Capítulo 2 - La mujer que respiraba bajo la seda

La ambulancia salió de la catedral escoltada por dos patrullas, pero Ava no permitió que la separaran de Amelia.
—Soy enfermera de urgencias —repitió mientras subía—. Ella confía en mí.
El paramédico jefe reconoció su credencial del Hospital Mercy y le hizo espacio. Daniel intentó subir detrás de ella, pero un detective lo detuvo para tomar declaración. Eleanor permaneció bajo el toldo de cristal, rodeada de abogados antes incluso de que la policía terminara de acordonar el lugar.
Ava se sentó junto a la camilla.
Amelia estaba inconsciente. Tenía marcas de agujas en ambos brazos, cicatrices antiguas alrededor de los tobillos y una quemadura circular detrás de la oreja derecha. Bajo la chaqueta masculina llevaba una bata hospitalaria sin etiqueta.
—Presión ochenta sobre cincuenta —anunció el paramédico—. Saturación subiendo a noventa y dos.
Ava observó las pupilas de la mujer.
—Probablemente benzodiacepinas. Quizá algo más.
—¿La conoces?
—No. Pero ella conocía a mi madre.
El paramédico la miró, esperando una explicación.
Ava no tenía ninguna.
Elena Morales había desaparecido cuando Ava tenía doce años. Había salido de casa para trabajar un turno nocturno en la Fundación Nueva Esperanza, una organización financiada por los Ashcroft. Nunca regresó. La policía encontró su automóvil cerca del río, con la puerta abierta y el bolso dentro. El sheriff concluyó que probablemente se había suicidado.
Ava nunca lo creyó.
Su madre odiaba el agua profunda.
Durante años, Ava había enviado correos, revisado registros, llamado a programas de personas desaparecidas y seguido pistas absurdas. Vendió la casa familiar para pagar deudas y criar a Lucas, su hermano menor. Cada aniversario, la gente le pedía que aceptara la realidad.
Ahora una mujer que había sido declarada muerta decía que Elena seguía viva.
Al llegar al hospital, la seguridad cerró el acceso a toda la planta. Había periodistas en el estacionamiento antes de que Amelia entrara a cuidados intensivos. Los videos del ataúd acumulaban millones de reproducciones.
Ava fue conducida a una sala de entrevistas por la detective Mara Keene, una mujer de cabello plateado y mirada cansada.
—Necesito que me cuente por qué entró armada a un funeral privado —dijo Mara.
Ava dejó el martillo sobre la mesa.
—No estaba armada. Es una herramienta de rescate.
—Rompió un ataúd de cuarenta mil dólares.
—Y encontré a una mujer viva.
Mara cerró la libreta.
—No estoy aquí para arrestarla. Todavía. Quiero entender el mensaje.
Ava le entregó el teléfono. La detective fotografió la pantalla y llamó al equipo cibernético.
—¿Reconoce el número?
—No.
—¿Quién sabía que su madre trabajó para la fundación Ashcroft?
—Cualquiera que haya leído el expediente de desaparición.
—Ese expediente no es público.
Ava se inclinó hacia adelante.
—Entonces busque a alguien que tuvo acceso.
La puerta se abrió sin aviso. Un abogado alto, de traje gris, entró acompañado por Daniel Ashcroft.
—Mi cliente necesita hablar con la señorita Morales —dijo el abogado.
Mara no se movió.
—Su cliente necesita esperar.
Daniel tenía sangre seca en la manga, producto de las astillas del ataúd. Sus ojos estaban rojos, pero su voz era firme.
—Detective, mi hermana pronunció el nombre de la madre de esta mujer. Creo que eso nos convierte en parte de la misma investigación.
—Lo convierte en testigo potencial.
—Y en la persona que puede autorizar acceso a los archivos familiares.
Mara suspiró.
—Cinco minutos.
Cuando quedaron solos, Daniel se sentó frente a Ava.
—Quiero saber todo lo que su madre hacía en Nueva Esperanza.
—Quiero saber por qué su familia enterraba viva a su hija.
El abogado intervino.
—No sabemos quién colocó a Amelia en ese ataúd.
—La ceremonia estaba controlada por su madre.
Daniel clavó la mirada en la mesa.
—Mi madre eligió cada detalle. También insistió en que el ataúd permaneciera cerrado.
—¿Y usted no preguntó por qué?
—El informe forense decía que mi padre había sufrido quemaduras graves en un accidente aéreo. Nos dijeron que verlo sería traumático.
