Capítulo 4 - El mensaje enviado por una muerta

La llamada duró treinta y siete segundos.
El equipo técnico de Mara no pudo rastrearla. Harrison había utilizado una red encriptada y desechable. Lo único claro era que conocía la ubicación exacta de Daniel y Ava, incluso después del ataque a la mansión.
—Alguien dentro de la casa lo mantiene informado —dijo Mara.
Daniel miró a los empleados reunidos en el vestíbulo. Algunos llevaban décadas trabajando para los Ashcroft. Otros habían sido contratados para el funeral. Todos parecían asustados.
—O las cámaras siguen conectadas a un servidor externo —respondió.
Ava pensó en Lucas.
Sacó el teléfono y lo llamó.
Su hermano respondió al cuarto tono.
—¿Ava? ¿Qué demonios está pasando? Tu cara está en todas las noticias.
Ella cerró los ojos, aliviada al escuchar su voz.
—¿Dónde estás?
—En casa. Hay periodistas afuera.
—No abras la puerta. Empaca una mochila y espera a la detective que enviaré.
—¿Mamá está viva?
Ava había criado a Lucas desde que él tenía cuatro años. Siempre evitaba darle esperanza sin pruebas. Esta vez no pudo mentir.
—Creo que sí.
El silencio al otro lado se rompió con un sollozo.
—Entonces tráela a casa.
—Lo intentaré.
—No. Promételo.
Ava miró la sangre sobre el suelo de la mansión y el túnel oscuro por el que Eleanor había desaparecido.
—Te prometo que no dejaré de buscarla.
Mara asignó protección policial a Lucas. Luego llevó a Ava y Daniel de regreso al hospital, donde Amelia permanecía bajo vigilancia. El ala estaba cerrada, pero una enfermera informó que alguien había intentado entrar usando credenciales falsas del departamento de radiología.
—¿Lo capturaron? —preguntó Ava.
—Escapó por las escaleras de servicio.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Mi padre está eliminando testigos.
—Entonces necesitamos que Amelia hable antes de que vuelva a intentarlo —dijo Mara.
Amelia estaba más despierta, aunque los médicos insistieron en limitar la conversación. Daniel se sentó junto a ella. Ava permaneció cerca de la puerta.
—Papá llamó —dijo Daniel.
Amelia apretó la sábana.
—¿Qué quiere?
—Ava.
La joven miró a la enfermera.
—Porque Elena escondió el registro.
Ava se acercó.
—¿Qué registro?
Amelia tragó saliva.
—La Lista Aurora.
Daniel frunció el ceño.
—Nunca he oído ese nombre.
—Papá lo mencionaba cuando discutía con el doctor Vane. Era una lista de niños, madres, pagos y nuevos certificados de nacimiento.
Ava sintió náuseas.
—¿Adopciones ilegales?
—Más que eso. Algunas madres creían que sus bebés habían muerto. Otras fueron obligadas a firmar. Los niños terminaban con familias ricas que donaban dinero a la fundación.
Daniel se levantó de golpe.
—Eso es imposible.
Amelia lo miró con tristeza.
—Lo vi, Danny. La noche en que desaparecí, entré al despacho de papá buscando dinero para una excursión. Encontré fotografías de bebés con dos nombres distintos. Cuando le pregunté, me llevó al invernadero y me dijo que nuestra familia no sobrevivía gracias a la bondad, sino al silencio.
—¿Por eso te encerró?
—Intenté llamar a la policía. Mamá me descubrió con el teléfono.
Daniel bajó la cabeza.
—¿Ella te entregó?
Amelia no respondió. No hacía falta.
Ava sintió compasión por él, pero también recordó el mensaje escrito en la pared: NO CONFÍES EN EL HIJO.
—¿Elena tenía la lista? —preguntó.
—La copió. Dijo que necesitaba una prueba que no pudieran comprar. La escondió y luego intentó sacar a los niños del centro.
—¿Qué niños?
—Había otros pacientes. Algunos eran madres. Otros eran adolescentes que habían empezado a hacer preguntas sobre sus verdaderos padres.
Daniel caminó hacia la ventana.
—Mi empresa financió esa fundación durante veinte años.
—Tú no sabías —dijo Amelia.
—Firmé los informes anuales.
—Porque papá te entregaba páginas limpias.
—Eso no me absuelve.
Ava observó a los hermanos. Una familia podía construir una prisión sin barrotes: bastaba con convertir el amor en una deuda y la obediencia en una virtud.
Mara entró con un sobre transparente.
—Encontramos esto cosido en el forro del traje que llevaba Amelia.
Dentro había una tarjeta de memoria del tamaño de una uña.
—¿La pusiste tú? —preguntó Ava.
Amelia negó.
El equipo informático tardó una hora en abrir el contenido. Solo había un archivo de audio, grabado dos días antes.
La voz de Elena Morales llenó la sala.
—Ava, mi niña, si estás escuchando esto, significa que Amelia salió del centro. Significa también que yo probablemente no lo hice.
Ava se cubrió la boca.
Lucas, conectado por videollamada desde una casa segura, comenzó a llorar.
—No creas a nadie que te diga que desaparecí por voluntad propia —continuó Elena—. Harrison Ashcroft dirige la Lista Aurora, pero no trabaja solo. Hay jueces, médicos, policías y familias que pagaron por niños. La copia completa está escondida en el único lugar donde Harrison jamás entraría. Necesitas recordar el cuento que te leía cuando tenías miedo.
Ava cerró los ojos.
Su madre leía siempre la misma historia: una niña que cruzaba un bosque siguiendo rosas azules hasta encontrar una casa sin puertas.
—La casa sin puertas —susurró.
La grabación continuó.
—No confíes en el hijo hasta que te muestre la cicatriz que no aparece en las fotografías. Y no entregues la llave a la viuda. Ella sabe qué abre.
Daniel se volvió.
—¿Qué cicatriz?
Ava lo observó.
—Eso quiero saber yo.
El audio terminó con un ruido de pasos. Luego se oyó la voz de un hombre.
—Elena, se acabó el tiempo.
Harrison.
La grabación se cortó.
Mara miró a Daniel.
—Necesito que se quite la camisa.
Él levantó las cejas.
—¿Perdón?
—Su madre dice que hay una cicatriz que no aparece en las fotografías. Podría ser una forma de verificar su identidad.
Daniel se desabrochó la camisa con movimientos rígidos. Sobre el lado izquierdo del pecho tenía una cicatriz curva, antigua, de casi diez centímetros.
Ava la reconoció.
No por haberla visto antes, sino por su forma.
Parecía una media luna atravesada por tres puntos.
El mismo símbolo estaba grabado en la llave 317.
—¿Cómo te la hiciste? —preguntó.
—No lo recuerdo. Mi madre decía que fue una cirugía cuando era bebé.
Amelia abrió los ojos con sorpresa.
—Tú no tuviste ninguna cirugía.
Daniel la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo estaba allí cuando te hicieron esa marca.
El monitor cardíaco aceleró.
—Papá dijo que necesitaba distinguirte de otro niño.
Nadie habló.
Daniel retrocedió.
—¿Qué otro niño?
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Amelia comenzó a temblar.
—El bebé que murió con tu nombre.