Capítulo 16 - El disparo que cambió de dueño

Tres semanas después de la gala, un huracán comenzó a formarse sobre el Atlántico.
Los meteorólogos lo llamaron Iris. Harrison lo llamó oportunidad.
La inteligencia federal interceptó una transferencia de combustible y alimentos hacia Saint Mercy, la isla privada donde el magnate mantenía su último refugio. También detectó vuelos de hombres vinculados a la Lista Aurora. Harrison estaba reuniendo a los miembros restantes para negociar pasaportes, dinero y silencio antes de que la tormenta cerrara el espacio aéreo.
Daniel seguía hospitalizado. Caminaba con ayuda y odiaba cada minuto en que otros tomaban decisiones sin él.
—No voy a quedarme aquí mientras mi padre escapa —dijo.
Amelia cruzó los brazos.
—Recibiste un disparo hace veintiún días.
—Tú pasaste catorce años encerrada y aun así fuiste a la gala.
—Precisamente por eso sé reconocer una mala idea.
Rebecca, sentada junto a la ventana, intervino:
—Hijo, sobrevivir también requiere paciencia.
Daniel todavía se tensaba al escuchar aquella palabra, pero no la corrigió.
El plan federal usaba a Elena como cebo. Ella enviaría a Harrison un mensaje afirmando que conservaba una última grabación capaz de demostrar asesinatos, no solo adopciones ilegales. A cambio de inmunidad para Ava y Lucas, aceptaría llevarla a Saint Mercy.
Harrison respondió en menos de un minuto.
“TRAIGA A LIAM. ÉL SABE POR QUÉ.”
Liam leyó el mensaje dos veces.
—No sé por qué.
Elena lo observó con tristeza.
—Creo que tu padre dejó algo en la isla.
Eleanor confirmó que Thomas Cross había visitado Saint Mercy en 1998, poco antes de morir. Después de aquella visita, Harrison ordenó vigilar a Liam durante toda su infancia.
—Pensé que Thomas había robado documentos —dijo Eleanor desde la sala de interrogatorios—. Harrison nunca me dijo cuáles.
Mara dirigiría un equipo desde un buque federal fuera de las aguas territoriales. Ava, Elena y Liam entrarían con transmisores ocultos. Amelia insistió en acompañar la operación, pero todos se negaron.
—Harrison me quiere allí —dijo Elena—. Si ve a Amelia, sospechará.
Amelia aceptó demasiado rápido.
Ava debió comprender que aquello significaba que tenía su propio plan.
Saint Mercy era una mancha verde rodeada por arrecifes. La mansión principal se alzaba sobre un acantilado, conectada a un faro antiguo. Cuando el avión privado aterrizó, nubes negras cubrían el horizonte.
Harrison esperaba en la pista con seis hombres armados.
—Elena —dijo—. Trece años y todavía no aprendiste a obedecer.
—Trece años y todavía necesitas encerrar mujeres para sentirte poderoso.
Harrison sonrió hacia Ava.
—Ahora sé de quién heredaste la insolencia.
Liam entregó una caja metálica que supuestamente contenía la última grabación. En realidad, llevaba un transmisor de emergencia y documentos sin valor.
Los registraron y los condujeron al interior. En el salón había doce miembros de Aurora: un exsenador, dos jueces, médicos, abogados y empresarios. Algunos discutían. Otros bebían como si el mundo no estuviera derrumbándose.
—Todos ellos pagaron por silencio —susurró Elena.
Harrison subió a una plataforma.
—La red ha sido comprometida por personas sentimentales. Esta noche transferiremos los activos y destruiremos los archivos restantes. Mañana, Iris borrará Saint Mercy.
Uno de los jueces lo interrumpió.
—Nos prometiste nuevas identidades.
—Y las tendrán cuando Elena entregue la clave final.
Ava miró a su madre.
—¿Qué clave?
Harrison respondió por ella.
—La grabación de Thomas Cross. El hombre que inició mi caída.
Liam avanzó.
—Mi padre trabajaba para ti.
