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Chapter 8 - La paciente diecisiete

Verónica tenía doce años cuando Hale Industries implantó el primer prototipo de Aurora.

Su madre firmó el consentimiento después de que los médicos prometieran reducir los temblores que sufría desde pequeña. Durante los primeros meses, el tratamiento funcionó.

Después comenzaron las pérdidas de memoria.

Verónica despertaba en lugares desconocidos, sufría episodios de obediencia automática y olvidaba conversaciones enteras. Nathan, entonces joven abogado de la empresa, convenció a su familia de aceptar un acuerdo confidencial.

Cuando la madre de Verónica murió, Meridian Crown pagó sus estudios y la incorporó como analista.

—La criaron dentro de la misma organización que la dañó —dijo Isabella.

Marta asintió.

—Lucía descubrió su identidad. Intentó ayudarla, pero Verónica ya no sabía en quién confiar.

La policía trasladó a Verónica a un hospital seguro. Una resonancia confirmó que todavía llevaba una versión modificada del implante.

Keller explicó que Nathan poseía un transmisor capaz de provocar dolor, confusión o pérdida temporal del conocimiento.

—¿Lo utilizó durante el incendio? —preguntó Maya.

—Probablemente. Si ella desobedecía, podía castigarla sin acercarse.

Isabella visitó a Verónica bajo vigilancia.

La mujer estaba esposada a la cama. Ya no parecía la figura impecable de las entrevistas. Tenía vendas en los brazos y ojeras profundas.

—No he venido a perdonarte —dijo Isabella.

—No lo esperaba.

—Necesitamos encontrar el transmisor.

Verónica soltó una risa débil.

—Nathan nunca lo lleva consigo. Está conectado a una red privada.

—¿Dónde?

—En el primer laboratorio de Aurora.

—El edificio abandonado donde encontramos los archivos.

—No. Existía otro antes. Debajo de la casa de campo de Marcus Vale.

Marcus había sido arrestado, pero su propiedad permanecía cerrada por orden judicial. La policía registró el lugar y encontró una sala subterránea con equipos todavía activos.

El transmisor de Verónica no era el único.

Había dispositivos asociados a treinta y cuatro pacientes.

Nathan conservaba la capacidad de afectar a todos ellos.

Daniel Cho aisló el sistema, pero advirtió que apagarlo de manera incorrecta podía enviar una última señal de máxima intensidad.

—Necesitamos la contraseña principal —dijo.

Verónica conocía una parte: “LUCIA17”. Nathan cambió los últimos seis caracteres cada semana.

Isabella recordó la grabación de su madre. Aurora registraba automáticamente cada acceso. Si conectaban el perfil genético y simulaban la autorización, el sistema enviaría las pruebas.

Prepararon la operación en la casa de campo.

Isabella ocuparía la sala principal. Maya y un equipo táctico permanecerían ocultos. Adrian observaría desde un centro de control remoto.

A medianoche, Nathan entró por un túnel que los planos oficiales no mostraban.

No venía solo.

Llevaba a Keller delante de él con un arma contra la espalda. El médico había sido trasladado para identificar los equipos y Nathan interceptó el vehículo.

—Todos al suelo —ordenó.

Maya dudó. Un disparo podía alcanzar los transmisores y activar una descarga contra los pacientes.

Nathan obligó a Keller a conectar el servidor.

—Isabella, coloca la mano en el lector.

—Si lo hago, el sistema te identificará.

—Tu madre diseñó esa función cuando todavía creía que la ley podía protegerla. Yo eliminé las conexiones externas.

Isabella sabía que mentía. Daniel había encontrado una ruta oculta que Lucía protegió dentro del código.

Colocó la mano.

El sistema solicitó una frase de voz.

—“La memoria pertenece a quien la vivió” —leyó Nathan.

Isabella repitió las palabras.

Las pantallas se encendieron. Aparecieron expedientes, pagos y grabaciones.

Nathan comenzó la transferencia.

En el centro de control, Daniel confirmó que el registro se enviaba simultáneamente a la fiscalía, a una organización médica internacional y a varios periodistas.

—Lo tenemos —dijo.

Maya ordenó intervenir.

Nathan escuchó el movimiento. Disparó contra las luces y tomó a Isabella por el cuello.

—¡Nadie entra!

La arrastró hacia el túnel.

Adrian abandonó el centro de control, ignorando las órdenes. Entró por una salida lateral y bloqueó el camino.

—Déjala ir.

Nathan apuntó hacia él.

—Siempre apareces después de que otros pagan por tus errores.

—Esta vez estoy aquí.

—Demasiado tarde para Lucía.

Isabella sintió que la presión alrededor de su cuello disminuía cuando Nathan giró el arma. Golpeó su muñeca y se apartó.

Adrian se lanzó contra él.

Ambos cayeron junto al panel de control.

Nathan presionó un botón.

Verónica comenzó a convulsionar en el hospital.

Los monitores de otros pacientes emitieron alarmas.

Daniel gritó que debían cortar el receptor principal.

Keller corrió hacia el panel. Podía desconectarlo, pero tendría que introducir la mano entre cables de alta tensión.

—¡Morirá! —advirtió Maya.

—Ya dejé que demasiadas personas sufrieran para protegerme.

Keller arrancó el módulo.

Una descarga lo arrojó contra la pared.

Las luces se apagaron.

En el hospital, Verónica dejó de convulsionar.

Keller permanecía inconsciente, pero tenía pulso.

Nathan intentó alcanzar el arma. Isabella la apartó con el pie. Maya y los agentes lo rodearon.

—Nathan Reed, queda arrestado.

Él miró a Isabella.

—La compañía caerá contigo.

—Entonces construiremos algo mejor con lo que quede.

Mientras se lo llevaban, Daniel confirmó que la información había sido entregada.

Por primera vez, todas las pruebas de Lucía existían fuera del control de la familia Hale.

Nathan ya no podía quemarlas, comprarlas ni encerrarlas en una habitación sin ventanas.

Pero el registro automático reveló un último acceso realizado después de la muerte de Lucía.

La persona que había utilizado el perfil de Isabella no era Nathan, Verónica ni Keller.

Era Adrian.

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Su padre había activado Aurora tres años antes.

Y todavía no les había contado por qué.

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