—¿Vio el cuerpo alguna vez?
—No.
Ava se recostó.
—Entonces no sabe si está muerto.
Daniel levantó la vista.
—Mi hermana asegura que lo vio anoche.
El abogado bajó la voz.
—Amelia ha estado cautiva durante años. Podría confundir fechas.
Daniel golpeó la mesa con el puño.
—No vuelva a hablar de ella como si estuviera loca.
El abogado guardó silencio.
Ava observó a Daniel con mayor atención. El heredero de Ashcroft Industries aparecía en revistas financieras como un hombre frío, educado en Harvard, preparado para reemplazar a su padre. Sin embargo, en aquel momento no era un magnate. Era un hermano al que habían obligado a llorar catorce años por una niña que seguía respirando en algún sótano.
—Amelia mencionó una habitación —dijo Ava—. Trescientos diecisiete.
Daniel frunció el ceño.
—La fundación tenía un antiguo centro médico en las afueras de Beaufort. Fue cerrado hace diez años. Las habitaciones del tercer piso empezaban con el número trescientos.
—¿Quién es el propietario ahora?
El abogado respondió:
—Una compañía llamada Cypress Holdings.
—¿Y quién controla Cypress Holdings?
El hombre dudó.
Daniel lo miró.
—Conteste, Martin.
—Su madre.
Ava se levantó.
—Entonces vamos allí.
—No —dijo Mara desde la puerta. Había escuchado lo suficiente—. Ustedes no van a ninguna parte. Enviaremos un equipo.
—Mi madre puede estar allí —protestó Ava.
—Y si lo está, entrar sin preparación podría matarla.
La lógica era correcta. Eso no hizo que resultara más soportable.
Dos horas después, los médicos permitieron que Daniel y Ava vieran a Amelia durante un minuto. La joven estaba conectada a monitores, con oxígeno y una vía intravenosa. Parecía aún más pequeña bajo las sábanas blancas.
Daniel se acercó despacio.
—Amy, soy yo.
Los párpados de Amelia temblaron.
—¿Danny?
Él tomó su mano.
—Estoy aquí. Estás a salvo.
Amelia soltó una risa débil.
—Nunca estamos a salvo cuando papá sabe dónde estamos.
—Dijiste que lo viste.
—Vino al centro. Discutió con mamá.
Ava se acercó al otro lado de la cama.
—¿Viste a Elena Morales?
Amelia la observó.
—Tienes sus ojos.
Ava sintió que las piernas le fallaban.
—¿Está viva?
—Sí. Trabajaba en los archivos. Me traía comida cuando el doctor olvidaba hacerlo. Me enseñó a contar los días marcando la pared.
—¿Dónde está?
—La movieron hace tres noches. Escuché a tu madre discutir con el doctor Vane. Dijo que Harrison quería limpiar todo antes del funeral.
Daniel se puso rígido.
—¿Mi madre sabía que estabas allí?
Amelia cerró los ojos.
Una lágrima se deslizó hacia su oreja.
—Ella me visitaba cada Navidad.
Daniel soltó su mano.
La puerta se abrió. Mara entró con el teléfono en la mano.
—El equipo llegó al antiguo centro médico —dijo—. Está vacío.
Ava dio un paso hacia ella.
—¿Vacío cómo?
—Sin pacientes. Sin personal. Los archivos fueron quemados en el estacionamiento. Pero encontraron una habitación 317.
—¿Y mi madre?
Mara negó lentamente.
—No estaba allí.
Daniel miró a Amelia.
—¿Encontraron algo más?
La detective mostró una fotografía tomada en la habitación. Sobre una pared blanca aparecían miles de líneas verticales, marcas de días acumulados durante años.
En el centro, escrito con sangre seca, había un mensaje:
AVA, NO CONFÍES EN EL HIJO.
Todos miraron a Daniel.
Él palideció.
—Yo nunca estuve allí.
Ava recordó la sonrisa de Eleanor en la catedral.
En un solo día, había encontrado una mujer muerta que estaba viva, un cadáver que no existía y una pista de su madre que convertía a su único aliado en sospechoso.
Entonces el monitor cardíaco de Amelia aceleró.
La joven abrió los ojos de golpe y señaló detrás de Daniel.
Un hombre con bata médica se encontraba en la puerta.
—Él —susurró Amelia—. Él me encerró.
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El doctor Silas Vane sonrió.
—Señorita Ashcroft, veo que por fin despertó.