—Hasta que descubrió que su conciencia era más cara que su lealtad.
Harrison ordenó abrir una pared. Detrás había una sala de archivos y una incubadora antigua cubierta con una lona. Sobre una mesa descansaba una cinta de video.
—Thomas vino aquí para robar a un niño —dijo Harrison.
Liam palideció.
—¿Qué niño?
—Tú.
El silencio se volvió pesado.
Harrison retiró la lona. En la incubadora había una placa fechada el mismo día del nacimiento oficial de Daniel.
—Eleanor dio a luz a un niño sano —continuó—. Vane lo declaró muerto porque yo necesitaba un heredero que pudiera controlar desde el principio. Thomas descubrió el cambio, sacó al bebé de la morgue y lo crió como suyo.
Liam negó con la cabeza.
—Estás mintiendo.
—La sangre no miente. Eres el hijo biológico de Eleanor Ashcroft.
Ava vio cómo la revelación golpeaba a Liam. Toda su investigación, la muerte de Thomas, la vigilancia de Harrison y los pagos secretos adquirían un significado diferente.
—¿Por qué no me recuperaste? —preguntó Liam.
—Porque Daniel ya ocupaba el lugar. Dos herederos crean conflictos. Un heredero oculto crea una póliza de seguro.
Elena apretó la mano de Liam.
—Thomas te salvó.
—Y murió por eso —dijo Harrison—. Ahora entrégame su grabación.
Liam abrió la caja metálica.
—No la tengo.
Harrison levantó un arma.
—Entonces no eres útil.
Ava se interpuso.
—Si lo mata, nunca encontrará lo que Thomas dejó.
—Tú tampoco sabes dónde está.
—Pero sé cómo pensaba Elena. Y ella conocía a Thomas.
Harrison apuntó a Ava.
—Siempre te colocas delante de las balas. Es una costumbre agotadora.
Un trueno sacudió la mansión. Las luces parpadearon. El transmisor de la caja activó una señal breve hacia Mara.
Uno de los miembros de Aurora vio la luz.
—¡Nos rastrearon!
El salón estalló en pánico. Dos hombres intentaron huir. Los guardias cerraron las puertas. Harrison disparó al techo.
—¡Nadie sale!
Elena tomó la caja y golpeó al guardia más cercano. Liam se lanzó sobre otro. Ava corrió hacia el panel de seguridad.
Harrison le apuntó por la espalda.
Elena agarró su brazo cuando disparó. La bala alcanzó a uno de los jueces, quien había sacado su propia arma. El juez cayó, soltando la pistola.
Ava la recogió.
Por un instante, ella y Harrison se apuntaron mutuamente.
—No puedes dispararme —dijo él—. Eres enfermera. Salvas vidas.
—También evito que los asesinos sigan creando pacientes.
Harrison sonrió.
—Pero no eres como yo.
Ava mantuvo el dedo fuera del gatillo.
—No. Por eso bajarás el arma y vivirás para escuchar cada nombre en un tribunal.
Harrison fingió rendirse.
Luego disparó hacia Elena.
Liam empujó a Elena al suelo. Ava respondió, pero Eleanor apareció de la nada y desvió su brazo. La bala de Ava golpeó una lámpara.
—¡No lo mates! —gritó Eleanor.
Había llegado en un helicóptero federal como guía, pero se había separado del equipo durante el desembarco.
Harrison aprovechó la confusión, arrebató el arma a Eleanor y la empujó contra la pared.
El disparo que debía detenerlo había cambiado de dueño.
Tomó a Ava como rehén y retrocedió hacia el faro.
—Dile a Mara que se retire —ordenó, presionando el cañón contra su cuello—. O la mujer que abrió mi ataúd terminará dentro de uno real.
Las puertas exteriores explotaron. Agentes federales entraron al salón.
Pero Harrison ya arrastraba a Ava por un túnel hacia el acantilado.
La tormenta cubrió sus pasos.
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Y desde el mar, bajo las olas negras, una figura nadaba hacia el túnel secreto de Saint Mercy.
Amelia no había aceptado quedarse atrás.