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EL ATAÚD QUE RESPIRÓ / Chapter 15 / 20

Capítulo 15 - La noche de las máscaras blancas

Harrison recibió a Eleanor con una sonrisa lenta.

—Sabía que la prisión no te sentaría bien.

—Tampoco el matrimonio —respondió ella.

Un guardia empujó a Mara dentro de la suite. La detective tenía sangre en la sien, pero mantuvo la mirada alerta. Eleanor sostenía el arma que le apuntaba.

Daniel observó a su madre con desprecio.

—Testificaste para acercarte a nosotros.

—Testifiqué para salir de una celda.

Amelia dio un paso hacia ella.

—Salvaste a la niña de la capilla.

—Un impulso sentimental. Ya se me pasó.

Ava vio algo extraño en la mano de Eleanor. El dedo índice golpeaba tres veces contra el arma, hacía una pausa y golpeaba una vez.

Tres y uno.

317.

Era una señal.

Eleanor no había cambiado de bando.

—Entrega el expediente de 1997 —ordenó Harrison.

—Primero quiero mi parte del dinero.

—Siempre fuiste predecible.

—Y tú siempre confundiste codicia con falta de paciencia.

Mientras discutían, Liam se movió lentamente hacia Claire. Harrison lo vio.

—No la toques.

El lector conectado al implante mostraba un progreso del ochenta y dos por ciento. Cuando alcanzara el cien, Harrison tendría acceso a cuentas valoradas en miles de millones.

—¿Qué ocurre después de la transferencia? —preguntó Ava—. ¿Matas a Claire porque ya no la necesitas?

—No soy un monstruo.

Claire soltó una risa ronca.

—Me obligaste a olvidar mi nombre.

—Te di uno más valioso.

Amelia se colocó frente a ella.

—Mi nombre no es una jaula para otra mujer.

Daniel miró el panel eléctrico junto a la puerta. Ava siguió su mirada. Si lograban apagar el lector, podrían detener la transferencia, pero quizá el implante liberara una dosis.

Liam parecía pensar lo mismo.

—El código está en mi memoria —dijo—. Pero requiere acceso a internet. Tus bloqueadores impiden completar la transferencia.

Harrison hizo una señal. Un técnico apagó parte del sistema de interferencia.

Durante tres segundos, el micrófono de Amelia recuperó señal.

—Ahora —susurró Eleanor.

Giró el arma y disparó al guardia que retenía a Mara.

La suite estalló en caos.

Mara derribó al segundo hombre. Daniel corrió hacia el panel. Ava volcó una mesa para proteger a Claire y Amelia. Liam arrancó el cable del lector.

Harrison disparó contra él.

La bala rozó el hombro de Liam y se incrustó en la pared.

Eleanor apuntó a su esposo.

—Se terminó.

—No eres capaz —dijo Harrison.

Ella apretó el gatillo.

El arma hizo clic.

Vacía.

Harrison sonrió.

—Nunca confiaste lo suficiente en nadie para comprobar las balas.

Sacó una segunda pistola.

Daniel se lanzó entre ellos.

El disparo le alcanzó el costado.

Amelia gritó.

Daniel cayó junto a la ventana.

Ava corrió hacia él mientras Mara respondía al fuego. Harrison rompió el vidrio y saltó a una plataforma de mantenimiento exterior. Abajo, los invitados enmascarados huían del salón principal al escuchar los disparos.

Eleanor siguió a Harrison.

—¡Déjalo! —gritó Ava.

—No esta vez.

Mara pidió ambulancias y refuerzos. Liam, herido, presionó una servilleta contra el hombro mientras liberaba a Claire.

—El implante está entrando en modo de descarga —dijo el lector.

Claire comenzó a convulsionar.

Ava tuvo que elegir entre Daniel y ella.

—Liam, presión directa sobre la herida de Daniel. Amelia, sostén su cabeza. Mara, busca naloxona en el botiquín.

—¿Sabes qué libera el dispositivo? —preguntó Mara.

—No. Pero Vane prefería opioides.

Ava cortó la tela sobre el pecho de Claire. El implante emitía una luz roja. No podía extraerlo sin cirugía, pero quizá podía interrumpir la señal.

Tomó la cubeta metálica de hielo y la colocó alrededor de la zona, intentando reducir la absorción. Mara encontró dos dosis de naloxona y las administró.

Claire dejó de convulsionar, aunque respiraba con dificultad.

—No te duermas —dijo Amelia, sujetándole la mano—. Me debes una vida con tu propio nombre.

Daniel gemía en el suelo. La bala había entrado por debajo de las costillas. Ava aplicó presión.

—Mírame —le ordenó.

—¿Amelia está bien?

—Está aquí.

Daniel buscó a su hermana con la mirada.

—El pájaro sí existió —dijo ella entre lágrimas.

Él sonrió débilmente.

—Siempre lo supe.

Afuera, Eleanor alcanzó a Harrison en la plataforma. Él intentaba bajar por una escalera hacia el estacionamiento.

—No puedes huir de todos los nombres —dijo ella.

—Tú llevas el mío.

—Por última vez.

Harrison la golpeó. Eleanor estuvo a punto de caer desde el piso veinte, pero se sujetó a la barandilla. Él le pisó la mano.

—Tu mayor error fue creer que alguna vez te necesité.

Antes de que pudiera hacerla caer, Amelia apareció en la ventana rota.

—¡Papá!

Harrison se volvió.

Durante un segundo vio a la hija que había intentado borrar. Eleanor aprovechó la distracción, sacó una pequeña hoja oculta en el tacón y cortó la correa de su maletín. La caja con pasaportes, dinero y el expediente original cayó al vacío.

Harrison gritó y soltó su pie.

Eleanor rodó hacia un costado. Mara salió a la plataforma, pero Harrison ya descendía por la escalera.

En el estacionamiento, una limusina atravesó la barrera y lo recogió.

Los agentes dispararon a los neumáticos sin alcanzarlos.

El magnate escapó, pero dejó atrás los fondos, a Claire y a todos los rehenes.

La gala completa había sido grabada por docenas de invitados. Las máscaras blancas se convirtieron en el símbolo nacional de la red Aurora. Para el amanecer, treinta y dos personas habían sido arrestadas intentando salir del país.

Daniel entró a cirugía en estado crítico.

Eleanor fue esposada nuevamente. Antes de subir al vehículo federal, miró a Amelia.

—No espero que me visites.

—No lo haré —respondió su hija—. Pero testifica. Di todo.

Eleanor asintió.

Ava permaneció junto a Liam mientras le suturaban el hombro.

—Tu entrevista casi destruyó el caso —dijo ella.

—Pero Harrison creyó en mí.

—Yo también creí durante unos minutos.

—¿Que te había traicionado?

—Sí.

Liam bajó la mirada.

—No puedo pedirte confianza después de tantas mentiras.

Ava tomó su mano.

—Entonces deja de pedirla y empieza a construirla.

El cirujano salió tres horas después.

La bala había dañado el hígado de Daniel, pero lograron detener la hemorragia.

—Va a vivir —dijo.

Amelia se cubrió el rostro y lloró.

La alegría duró menos de un minuto.

Mara recibió una llamada del laboratorio financiero. El implante de Claire no solo contenía claves bancarias. Había transmitido una coordenada antes de apagarse.

Saint Mercy.

Harrison no había perdido su refugio.

Había activado una invitación.

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Y el mensaje adjunto decía:

“Traigan a Elena Morales. Ella conoce el final de la historia.”

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