peak
EL ATAÚD QUE RESPIRÓ / Chapter 3 / 20

Capítulo 3 - La viuda que no derramó una lágrima

Silas Vane no parecía un secuestrador.

Tenía el cabello blanco perfectamente peinado, voz suave y una reputación construida durante treinta años como médico privado de políticos y empresarios. Había atendido a Harrison Ashcroft desde antes del nacimiento de Daniel. Su nombre aparecía en alas hospitalarias, becas universitarias y cenas de caridad.

Ava solo vio las manos.

Dedos largos. Uñas impecables. Una pequeña cicatriz en la base del pulgar.

Amelia comenzó a hiperventilar.

—Sáquenlo —ordenó Ava.

Vane levantó las palmas.

—No deseo alterarla. Vine porque la familia me llamó.

Daniel se volvió hacia él.

—Yo no lo llamé.

—Su madre sí.

Mara se interpuso entre el médico y la cama.

—Doctor Vane, Amelia Ashcroft acaba de identificarlo como la persona que la mantuvo cautiva.

Vane mostró una expresión de tristeza profesional.

—La señorita Ashcroft sufrió un colapso psicológico severo cuando era adolescente. Su padre decidió internarla discretamente para protegerla del escrutinio público.

Daniel avanzó.

—Nos dijeron que se había ahogado.

—Una decisión desafortunada, pero no médica.

—¿La tuvo encerrada catorce años?

—La traté.

Amelia tiró de la vía intravenosa en un intento de alejarse.

—Me electrocutaba cuando gritaba.

Vane ni siquiera la miró.

—Los recuerdos traumáticos pueden distorsionarse.

Ava sintió una rabia fría.

—Las cicatrices no se distorsionan.

Mara hizo una señal a dos agentes.

—Doctor, acompáñenos.

El abogado Martin Hale apareció en el pasillo.

—El doctor Vane no responderá preguntas sin representación legal.

—No le pedí una respuesta —dijo Mara—. Le pedí que caminara.

Mientras los agentes se lo llevaban, Vane miró a Ava.

—Su madre entendía que algunas verdades destruyen más vidas de las que salvan.

Ava dio un paso hacia él.

—Mi madre nunca tuvo miedo de la verdad.

—Todo el mundo tiene miedo cuando descubre el precio.

Daniel cerró la puerta después de que se fueran.

—Voy a hablar con Eleanor.

Ya no la llamó mamá.

La residencia Ashcroft estaba a veinte minutos del hospital, en una península privada rodeada de robles y pantanos. Ava insistió en acompañarlo. Mara se negó al principio, pero finalmente envió dos detectives detrás de ellos con la condición de que no tocaran nada.

Eleanor los recibió en el salón principal. Seguía vestida con la ropa del funeral. Había retirado el velo, pero no el collar de diamantes negros.

—¿Cómo está Amelia? —preguntó.

Daniel dejó caer sobre la mesa una fotografía de la habitación 317.

—Tú ya lo sabes.

Eleanor miró las marcas en la pared.

—No sé qué esperas que diga.

—Puedes empezar explicando por qué visitabas a mi hermana cada Navidad.

La viuda sirvió whisky en un vaso.

—Amelia estaba enferma.

—Amelia tenía trece años.

—Escuchaba voces. Atacó a tu padre. Intentó incendiar el invernadero.

Daniel soltó una risa amarga.

—¿Por eso fingieron su muerte?

—Tu padre temía que un escándalo destruyera la empresa y, con ella, miles de empleos.

Ava observó los retratos familiares. Había fotografías de Daniel desde la infancia hasta la universidad. De Amelia solo quedaban dos, ambas tomadas antes de los diez años.

—¿Y mi madre? —preguntó.

Eleanor la miró por encima del vaso.

—Elena era una empleada inestable.

—No se atreva.

—Se obsesionó con Amelia. Empezó a robar archivos, acusar a médicos y amenazar a donantes. Harrison quiso despedirla. Ella desapareció antes de que pudiera hacerlo.

—Amelia dice que la mantuvo viva.

