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El Reflejo Roto / Chapter 7 / 10

Capítulo 7: La Tormenta que Acecha

Lejos de los rascacielos de cristal y las intrigas corporativas, la finca Sterling respiraba una paz que no había conocido en años. El fin de semana había transcurrido como un bálsamo sobre una herida abierta. Sin la presencia asfixiante de Victoria, la inmensa casa ya no parecía un museo estéril, sino un hogar.

En el jardín trasero, rodeado por enormes robles centenarios, Ethan estaba sentado en el césped. Llevaba unos pantalones cortos y una camiseta desgastada. Frente a él, Leo corría persiguiendo a "Buster", un cachorro de Golden Retriever que Ethan había comprado el día anterior. La risa cristalina del niño, pura y libre de miedo, flotaba en el aire cálido de la tarde.

Ethan observaba a su hijo con una sonrisa que le llegaba a los ojos, pero también con una punzada de remordimiento constante. ¿Cómo había podido estar tan ciego? ¿Cómo había permitido que la ambición de darle una "madre de catálogo" lo alejara de las verdaderas necesidades de su hijo?

—Tiene mucha más energía desde que llegó Buster —dijo una voz suave a sus espaldas.

Ethan se giró y vio a Elena caminando hacia él, sosteniendo una bandeja con limonada helada. Llevaba un vestido de verano sencillo, de color azul claro, que ondeaba suavemente con la brisa. Se sentó en el césped a su lado, cruzando las piernas, ofreciéndole un vaso.

—Gracias, Elena —Ethan tomó el vaso, rozando los dedos de ella intencionalmente por un segundo. Se quedó mirándola un instante de más. Desde que ella se había mudado al ala principal de la casa, la dinámica entre ellos había cambiado de una manera profunda e irreversible. Ya no eran jefe y empleada; eran aliados, protectores del mismo tesoro.

—Te ves diferente, Ethan. Más... relajado —comentó Elena, bebiendo de su vaso, observando a Leo tropezar cómicamente sobre el césped para abrazar al perro.

—Me siento despierto por primera vez en tres años —confesó él, suspirando. Apoyó los codos en sus rodillas y miró fijamente el horizonte—. Cuando Sarah murió, me hundí en el trabajo. Construí edificios, compré empresas, creyendo que dejarle a Leo un imperio financiero compensaría la falta de una madre. Victoria fue... una decisión de negocios. La mujer perfecta para acompañarme a las galas. Pensé que el cariño surgiría con el tiempo. Fui un estúpido.

Elena lo miró con compasión, sin lástima.

—No eres un estúpido, Ethan. Eres un hombre que estaba de luto y que intentó hacer lo correcto de la manera equivocada. Victoria supo exactamente qué fachada mostrarte. Era una actriz brillante. Pero lo importante es que reaccionaste a tiempo. Elegiste a Leo.

Ethan se giró para mirarla a los ojos. Había una intensidad en la mirada del magnate que hizo que a Elena le diera un vuelco el corazón.

—No solo elegí a Leo, Elena. Elegí la verdad. Y la verdad es que tú has sido más madre para él de lo que Victoria habría sido en cien vidas. No sé qué haríamos sin ti.

Elena bajó la mirada, sintiendo que un rubor cálido subía por sus mejillas.

—Siempre estaré aquí para él, Ethan. Eso no tienes que dudarlo nunca.

El momento íntimo, cargado de palabras no dichas y promesas silenciosas, fue abruptamente interrumpido por el sonido de pasos pesados aplastando la grava del sendero. Era Marcus, el jefe de seguridad. Su rostro ancho y curtido estaba más sombrío de lo habitual. Llevaba una carpeta gruesa de color manila en la mano izquierda y una tableta en la derecha.

—Señor Sterling. Siento mucho interrumpir —dijo Marcus, deteniéndose a unos metros de distancia para darles privacidad, pero la urgencia en su tono era inconfundible.

Ethan frunció el ceño, poniéndose en pie de inmediato. El instinto corporativo volvió a endurecer sus facciones.

—¿Qué pasa, Marcus? Te dije que no quería saber nada del mundo exterior hasta el lunes.

Marcus extendió la tableta primero.

—La señora Vane acaba de dar una rueda de prensa hace media hora, señor. Se está transmitiendo en cadena nacional. Creo que necesita ver esto. Y luego... tiene que firmar la recepción de este sobre. Un notario lo dejó en la puerta principal hace diez minutos.

Ethan tomó la tableta. El video mostraba a Victoria, vestida con un modesto traje sastre de color oscuro, sin una gota de maquillaje, llorando desconsoladamente frente a docenas de micrófonos. A su lado estaba Arthur Vance, el infame abogado de los tabloides, consolándola con falsa empatía.

"...fui víctima de un terrorismo psicológico sistemático" —se escuchaba decir a Victoria en el video, con la voz entrecortada—. "Ethan me obligó a tomar medicamentos para controlar la ansiedad que él mismo me provocaba. El día de la boda, yo no era yo misma. Estaba medicada, empujada al borde del colapso por él y por la cruel manipulación de la niñera, que ha estado poniendo al niño en mi contra por celos enfermizos..."

Elena, que se había levantado y estaba viendo la pantalla junto a Ethan, soltó un jadeo de indignación, llevándose una mano a la boca.

—¡Eso es una absoluta mentira! ¡Es una locura! —exclamó la joven, sintiendo que la sangre le hervía.

Ethan apagó la pantalla de golpe, sus dedos apretando los bordes del dispositivo de aluminio con la fuerza suficiente para doblarlo. Se giró hacia Marcus y tomó la carpeta manila. Rompió el sello de un tirón y leyó rápidamente la primera página del documento legal.

Cincuenta millones de dólares. Demanda por crueldad mental, difamación, y una citación de los Servicios de Protección Infantil para evaluar la idoneidad del entorno de Leo.

Victoria no solo estaba atacando su cuenta bancaria. Estaba intentando arrebatarle a su hijo usando al estado como arma. La había subestimado. Pensó que una mujer motivada solo por el dinero se escondería en la vergüenza, pero no había contado con el narcisismo de una reina destronada que prefiere quemar el reino antes que admitir su derrota.

—Ethan... —murmuró Elena, viendo cómo el rostro del hombre se transformaba. La calidez del padre que jugaba en el jardín había desaparecido por completo. En su lugar, estaba el depredador implacable que había construido un imperio devorando a sus competidores.

—Lleva a Leo adentro, Elena. Quédate con él en el ala oeste —ordenó Ethan con una calma gélida que resultaba aterradora—. Marcus, comunícame con la junta directiva y con el bufete de abogados de la empresa. Quiero a los cinco socios principales en mi oficina en menos de una hora. Y llama a los investigadores privados.

—¿Qué va a hacer, señor? —preguntó Marcus, sacando su teléfono encriptado.

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Ethan miró los documentos legales, sus ojos negros como el carbón reflejando una ira calculada y destructiva.

—Victoria cree que puede usar a los medios y al estado para acorralarme. Cree que voy a pagarle para que se calle. —Ethan arrugó la demanda en su puño—. Quiere jugar a la guerra. Muy bien. Voy a exhumar cada secreto de su vida, cada transacción, cada contacto. Voy a destruir a su abogado y la voy a arrastrar por los tribunales hasta que no tenga ni para pagarse un café. Despierta al dragón, Marcus. Hoy empezamos la cacería.

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