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EL ATAÚD QUE RESPIRÓ / Chapter 12 / 20

Capítulo 12 - La bóveda bajo la capilla

Daniel bajó los escalones antes de que Mara pudiera detenerlo.

—¡Amelia!

El corredor subterráneo era estrecho, revestido de acero y cemento. A ambos lados había puertas con pequeñas ventanas. Algunas habitaciones estaban vacías. En otras quedaban camas, correas y dibujos infantiles.

Ava descendió detrás de Daniel. Eleanor iba escoltada por dos agentes, con el rostro cada vez más pálido.

—Harrison dijo que este nivel fue clausurado —murmuró.

—Harrison también dijo que estaba muerto —respondió Mara.

La voz volvió a sonar.

—Danny… no corras.

Daniel se detuvo.

Cuando eran niños, Amelia siempre le decía lo mismo antes de bajar las escaleras. Él había caído a los cinco años y ella pasó una noche entera junto a su cama.

La última puerta del corredor tenía una ventana circular. Detrás se veía una habitación iluminada por una sola lámpara.

Una mujer estaba sentada en el suelo.

Tenía treinta años, aunque parecía mayor. El cabello oscuro le llegaba a la cintura. Su cuerpo era extremadamente delgado y llevaba una cadena alrededor del tobillo. En el iris derecho brillaba una pequeña mancha dorada.

Daniel apoyó la mano contra el vidrio.

—Amy.

Ella se acercó con cautela.

—Enséñame la cicatriz.

Daniel abrió la camisa.

Amelia observó la media luna sobre su pecho.

—Te marcaron después de llevarte a casa —dijo—. Lloraste toda la noche. Yo puse mi mano encima y te prometí que nadie volvería a hacerte daño.

Daniel comenzó a llorar.

—No pudiste cumplirlo.

Amelia sonrió con tristeza.

—Tú tampoco. Éramos niños.

La puerta tenía un panel biométrico. Ava introdujo la llave 317, pero una luz roja apareció.

—Necesita una segunda autorización —dijo Eleanor.

Amelia vio a su madre detrás de los agentes.

Su expresión se transformó.

—No la dejen entrar.

Eleanor bajó la cabeza.

—Amelia…

—No pronuncies mi nombre.

Mara ordenó a un técnico abrir el panel. Antes de que terminara, todas las luces se apagaron.

Una voz grabada de Harrison llenó el corredor.

—Eleanor, siempre supe que acabarías trayéndolos aquí.

Las puertas laterales se cerraron. Un contador rojo apareció sobre la salida: cinco minutos.

—Gas —dijo Eleanor—. Es el protocolo de limpieza.

Ava golpeó el vidrio.

—¡Amelia, busca una rejilla!

La mujer señaló el techo. Daniel se subió a una cama abandonada e intentó arrancar el conducto exterior. Mara disparó al panel de control, pero solo produjo chispas.

—La autorización secundaria es una frase de voz —dijo Eleanor.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—Harrison la cambiaba cada mes.

La grabación continuó:

—El legado importa más que el individuo.

Ava recordó el testamento televisado.

—Esa es la frase.

Se acercó al panel.

—El legado importa más que el individuo.

Luz roja.

Daniel miró a Eleanor.

—Tiene que ser su voz.

La viuda se acercó. Sus labios temblaban.

—El legado importa más que el individuo.

El panel se volvió verde.

La puerta de Amelia se abrió.

Daniel entró y rompió la cadena con una herramienta de los agentes. Amelia intentó caminar, pero cayó. Él la levantó en brazos.

El contador seguía avanzando.

Tres minutos.

Las demás puertas continuaban bloqueadas. Desde una habitación cercana llegó un golpe. Ava miró por la ventana y vio a dos adolescentes escondidos bajo una cama.

—Hay más personas.

Eleanor palideció.

—Harrison dijo que solo quedaba Amelia.

