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EL ATAÚD QUE RESPIRÓ / Chapter 5 / 20

Capítulo 5 - La casa donde faltaban trece años

Daniel salió de la habitación sin decir una palabra.

Ava lo encontró en la escalera de emergencia, sentado en un peldaño con la camisa abierta y la mirada fija en la cicatriz de su pecho.

—Amelia estaba sedada durante años —dijo él—. Puede estar confundida.

—Puede.

—Mi partida de nacimiento tiene el sello del hospital.

—La Lista Aurora cambiaba certificados.

Daniel levantó la cabeza.

—¿Estás diciendo que yo fui comprado?

Ava se sentó dos escalones más abajo.

—Estoy diciendo que ninguno de los dos sabe todavía quién eres.

Él soltó una risa vacía.

—He pasado toda mi vida intentando ser el hijo que Harrison quería. Quizá ni siquiera era su hijo.

—La sangre no convierte a un hombre en padre.

—Eso es fácil de decir cuando tu madre arriesgó la vida por ti.

Ava lo miró.

—Mi madre desapareció. Durante años me pregunté si se había marchado porque Lucas y yo no éramos suficientes. No idealices mi historia solo porque ahora existe una pista.

Daniel cerró la camisa.

—Lo siento.

—Yo también.

Mara apareció en la puerta con dos cafés.

—El laboratorio hará pruebas de ADN, pero tardarán. Mientras tanto, necesitamos encontrar la casa sin puertas.

Ava aceptó el vaso.

—Era parte de un cuento inventado. Mi madre decía que la niña seguía rosas azules hasta una casa escondida en el bosque. No tenía puertas, solo una ventana redonda.

—¿Algún lugar real asociado a rosas azules? —preguntó Mara.

Ava recordó el pequeño tatuaje de una rosa azul en la muñeca de Elena, el mismo símbolo de la fotografía enviada antes del funeral.

—Había una granja donde pasábamos los veranos. Pertenecía a mi abuela. Después de su muerte, mi madre la vendió a una compañía.

Daniel sacó el teléfono.

—¿Nombre de la propiedad?

—Blue Hollow Farm.

La búsqueda reveló que la granja había sido comprada doce años atrás por Cypress Holdings, la empresa controlada por Eleanor.

—Tu madre compró la casa un año después de que Elena desapareciera —dijo Mara.

Daniel se puso de pie.

—Entonces vamos.

Blue Hollow estaba a dos horas, cerca de la frontera con Georgia. La propiedad aparecía abandonada en los registros fiscales. Mara organizó un equipo discreto porque no confiaba en el sheriff local, Nolan Briggs, quien había cerrado el caso de Elena y certificado la muerte de Harrison.

Ava viajó con Daniel en un vehículo sin distintivos. Liam Cross, periodista de investigación y amigo de Ava desde la secundaria, llamó seis veces durante el camino. Ella finalmente contestó.

—¿Estás viva? —preguntó él sin saludar.

—Por ahora.

—He estado frente al hospital desde esta mañana. Nadie me dice nada.

—Porque eres periodista.

—También soy la persona que ayudó a criar a Lucas cuando trabajabas turnos dobles.

Ava cerró los ojos.

—Lo sé. Lo siento.

—Dime dónde estás.

—No puedo.

—Ava, el sheriff Briggs acaba de declarar que tú planeaste todo para extorsionar a los Ashcroft. Dice que conocías a Amelia antes del funeral.

Daniel escuchó desde el asiento del conductor.

—Está preparando la narrativa —dijo.

Liam guardó silencio.

—¿Ese es Daniel Ashcroft?

—Sí.

—El hombre que controla la empresa que financió la fundación donde desapareció tu madre.

Ava miró la cicatriz oculta bajo la camisa de Daniel.

—Es complicado.

—Las tumbas también son complicadas y no por eso me metería en una.

—Cuida de Lucas. Te llamaré cuando pueda.

—No me pidas que me quede quieto.

—Te estoy pidiendo que te mantengas vivo.