—Amelia dirá cualquier cosa que la haga sentir menos sola.

Daniel se acercó a su madre.

—¿Quién estaba en el avión de papá?

Eleanor tardó demasiado en responder.

—Tu padre.

—No vimos el cuerpo.

—Las autoridades confirmaron su identidad.

—¿Qué autoridades?

—El sheriff Briggs y el doctor Vane.

Ava y Daniel intercambiaron una mirada.

Los dos hombres que ahora estaban vinculados al cautiverio de Amelia eran los mismos que habían certificado la muerte de Harrison.

—¿Dónde está? —preguntó Daniel.

Eleanor bebió un sorbo.

—Muerto.

—Amelia lo vio anoche.

—Amelia también creyó durante años que tú eras un niño de nueve años que venía a rescatarla.

Daniel golpeó el vaso de su madre. El cristal cayó y se rompió contra el suelo.

—No uses su trauma para protegerte.

Los detectives entraron al escuchar el ruido. Eleanor ni siquiera se sobresaltó.

—Mi abogado estará aquí en cinco minutos —dijo—. Hasta entonces, esta conversación ha terminado.

Ava se agachó para recoger un trozo de papel que había caído junto al vaso. Era una tarjeta de acceso negra. En una esquina tenía grabado el número 317.

Eleanor la vio.

—Déjela.

Ava se incorporó con la tarjeta en la mano.

—¿Por qué tiene esto?

—Pertenece a una antigua clínica.

—La misma clínica que fue vaciada hace tres días.

Eleanor extendió la mano.

—No sabe con qué está jugando.

—No estoy jugando. Estoy buscando a mi madre.

La expresión de la viuda se endureció.

—Su madre eligió involucrarse. Nadie la obligó.

Ava sintió que el mundo se inclinaba.

—Entonces admite que sabe qué le ocurrió.

Eleanor se dio cuenta de su error, pero ya era tarde. Los detectives habían escuchado.

Antes de que pudieran detenerla, las luces de la mansión se apagaron.

Un segundo después, las ventanas explotaron hacia adentro.

Los agentes empujaron a todos al suelo. Sonaron tres disparos desde el jardín. Una bala atravesó el retrato de Harrison; otra se incrustó en la chimenea.

Daniel cubrió a Ava con su cuerpo.

—¡Mantén la cabeza abajo!

Los detectives respondieron al fuego. Afuera, un motor rugió y se alejó por el camino lateral.

Cuando volvió la electricidad, Eleanor había desaparecido.

Una puerta secreta detrás de la biblioteca estaba abierta.

Daniel corrió hacia ella, pero el túnel descendía hasta un embarcadero privado. Solo encontraron un zapato negro, manchas de sangre y un teléfono destrozado.

Mara llegó diez minutos después.

—¿La hirieron o fingió su escape? —preguntó Daniel.

—Todavía no lo sabemos.

Ava entregó la tarjeta 317. Mara la introdujo en una bolsa de pruebas.

—Hay algo más —dijo la detective—. Acabamos de recibir el informe preliminar del avión.

—¿Encontraron a mi padre? —preguntó Daniel.

—Encontraron restos humanos, pero no pertenecían a Harrison Ashcroft.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿A quién pertenecían?

Mara sostuvo su mirada.

—Al piloto. La segunda persona registrada en el vuelo nunca subió.

Ava miró el retrato perforado sobre la chimenea.

El hombre de la fotografía seguía sonriendo.

—Entonces Harrison está vivo —dijo.

El teléfono de Daniel comenzó a sonar.

Número desconocido.

Contestó en altavoz.

Durante varios segundos solo se oyó respiración.

Luego una voz masculina, profunda y perfectamente tranquila, llenó el salón.

—Hijo, has cometido un error al abrir ese ataúd.

Daniel palideció.

—¿Papá?

—Tienes veinticuatro horas para entregarme a Ava Morales.

Ava dejó de respirar.

—¿Por qué la quiere?

May you like

Harrison soltó una risa baja.

—Porque su madre robó algo que me pertenece. Y la hija es la única llave que queda.

Related Stories

Other posts