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EL ATAÚD QUE RESPIRÓ / Chapter 8 / 20

Capítulo 8 - El hombre que asistió a su propio funeral

Haven House parecía un hotel de lujo construido para ocultar un búnker.

La propiedad se levantaba en las montañas Blue Ridge, rodeada de pinos y cámaras térmicas. Oficialmente era un centro de recuperación para donantes de la Fundación Nueva Esperanza. En realidad, según Daniel, Harrison la utilizaba para reuniones que no debían aparecer en calendarios.

Ava y Daniel llegaron poco antes de medianoche en un automóvil sin rastreo. Llevaban una maleta con copias falsas de los archivos. Mara y un equipo federal permanecían a cinco kilómetros, esperando una señal. La detective había discutido durante una hora contra la operación, pero Lucas y Elena podían morir si Harrison detectaba una emboscada.

—Hay seis cámaras antes de la puerta —dijo Daniel.

—Sonríe. Es el reencuentro familiar.

La entrada se abrió automáticamente.

Dentro, un mayordomo les pidió teléfonos y armas. Ava entregó un dispositivo vacío. Daniel llevaba un transmisor oculto dentro de un botón, aunque nadie sabía si funcionaría detrás de los bloqueadores de señal.

Los condujeron a un comedor iluminado por velas.

Harrison Ashcroft estaba sentado en la cabecera.

No tenía quemaduras. No llevaba vendajes. Parecía más saludable que en sus últimas apariciones públicas. Vestía un suéter negro y sostenía una copa de vino.

—Ava Morales —dijo—. La mujer que destruyó mi funeral.

—El funeral sobrevivirá. Su reputación quizá no.

Harrison sonrió.

—Tienes el temperamento de Elena.

Daniel permaneció de pie.

—¿Dónde están Lucas y Elena?

—Siempre tan impaciente. Siéntense.

—No.

Harrison miró a su hijo como si evaluara una pieza defectuosa.

—Debí comprender que abrir aquel ataúd rompería tu utilidad.

—¿Metiste a Amelia dentro?

—El doctor Vane lo hizo. Eleanor ordenó el traslado.

Ava se inclinó hacia adelante.

—¿Está diciendo que su esposa intentó matar a su propia hija?

—Eleanor ha hecho cosas peores para conservar su apellido.

—¿Y usted fingió su muerte para escapar con el dinero?

—Fingí mi muerte porque el sistema que construí comenzó a volverse sentimental. Vane quería retirarse. Elena convenció a empleados para hablar. Amelia seguía respirando. Mi esposa creyó que podía negociar inmunidad entregándome.

Daniel apretó los puños.

—¿Por qué Amelia dijo que los vio discutir?

—Porque Eleanor quería tomar el control de la red. No cerrarla.

Una puerta lateral se abrió.

Lucas entró escoltado por un guardia. Tenía un moretón en la mejilla, pero caminaba solo.

—Ava.

Ella se levantó.

El guardia le apuntó.

—Estoy bien —dijo Lucas—. No hagas nada estúpido.

—Eso debiste decirme antes de entrar a la catedral.

Harrison rió.

—Una familia encantadora. Elena hizo un trabajo admirable.

—¿Dónde está ella? —preguntó Ava.

—Cerca.

Harrison extendió la mano hacia la maleta.

—La Lista Aurora.

Daniel la colocó sobre la mesa.

—Primero libéralos.

Harrison abrió la maleta y revisó una carpeta. Su sonrisa desapareció.

—Son copias.

Ava mantuvo el rostro inmóvil.

—Los originales ya están con las autoridades.

—No. Los archivos del barco eran una fracción. Elena conserva el registro maestro, con firmas, grabaciones y muestras de ADN. Tú tienes la clave para encontrarlo.

—No sé de qué habla.

Harrison señaló la llave 317 colgada del cuello de Ava.

—Esa llave no abre una habitación. Abre una caja de seguridad.

Daniel miró la llave.

—¿Dónde?

—En el First Atlantic Bank. La bóveda 317 fue creada a nombre de Elena. Necesita dos verificaciones: la llave y una muestra biológica de su hija mayor.

Ava comprendió por qué Harrison la necesitaba viva.

—Mi madre lo planeó todo.

—Tu madre siempre fue brillante. También ingenua. Creyó que la verdad protegía a las personas.

—La verdad lo aterrorizó lo suficiente para fingir su muerte.

Los ojos de Harrison se endurecieron.

—Tráeme el contenido de la bóveda mañana antes de las cinco. A cambio, recuperarás a Elena.

—Quiero verla ahora.

Harrison hizo una señal.

Una pantalla descendió desde el techo. Mostraba a Elena sentada en una habitación blanca. Estaba más delgada, con el cabello casi completamente gris, pero Ava la reconoció de inmediato.

—Mamá —susurró Lucas.

Elena levantó la cabeza, como si pudiera escucharlos. Tenía un hematoma en la sien.

Ava dio un paso hacia la pantalla.

—¿Dónde está?

—En una ubicación segura.

—Déjala hablar.

Harrison pulsó un botón. El audio se activó.

—Ava —dijo Elena—. No le entregues la bóveda.

Un guardia fuera de cámara la golpeó.

Lucas gritó.

Ava se lanzó hacia Harrison, pero Daniel la sujetó antes de que los guardias dispararan.

—Si vuelve a tocarla, no habrá trato —dijo Daniel.

Harrison lo observó con curiosidad.

—Defiendes a estas personas con más pasión de la que defendiste nuestro apellido.

—Ellas no construyeron su vida sobre cadáveres.

Harrison se levantó.

—Tu vida existe gracias a mí. Eras el hijo de una drogadicta sin futuro. Te di nombre, educación y poder.

La voz de Rebecca resonó en la memoria de Daniel: Me dijeron que habías muerto.

—Me robaste —respondió—. No me salvaste.

Por primera vez, Harrison perdió la sonrisa.

Sacó una pistola y apuntó a Daniel.

—Cuidado. Todavía puedo corregir el error.

Las luces parpadearon.

Un estruendo sacudió la casa. Afuera, se escucharon disparos y sirenas. Mara había recibido la señal.

Los guardias se dispersaron. Lucas golpeó al hombre que lo vigilaba con una silla. Ava corrió hacia él. Daniel volcó la mesa justo cuando Harrison disparó.

El cristal estalló.

Harrison desapareció por una puerta oculta detrás de la chimenea.

Ava abrazó a Lucas.

—¿Estás herido?

—Solo mi orgullo.

Daniel abrió la puerta secreta, pero encontró un ascensor descendiendo. Mara entró con agentes federales.

—¿Dónde está Elena?

Ava señaló la pantalla. La transmisión había terminado.

Un técnico revisó el sistema.

—La señal no venía de esta casa. Fue retransmitida.

Harrison había escapado otra vez.

Sin embargo, en el escritorio dejó un sobre dirigido a Daniel.

Dentro había una fotografía de Eleanor atada a una silla y un mensaje:

“Tu madre quiso reemplazarme. Ahora decidirás cuál de las dos mujeres vive: Eleanor o Elena.”

Daniel dobló la nota.

—No pienso elegir.

Ava miró el ascensor vacío.

—Entonces tendremos que encontrar la bóveda antes que él y obligarlo a liberar a ambas.

Lucas recogió la copa de Harrison. En el borde había una huella y una pequeña mancha de sangre.

—Quizá no salió con las manos vacías —dijo.

Mara sonrió por primera vez aquella noche.

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—Buen trabajo, muchacho.

La sangre de un hombre muerto acababa de convertirse en la prueba más viva del caso.

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