Colgó antes de que pudiera responder.

Llegaron a Blue Hollow al atardecer. La vieja granja estaba cubierta de enredaderas. El techo del granero se había hundido y el porche desaparecía bajo hojas mojadas. No había camino hasta la puerta principal porque, tal como recordaba Ava, la casa había sido construida alrededor de un enorme roble.

Pero ahora la puerta estaba tapiada.

Todas las puertas lo estaban.

—Casa sin puertas —murmuró Daniel.

Mara ordenó registrar el perímetro. Ava caminó hacia la parte trasera, siguiendo una hilera de rosales silvestres. La mayoría estaban muertos, excepto uno que conservaba pequeñas flores teñidas de azul artificial.

Bajo el rosal encontró una piedra redonda con una media luna y tres puntos tallados.

—Daniel.

Él se arrodilló y apoyó la mano sobre el símbolo.

La piedra se hundió.

En el tronco hueco del roble se abrió una compuerta estrecha.

Un olor a humedad subió desde abajo.

Mara encendió una linterna.

—Nadie entra solo.

Descendieron por una escalera metálica hasta un corredor de cemento. Las paredes estaban cubiertas de dibujos infantiles: casas, soles, familias tomadas de la mano. Bajo cada dibujo aparecía un nombre y una fecha.

Algunos nombres estaban tachados.

Otros tenían dos apellidos distintos.

Ava reconoció el símbolo de la rosa azul en cada esquina.

—Mi madre estuvo aquí —dijo.

El corredor terminaba en una habitación con archivadores vacíos. Habían sido abiertos recientemente. Sobre una mesa había fotografías quemadas, jeringas y una grabadora antigua.

Daniel encontró una carpeta detrás de un radiador.

En la portada decía: SUJETO D-17.

Dentro había fotografías de un bebé con una cicatriz recién hecha sobre el pecho. En una imagen, Harrison sostenía al niño. En otra, el doctor Vane escribía algo en una etiqueta.

Daniel pasó las páginas con manos temblorosas.

—Ese soy yo.

Ava leyó una nota mecanografiada:

“Madre biológica: Rebecca Cole. Fallecida durante el parto. Padre biológico: desconocido. Transferencia autorizada a Eleanor y Harrison Ashcroft. Infante original Ashcroft declarado fallecido a las 03:12.”

Daniel dejó caer la carpeta.

—Yo no soy Daniel Ashcroft.

Mara recogió el documento.

—Legalmente lo es. Pero esto prueba que hubo sustitución de identidad.

Un ruido llegó desde el piso superior.

Pasos.

Las linternas se apagaron al mismo tiempo.

—¡Al suelo! —gritó Mara.

Un disparo atravesó la puerta de metal. Luego otro.

Daniel empujó a Ava detrás de un archivador mientras los detectives respondían. El corredor se llenó de humo y ecos.

Alguien lanzó una botella incendiaria por la compuerta.

Las llamas corrieron por el suelo.

—¡Quieren quemar los archivos! —gritó Ava.

Mara señaló una rejilla de ventilación.

—¡Tiene que haber otra salida!

Daniel golpeó la pared hasta encontrar un panel hueco. Detrás había un túnel estrecho. Entraron mientras el fuego devoraba la habitación.

Ava avanzó a oscuras, respirando humo. Al final del túnel encontró una ventana redonda que daba al bosque. Rompieron el cristal y salieron justo cuando parte de la casa se derrumbaba.

Los atacantes habían desaparecido.

Uno de los detectives estaba herido en el hombro. El otro llamó refuerzos.

Ava cayó de rodillas sobre la hierba.

Daniel todavía sostenía una sola hoja rescatada del expediente.

No era su fotografía.

Era una lista de nombres.

El último decía:

ELENA MORALES — TRASLADADA A BLACKWATER, HABITACIÓN 317.

Debajo, escrito a mano, aparecía una fecha.

El día siguiente.

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Y una instrucción:

TERMINACIÓN AUTORIZADA POR H. ASHCROFT.

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