Capítulo 6: El Veneno en la Tinta

El despacho de Arthur Vance, situado en el último piso de un rascacielos de cristal en el distrito financiero, olía a cuero caro, cera para madera y ambición desmedida. Vance era conocido en la alta sociedad no por ser un abogado ético, sino por ser un "solucionador de problemas". Era el hombre al que los políticos llamaban cuando tenían un accidente de tráfico bajo los efectos del alcohol, o al que las estrellas de cine acudían para silenciar escándalos. Y ahora, era la única esperanza de Victoria Vane.
Victoria estaba sentada frente al inmenso escritorio de roble, envuelta en un abrigo de diseñador negro y enormes gafas de sol que ocultaban sus ojos enrojecidos por la furia y la falta de sueño. Sus manos, con la manicura francesa comenzando a astillarse por la ansiedad, temblaban ligeramente mientras sostenía una taza de café que ni siquiera había probado.
Vance, un hombre de unos cincuenta años con el cabello engominado hacia atrás y un traje a rayas hecho a medida, terminó de ver el video en su tableta. Hizo una pausa justo en el momento del impacto, donde la mano de Victoria chocaba contra el rostro aterrorizado del pequeño Leo. Suspiró pesadamente, dejó la tableta boca abajo y se recostó en su silla de cuero, uniendo las yemas de sus dedos.
—Es un desastre de relaciones públicas, Victoria —comenzó Vance, su voz arrastrando las vocales con un tono calculador—. El tribunal de la opinión pública ya te ha condenado a la guillotina. Golpear a un niño huérfano de madre, en el altar, vestido con un esmoquin en miniatura... Ni siquiera Hollywood podría escribir un guion de villana más perfecto.
Victoria se quitó las gafas de sol de un tirón, revelando una mirada cargada de veneno puro.
—¡No vine aquí a que me des sermones, Arthur! Vine para que lo arregles. Te pago una tarifa por hora que podría alimentar a un país pequeño. Ethan me ha destruido. Ha cancelado mis tarjetas, me ha humillado frente a la élite del país y mis patrocinadores me están abandonando como ratas en un barco que se hunde. ¡Quiero que pague!
Vance esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—El señor Sterling es uno de los hombres más poderosos de la costa este, Victoria. Tiene a los mejores bufetes corporativos en su nómina. Si vas a la guerra de frente con él por incumplimiento de promesa matrimonial, te aplastará. Ese video es su escudo. El juez mirará la agresión y desestimará cualquier demanda financiera que intentes presentar.
—¡Fue un reflejo! —gritó ella, poniéndose de pie de un salto, apoyando las manos sobre el escritorio—. ¡Ese niño malcriado venía con las manos llenas de mugre! ¡Me arruinó un vestido de cincuenta mil dólares! ¡Y esa... esa sirvienta barata que llama niñera, estoy segura de que ella lo empujó a propósito! ¡Elena siempre me odió, siempre quiso mi lugar!
Vance levantó una ceja, deteniendo su mirada en el rostro enloquecido de su clienta. La mente del abogado, entrenada para retorcer la verdad hasta convertirla en un arma, comenzó a trabajar a toda máquina. De repente, la rabieta paranoica de Victoria encendió una chispa de genialidad macabra en su cerebro.
—Siéntate, Victoria —ordenó Vance, con un tono autoritario que la obligó a obedecer—. Acabas de darme nuestro ángulo.
Victoria se dejó caer en la silla, respirando agitadamente. —¿De qué hablas?
Vance se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio, sus ojos brillando con malicia.
—Tú no eres la villana de esta historia. Eres la víctima de una campaña de abuso psicológico prolongado. Piensa en ello. Ethan Sterling es un viudo controlador que te exigió que borraras tu identidad para encajar en el molde de su esposa muerta. Te sometió a niveles inhumanos de estrés emocional. Y luego, está la niñera. Elena. Una mujer manipuladora que ha estado alienando al niño, envenenando su mente contra ti porque ella misma está secretamente enamorada de su jefe.
Victoria parpadeó, procesando la narrativa. Una lenta y siniestra sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios pintados de rojo.
—El día de la boda —continuó Vance, bajando la voz como si estuviera contando un secreto oscuro—, bajo el efecto de ansiolíticos severos recetados para lidiar con el maltrato psicológico de Ethan, fuiste provocada. El niño, manipulado por la niñera, intentó destruir tu vestido a propósito. El golpe no fue un acto de malicia; fue un episodio de disociación temporal causado por el trauma. Un reflejo defensivo en medio de un colapso nervioso.
—Arthur... eres un genio absoluto —susurró Victoria, sintiendo cómo el poder volvía a sus venas. La narrativa la absolvía de toda culpa. Ella no era un monstruo; era una mártir empujada al límite.
—Lanzaremos una demanda civil masiva contra Ethan Sterling por daños emocionales, crueldad mental y difamación. Exigiremos cincuenta millones de dólares como indemnización —Vance sacó un bolígrafo de oro de su bolsillo interior y comenzó a garabatear en un bloc de notas—. Y paralelamente, presentaremos una queja formal ante los servicios de protección infantil contra él y la niñera, argumentando que el entorno en esa casa es tóxico y manipulador para el menor.
—¿Servicios infantiles? —Victoria soltó una carcajada fría, reclinándose en la silla, imaginando la cara de Ethan—. Eso lo destrozará. Ethan respira por ese mocoso.
—Exacto. Cuando lo golpeemos donde más le duele, cuando amenacemos con manchar su reputación como el "padre perfecto" y pongamos a los trabajadores sociales a hurgar en su casa, te rogará llegar a un acuerdo extrajudicial. Te firmará un cheque en blanco solo para que desaparezcamos.
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Victoria se puso las gafas de sol de nuevo, ocultando el brillo calculador de sus ojos.
—Redacta los papeles, Arthur. Convoca una rueda de prensa para mañana a primera hora. Voy a aparecer sin maquillaje, vestida de manera conservadora. Lloraré frente a las cámaras y le contaré al mundo cómo el gran Ethan Sterling me volvió loca para luego desecharme. Si no puedo ser la reina de su castillo, me aseguraré de reducirlo a cenizas.