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Chapter 1 - La puerta que no debía abrirse

El grito de Isabella atravesó el pasillo del segundo piso.

Adrian Hale acababa de entrar en la mansión después de un vuelo nocturno desde Londres. Nadie esperaba que regresara antes del lunes, pero una reunión se había cancelado y decidió sorprender a su familia.

Dejó la maleta junto a la escalera y escuchó otro grito.

Procedía del antiguo dormitorio de su difunta esposa, Lucía.

Adrian subió sin llamar a nadie. Al acercarse vio que la puerta estaba entreabierta. Dentro, Isabella permanecía sentada sobre la cama con una camisa blanca demasiado grande. Tenía el cabello desordenado y el rostro cubierto de lágrimas.

Verónica, la segunda esposa de Adrian, estaba frente a ella.

—¡Dime dónde escondiste el collar! —gritó Verónica.

—No lo tomé.

—Solo tú entraste en mi habitación.

—Llevo tres días encerrada aquí.

Verónica levantó una mano.

—¡No vuelvas a mentirme!

Isabella se protegió el rostro.

Adrian empujó la puerta.

—¿Qué está ocurriendo?

Verónica se volvió. Durante un instante pareció asustada, pero enseguida recuperó el control.

—Adrian, no sabíamos que regresarías.

—Eso no responde a mi pregunta.

Isabella intentó levantarse. Le temblaban las piernas y tuvo que apoyarse en la cama.

—Papá…

Adrian no veía a su hija desde hacía cuatro meses. Habían hablado por teléfono, aunque las conversaciones siempre eran breves. Verónica explicaba que Isabella seguía deprimida después de abandonar la universidad y que los médicos recomendaban limitar las situaciones estresantes.

Ahora Adrian observó sus muñecas.

Había marcas oscuras alrededor de ellas.

—¿Quién te hizo eso?

Isabella abrió la boca, pero Verónica habló primero.

—Sufrió una crisis anoche. Intentó romper una ventana y tuvimos que sujetarla para evitar que se hiciera daño.

—No es verdad —dijo Isabella—. Ella me encerró.

Verónica avanzó y la señaló.

—Mírala. Está mintiendo otra vez. Robó mi collar, atacó a una empleada y ahora intenta convertirte en su enemigo.

Adrian miró alrededor.

Las ventanas estaban cerradas con pestillos exteriores. No había teléfono sobre la mesa y el tirador interior de la puerta había sido retirado.

—¿Por qué no puede abrir desde dentro?

Verónica perdió la sonrisa.

—El médico dijo que era lo más seguro.

—¿Qué médico?

—El doctor Keller.

Adrian conocía a Thomas Keller. Era especialista en medicina privada para familias ricas y amigo personal de Verónica.

—Papá, no estoy enferma —dijo Isabella—. Me están dando pastillas que me hacen olvidar cosas.

—Son medicamentos recetados —respondió Verónica—. Si dejara de escupirlos, quizá mejoraría.

Isabella sacó algo de debajo de la almohada.

Era un pequeño frasco sin etiqueta.

Adrian lo tomó.

—¿Por qué no aparece el nombre del medicamento?

Verónica intentó quitárselo.

—Porque el personal cambia los envases para organizar las dosis.

Adrian apartó la mano.

—Nadie cambia medicamentos recetados a botellas sin identificar.

El rostro de Verónica se endureció.

—He cuidado de tu hija mientras tú viajabas por el mundo. No tienes derecho a entrar aquí y juzgarme por una escena que no comprendes.

—Comprendo que estabas a punto de golpearla.

—Me provocó.

—Es mi hija.

—También es una adulta que se comporta como una niña manipuladora.

Verónica levantó nuevamente la mano hacia Isabella.

Adrian la detuvo y le dio una bofetada.

El sonido resonó en la habitación.

Verónica se llevó una mano a la mejilla, demasiado sorprendida para hablar.

Adrian se acercó hasta quedar frente a ella.

—Nunca vuelvas a tocar a mi hija.

Sus rostros quedaron separados por pocos centímetros.

—Has cometido un error —susurró Verónica.

—El error fue dejarte sola con ella.

Verónica miró hacia el pasillo.

—¿Crees que nadie verá lo que acabas de hacer? Hay cámaras en esta casa. Acabas de golpear a tu esposa delante de una joven mentalmente inestable.

Adrian sintió que aquellas palabras no eran una amenaza improvisada. Verónica llevaba tiempo esperando una escena que pudiera utilizar.

—Llama a seguridad si quieres —dijo—. También revisaremos las grabaciones de esta habitación.

Por primera vez, Verónica pareció realmente preocupada.

—Aquí no hay cámaras.

Isabella levantó la mirada.

—Sí hay una.

Señaló un pequeño marco de fotografías situado sobre una estantería. En él aparecía Lucía abrazando a su hija cuando tenía diez años.

—Mamá instaló una cámara dentro del marco antes de morir.

Adrian tomó la fotografía. Detrás encontró una tarjeta de memoria y un transmisor.

—¿Por qué tu madre hizo eso?

Isabella respondió:

—Porque tenía miedo de Verónica antes de que tú te casaras con ella.

El silencio llenó la habitación.

Lucía había muerto cinco años atrás en un accidente de automóvil. Verónica entró en la vida de Adrian nueve meses después. Él siempre creyó que ambas mujeres apenas se conocían.

—Eso es absurdo —dijo Verónica—. Lucía nunca me vio.

Isabella negó con la cabeza.

—Encontré cartas donde mi madre hablaba de ti.

Adrian miró a su esposa.

—¿Qué cartas?

Verónica se dirigió hacia la puerta.

—No participaré en esta locura.

Dos hombres de seguridad aparecieron en el pasillo. Verónica había presionado silenciosamente el botón de emergencia de su reloj.

—Señor Hale —dijo uno—, debemos pedirle que se aparte de su esposa.

—Llamad a la policía —ordenó Verónica—. Mi marido me ha atacado.

Adrian sostuvo el frasco de pastillas y la tarjeta de memoria.

—Llamad también a una ambulancia independiente. Mi hija será examinada fuera de esta casa.

Los guardias dudaron.

Trabajaban para Hale Industries, pero Verónica dirigía la propiedad mientras Adrian viajaba.

Isabella dio un paso hacia su padre y se desplomó.

Adrian la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Su respiración era débil.

Uno de los guardias llamó a emergencias.

Mientras esperaban, Isabella abrió los ojos y agarró la camisa de Adrian.

—No dejes que Keller venga conmigo.

—No lo permitiré.

—Y no confíes en Nathan.

Nathan Reed era el abogado de la familia y el mejor amigo de Adrian desde la universidad.

—¿Por qué?

Isabella intentó responder, pero perdió el conocimiento.

Adrian la levantó entre sus brazos.

Al hacerlo, algo cayó del bolsillo de su camisa.

Era el collar de diamantes que Verónica la acusaba de haber robado.

Estaba envuelto en una nota escrita con la letra de Nathan:

“Colócalo donde la policía pueda encontrarlo. Después de esta noche, Isabella dejará de controlar las acciones.”

Adrian leyó la frase dos veces.

Su hija no estaba siendo castigada por robar una joya.

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Alguien estaba preparando su arresto para quitarle una parte de la empresa.

Y su esposa no estaba actuando sola.

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