba mucho más allá de una simple promesa de protección. Elena sintió que su corazón se aceleraba, pero asintió con firmeza, sabiendo que, por primera vez en su vida, estaba exactamente donde pertenecía.

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