—Deja de repetir lo que Harrison dijo —gritó Ava—. Ayúdanos.

Eleanor se acercó a cada panel y pronunció la frase. Una a una, las puertas se abrieron. Encontraron seis personas: cuatro jóvenes cuyos registros habían sido alterados, una enfermera que intentó denunciar a Vane y un contador de Ashcroft Industries desaparecido hacía dos años.

El gas comenzó a entrar por las rejillas.

Mara encontró un elevador de servicio, pero requería una tarjeta que nadie tenía. Amelia, todavía en brazos de Daniel, señaló el anillo de Eleanor.

—Papá te dio una salida. Nunca se encerraba sin dejarte una forma de huir.

Eleanor retiró el diamante negro. En la base había un chip.

El elevador se abrió.

Entraron todos, apretados y tosiendo. Cuando las puertas comenzaron a cerrarse, Ava escuchó golpes en una celda que habían pasado por alto.

—Hay alguien más.

—No tenemos tiempo —dijo un agente.

Ava salió del elevador.

—¡Ava! —gritó Elena desde la radio.

Daniel entregó a Amelia a Mara y corrió detrás de ella.

La última puerta no tenía ventana. Los golpes venían desde dentro.

Eleanor también salió.

—La frase no funcionará. Esa es la sala de castigo.

—¿Cómo se abre?

—Con mi huella y la de Harrison.

Quedaba un minuto.

Daniel tomó la pistola de un agente y disparó repetidas veces contra las bisagras. Ava golpeó con una barra de metal. Eleanor colocó la mano sobre el lector; una de las dos luces se volvió verde.

—Necesitamos la huella de Harrison —dijo Ava.

Daniel recordó la copa recuperada en Haven House. Mara había enviado la muestra al laboratorio, pero no tenían el dedo.

Eleanor sacó de su bolsillo una película transparente.

—Guardé su huella de una copa hace años.

La presionó sobre el lector.

La segunda luz se volvió verde.

La puerta se abrió cuando el contador marcaba diecisiete segundos.

Dentro había una niña de nueve años, inconsciente, abrazada a una carpeta.

Ava la levantó. Daniel empujó a Eleanor hacia el elevador. Las puertas se cerraron justo cuando el gas llenó el corredor.

El elevador ascendió y salió detrás del altar de la capilla. Los paramédicos esperaban afuera. Amelia fue trasladada a una ambulancia, pero se negó a soltar la mano de Daniel.

La niña rescatada despertó durante la evaluación. No recordaba su apellido. Solo sabía que Vane la llamaba “Sujeto C-9”. La carpeta que protegía contenía fotografías de políticos entrando a la capilla durante años.

Una imagen mostraba al sheriff Briggs llevando a Elena por el túnel.

Otra mostraba a Liam Cross hablando con Harrison tres meses antes.

Ava sintió que el alivio se convertía otra vez en sospecha.

Liam había afirmado que solo había tratado con Harrison mediante mensajes.

La fotografía demostraba que había estado cara a cara con él.

Daniel se acercó mientras Amelia era atendida.

—Tal vez tenga una explicación.

—Todos tienen explicaciones —respondió Ava—. Mi madre, Eleanor, Liam. Cada mentira llega envuelta como protección.

Eleanor, esposada junto a una patrulla, escuchó.

—La verdad también puede ser una forma de violencia cuando se entrega en el momento equivocado.

Ava la miró.

—Y el silencio puede durar trece años.

Antes de subir a la ambulancia, Amelia llamó a su madre.

Eleanor se volvió con esperanza.

—No te perdono —dijo Amelia—. Pero salvaste a esa niña. Asegúrate de que no sea la única cosa buena que hagas antes del juicio.

La ambulancia se alejó.

Bajo la lluvia, la capilla comenzó a arder. Harrison había activado un segundo sistema para destruir las pruebas inferiores.

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Sin embargo, las personas habían salido.

Y con ellas, también los secretos.

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