Capítulo 6 - El testamento del muerto

A las ocho de la mañana siguiente, mientras los bomberos todavía apagaban las ruinas de Blue Hollow, todas las cadenas de televisión interrumpieron su programación.
Harrison Ashcroft apareció en pantalla sentado detrás de su escritorio, vestido con un traje azul oscuro y una corbata plateada. La grabación llevaba fecha de dos semanas atrás.
—Si están viendo este mensaje —comenzó—, significa que he muerto.
Ava observaba desde una sala segura del departamento de policía. Daniel permanecía de pie junto a la ventana, con la hoja rescatada del incendio dentro de una bolsa de pruebas.
—Mentiroso —murmuró.
El video continuó.
Harrison habló de servicio público, sacrificio y responsabilidad. Después anunció que Daniel quedaba apartado de la dirección de Ashcroft Industries debido a “decisiones personales incompatibles con el futuro de la compañía”. El control pasaría temporalmente a Eleanor y al consejo de la Fundación Nueva Esperanza.
—Preparó esto antes del funeral —dijo Mara—. Sabía que su hijo podía descubrir algo.
Entonces Harrison mencionó a Ava.
—En las últimas semanas, una mujer llamada Ava Morales intentó extorsionar a mi familia utilizando acusaciones relacionadas con la desaparición de su madre. Si algo ocurre durante mis exequias, ruego a las autoridades que investiguen su participación.
Ava sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Planeó mi llegada.
—O sabía que alguien te enviaría el mensaje —respondió Mara.
Harrison terminó la grabación sonriendo.
—Las grandes familias sobreviven porque comprenden una verdad sencilla: el legado siempre importa más que el individuo.
La transmisión cambió a un panel de comentaristas. Algunos cuestionaban el video. Otros ya llamaban a Ava oportunista, intrusa y posible conspiradora. En redes sociales circulaban montajes que la mostraban recibiendo dinero de Daniel. El sheriff Briggs anunció una investigación por destrucción de propiedad, fraude y tentativa de extorsión.
—Está usando el aparato que construyó durante décadas —dijo Daniel—. Jueces, medios, policías.
Mara entró con una carpeta.
—Y acaba de usarlo para bloquear la orden de registro de Blackwater. Un juez federal quiere revisar la jurisdicción.
Ava miró el reloj.
La hoja decía que Elena sería eliminada ese día.
—No voy a esperar.
—Eso es exactamente lo que Harrison espera que hagas —respondió Mara.
—Mi madre lleva trece años esperando que alguien no siga las reglas de Harrison.
Daniel tomó las llaves de su automóvil.
—Voy con ella.
Mara cerró los ojos durante un segundo.
—No puedo autorizarlo.
—Entonces no lo autorice.
La detective los miró salir. Dos minutos después, un vehículo sin distintivos apareció detrás de ellos. Mara conducía.
Blackwater había sido un hospital psiquiátrico estatal antes de privatizarse. Se alzaba entre cipreses, rodeado por una valla de tres metros y cámaras nuevas. Oficialmente estaba cerrado por reformas, pero el estacionamiento tenía seis automóviles recientes.
Mara mostró su placa al guardia.
—Tenemos información sobre una amenaza de muerte inmediata.
—Necesita una orden.
—Si alguien muere mientras discutimos, usted será cómplice.
El guardia llevó la mano a la radio. Daniel lo reconoció.
—Trabajaba para la seguridad de mi padre.
El hombre sacó un arma.
Mara fue más rápida. Lo desarmó y lo esposó contra la garita.
—Ahora sí tenemos causa probable.
Entraron con tres agentes que la detective había reunido en secreto. Los pasillos olían a lejía. No había pacientes visibles, pero se escuchaba el zumbido de equipos médicos detrás de las paredes.
La habitación 317 estaba en el ala oeste.
Ava introdujo la llave de latón encontrada en el ataúd. Encajó.
Abrió.
Dentro había una mujer de unos sesenta años atada a una cama. Tenía el cabello gris cortado al ras, los labios agrietados y la misma cicatriz en forma de media luna sobre el pecho.
No era Elena.
Daniel dio un paso incierto.
La mujer abrió los ojos. Al verlo, comenzó a llorar.
—Mi bebé.
Daniel se quedó paralizado.
—¿Quién es usted?
—Rebecca Cole.
Mara miró el expediente recuperado en Blue Hollow.
—Su certificado decía que murió durante el parto.
Rebecca soltó una risa quebrada.
—Harrison siempre prefería documentos obedientes.
Ava le quitó las correas.
—¿Dónde está Elena Morales?
Rebecca miró hacia la cámara de seguridad en la esquina.
—La sacaron al amanecer. Ella sabía que vendrían.
—¿Adónde?
—Al muelle Saint Jude. Harrison tiene un barco médico. Lo usa para mover personas fuera del país.
Daniel seguía sin acercarse.
—¿Usted es mi madre?
Rebecca extendió la mano.
—Me dijeron que habías muerto. Durante veintinueve años recé frente a una tumba vacía.
Él no tomó su mano.
—¿Por qué estaba aquí?
—Porque descubrí que estabas vivo. Elena encontró mi expediente y me trajo una fotografía tuya. Planeamos escapar juntas.
Un sonido metálico resonó en el techo.
Mara levantó la cabeza.
—Todos fuera.
Las puertas de seguridad se cerraron automáticamente. Un gas blanco comenzó a entrar por las rejillas.
—¡Cúbranse la boca! —gritó Ava.
Daniel arrancó una sábana, la mojó en el lavabo y cubrió el rostro de Rebecca. Mara disparó contra la cerradura, pero la puerta no cedió.
Ava vio una caja roja detrás de un panel de vidrio: sistema contra incendios. Rompió el cristal con la llave y accionó la alarma. Los rociadores inundaron la habitación, reduciendo la concentración del gas.
Daniel embistió la puerta junto con dos agentes. Al tercer golpe, el marco se desprendió.
Corrieron por el pasillo mientras las alarmas rugían. En la salida trasera encontraron al doctor Vane subiendo a una camioneta.
Mara apuntó.
—¡Deténgase!
Vane aceleró.
Daniel se lanzó hacia un costado cuando el vehículo pasó a centímetros. Los agentes dispararon a los neumáticos. La camioneta chocó contra la valla y giró sobre sí misma.
Vane salió sangrando por la frente, pero todavía sostenía un arma. Apuntó a Rebecca.
Ava se interpuso.
El disparo nunca llegó.
Mara golpeó la muñeca del médico y lo derribó.
—Silas Vane, queda arrestado por secuestro, intento de asesinato y cualquier otra cosa que encontremos detrás de estas paredes.
Vane sonrió desde el suelo.
—Llegan tarde. A mediodía, Elena estará en aguas internacionales.
Ava miró el reloj.
Faltaban cincuenta y seis minutos.
El muelle Saint Jude estaba a cuarenta kilómetros.
Daniel ayudó a Rebecca a subir a la ambulancia. Ella le tocó la manga.
—No tienes que llamarme madre.
Él la miró por primera vez directamente.
—Pero necesito saber la verdad.
—Entonces salva primero a la mujer que la protegió.
Ava subió al automóvil de Mara. Daniel ocupó el asiento delantero.
Mientras las sirenas se encendían, la televisión del tablero volvió a mostrar el rostro grabado de Harrison.
Un hombre oficialmente muerto acababa de condenar públicamente a su hijo, incriminar a Ava y ordenar la ejecución de la única mujer que podía destruirlo.
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Ava apretó la llave 317 hasta que le cortó la palma.
—No llegará al mar.