Chapter 2 - Los meses que nadie vio

Isabella despertó en una habitación privada del Hospital Saint Matthew.
Una agente de policía permanecía junto a la puerta. Adrian estaba sentado en una silla, todavía con la misma ropa del viaje. No se había afeitado y sostenía el frasco de pastillas dentro de una bolsa transparente.
—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó ella.
—Catorce horas.
—¿Verónica está aquí?
—No puede acercarse.
Isabella observó el monitor conectado a su brazo.
—¿Keller?
—Tampoco.
Adrian quiso tomarle la mano, pero ella la retiró.
El gesto le dolió más que la bofetada que había dado a Verónica.
—Lo siento —dijo.
—¿Por qué exactamente?
No había rabia en la voz de Isabella. Solo cansancio.
—Por no regresar antes.
—Te escribí.
—Nunca recibí tus mensajes.
—Te envié veintisiete correos.
Adrian abrió su teléfono. La dirección de Isabella estaba bloqueada desde hacía seis meses.
—Yo no hice esto.
—Verónica administra tus comunicaciones personales.
—Debí comprobarlo.
—Sí.
Adrian no intentó defenderse.
La doctora Elaine Brooks entró con los resultados. El organismo de Isabella contenía una combinación de sedantes, antipsicóticos y un medicamento que podía provocar confusión, debilidad muscular y pérdida de memoria.
—Ninguno aparece en su historial oficial —explicó—. Si las dosis se mantuvieron durante meses, podrían haberla hecho parecer incapaz de tomar decisiones.
Adrian comprendió la finalidad.
Lucía había dejado a Isabella el treinta y cinco por ciento de las acciones de Hale Industries. Mientras fuera legalmente competente, nadie podía vender varias divisiones de la compañía sin su autorización.
Si un tribunal la declaraba incapacitada, su tutor asumiría el voto.
Verónica había solicitado la tutela provisional tres semanas antes.
Nathan Reed preparó los documentos.
—¿Quién sería la tutora? —preguntó Adrian.
La doctora le entregó una copia.
El nombre de Verónica aparecía en la primera página.
Isabella miró hacia la ventana.
—Ahora lo entiendes.
Adrian comenzó a caminar.
—Cancelaré la solicitud. Suspenderé a Nathan y contrataré investigadores.
—¿Después volverás a Londres?
—No.
—Eso dijiste después del funeral de mamá.
Adrian se detuvo.
Tras la muerte de Lucía se refugió en el trabajo. Estaba convencido de que proteger la empresa era la mejor forma de preservar el futuro de su hija. Isabella necesitaba a su padre, pero él le entregó tutores, terapeutas y dinero.
Verónica apareció cuando Adrian era incapaz de permanecer solo en una habitación.
Parecía comprender su dolor. No exigía explicaciones y se ocupaba de los asuntos domésticos que él evitaba. Cuando Isabella se opuso al matrimonio, Adrian pensó que su hija no aceptaba que otra mujer ocupara el lugar de Lucía.
—Cuéntame todo —dijo.
Isabella cerró los ojos.
Los abusos comenzaron ocho meses atrás.
Primero desaparecieron objetos. Verónica acusaba a Isabella de moverlos y después olvidar dónde los había dejado. Luego modificó horarios, canceló citas y envió mensajes desde el teléfono de Isabella.
Cuando la joven intentó hablar con Adrian, Nathan aseguró que su padre atravesaba negociaciones delicadas y no debía ser distraído.
Keller comenzó a visitarla.
Le diagnosticó ansiedad severa y episodios disociativos sin realizar pruebas completas. Cada nuevo medicamento empeoraba su memoria. Cuando Isabella se negó a tomarlos, Verónica ordenó al personal mezclarlos con la comida.
—¿Por qué no huiste? —preguntó Adrian.
—Lo intenté.
Dos meses antes, Isabella llegó hasta un hotel en el centro. Nathan apareció con documentos que afirmaban que había sufrido una crisis. Le dijo que, si no regresaba voluntariamente, la policía la llevaría esposada y la prensa publicaría su historial médico.
—Regresé porque pensé que nadie me creería.
La voz de Adrian se quebró.
—Yo te habría creído.
Isabella lo miró.
—No lo hiciste cuando todavía podías hacerlo fácilmente.
Recordó una cena celebrada antes del matrimonio. Isabella dijo que había visto a Verónica entrar en el despacho de Lucía y copiar documentos. Adrian la acusó de ser cruel con una mujer que intentaba ayudarles.
Aquella noche, Isabella aprendió que la verdad no servía cuando quien debía escucharla ya había elegido una explicación más cómoda.
—¿Cómo encontraste la cámara? —preguntó Adrian.
—Mamá dejó una pista en una carta. Decía: “Cuando dudes de tu propia memoria, busca el día que fuimos felices sin testigos”.
La fotografía del marco había sido tomada durante un viaje de madre e hija. Lucía instaló la cámara después de descubrir que Nathan entraba en su habitación para revisar documentos médicos.
Isabella encontró el transmisor tres semanas atrás. Copió fragmentos de video en una cuenta externa, pero nunca pudo ver todo el contenido porque Verónica controlaba el acceso a internet.
Adrian entregó la tarjeta a una especialista forense.
Mientras esperaban, recibió una llamada de seguridad. Verónica había abandonado la mansión con dos maletas y varios documentos. Nathan tampoco aparecía en su despacho.
—Han huido —dijo Adrian.
Isabella negó con la cabeza.
—No. Verónica nunca huye sin llevarse lo que quiere.
—¿Qué podría querer todavía?
—El archivo de mamá.
Lucía había creado un expediente sobre una operación llamada Proyecto Aurora. Hale Industries pretendía vender una tecnología médica a un fondo extranjero. Isabella bloqueó la venta meses antes porque las pruebas de seguridad estaban incompletas.
Las acciones que heredó eran el único obstáculo.
—¿Dónde está el archivo? —preguntó Adrian.
—No lo sé. Mamá escondió la ubicación dentro de las grabaciones.
La especialista forense llamó una hora después.
Había recuperado veintinueve videos.
Los primeros mostraban a Verónica entrando en la habitación, escondiendo joyas entre la ropa de Isabella y vertiendo medicamentos dentro de su bebida.
El último archivo tenía una fecha imposible.
Había sido grabado la noche anterior.
Mostraba a Nathan frente a la cámara, consciente de que estaba siendo observado.
—Isabella —decía—, si estás viendo esto, significa que tu padre regresó antes de tiempo. Tienes cuarenta y ocho horas para firmar la transferencia de acciones. Si no lo haces, publicaremos el video que demuestra quién causó realmente la muerte de tu madre.
La pantalla quedó negra.
Isabella comenzó a temblar.
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Adrian se acercó.
—El accidente fue provocado —susurró ella—. Y creo que la persona que conducía el otro automóvil eras tú.