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LA NIÑA DE LA MESA SIETE / Chapter 8 / 20

Chapter 8 - El hotel de los cien espejos

A las diez de la mañana, Claire tomó una decisión.

Iría al Monroe Grand Hotel.

—Es exactamente lo que Eleanor quiere —dijo Eli.

—Por eso cree que puede controlar el encuentro.

—Puede hacerlo. El hotel pertenece a su familia.

—También conozco cada pasillo, ascensor de servicio y sistema de emergencia. Pasé la mitad de mi infancia allí.

Caleb colocó sobre la mesa un plano antiguo del edificio.

—Eleanor pedirá a Lily y la memoria.

—Le daremos una copia manipulada —respondió Claire—. Mientras habla conmigo, ustedes buscarán a mi padre.

June golpeó la mesa.

—Lily no irá.

—No pienso llevarla al salón. Usaremos una grabación y un abrigo para que desde las cámaras parezca que está conmigo.

Lily se cruzó de brazos.

—Estoy cansada de que todos decidan dónde debo estar.

Ava intentó incorporarse.

—Esta vez tienen razón. Te quedarás conmigo y Naomi.

—Pero tú no puedes protegerme.

La frase salió más dura de lo que Lily pretendía. Ava cerró los ojos, herida.

Lily bajó la mirada.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte por decir la verdad —respondió Ava—. Todavía no puedo protegerte sola. Pero estoy aprendiendo a aceptar ayuda.

Claire se arrodilló frente a su sobrina.

—Necesito que hagas algo más difícil que entrar al hotel. Necesito que confíes en que regresaré.

—Todos prometen regresar.

—Entonces no te pediré que creas en una promesa. Te dejaré el control de la evidencia. Si no vuelvo antes de las dos, Naomi enviará los archivos a tres periódicos y a una organización internacional.

Lily estudió su rostro.

—¿De verdad me dará el control?

—Es tu historia. Nunca debieron quitártelo.

A las once y veinte, Claire llegó al Monroe Grand en una limusina prestada. June se sentaba a su lado con una peluca oscura, gafas grandes y un abrigo infantil colocado sobre una almohada. Desde las cámaras externas parecía una mujer protegiendo a una niña escondida.

—Nunca pensé que volvería a este hotel —dijo June.

—¿Por qué?

—Después del nacimiento de las gemelas, Eleanor pagó para que me trasladaran. Cuando hice preguntas, perdí mi licencia de enfermería.

—¿Por qué no habló públicamente?

—Tenía un hijo de seis años y ninguna prueba. Las personas valientes también pueden ser cobardes cuando amenazan a sus hijos.

Claire apretó su mano.

—Hoy terminaremos lo que comenzó aquella noche.

El vestíbulo estaba lleno de políticos y empresarios que asistían a un almuerzo de campaña de Grant Vale. Pancartas azules anunciaban: “UN FUTURO SEGURO PARA CADA NIÑO”.

Claire sintió náuseas.

Grant apareció al pie de la gran escalera, impecable con un traje gris. Sonrió para las cámaras y abrió los brazos.

—Claire. Gracias a Dios estás bien.

Intentó abrazarla. Ella retrocedió.

—¿Dónde está mi padre?

Los fotógrafos comenzaron a disparar flashes. Grant mantuvo la sonrisa.

—No sé de qué hablas.

—Entonces quizá deba preguntarlo frente a tus donantes.

La sonrisa se borró de sus ojos.

—Sala Magnolia. Ahora.

Entraron en un salón privado rodeado de espejos. Eleanor esperaba junto a la ventana. A sus setenta años, seguía siendo una mujer imponente, con cabello plateado, collar de perlas y una postura capaz de silenciar una junta directiva.

—Hija —dijo—, has causado un desastre innecesario.

Claire colocó la copia de la memoria sobre la mesa.

—Papá primero.

—Robert dejó de ser tu padre cuando decidió destruir esta familia.

—¿Y Ava dejó de ser tu hija cuando descubrió tus crímenes?

Eleanor miró hacia el bulto bajo el abrigo que June sostenía.

—Quiero ver a Lily.

June habló con voz temblorosa fingida.

—Está sedada.

Grant avanzó.

—Déjame comprobarlo.

Claire se interpuso.

—Un paso más y la evidencia se publicará.

Mientras discutían, Eli y Caleb entraban por el muelle de carga vestidos como técnicos. Ben se encontraba en una furgoneta controlando las cámaras mediante un dispositivo preparado por Caleb.

—Nivel subterráneo, pasillo C —susurró Ben por el auricular—. Hay dos guardias frente a la antigua bóveda.

Caleb conocía un conducto que llegaba desde la lavandería. Él y Eli avanzaron entre tuberías hasta observar la bóveda desde arriba.

Robert Monroe estaba sentado dentro, atado a una silla.

Pero no estaba solo.

Frente a él había una mujer de la misma edad que Claire, con el cabello rubio cortado a la altura de los hombros. Tenía una cicatriz en el cuello y llevaba uniforme de empleada del hotel.

Robert la llamó por un nombre que Caleb escuchó claramente:

—Catherine.

En la sala Magnolia, Eleanor tomó la memoria.

—¿Crees que todo esto se trata de dinero? —preguntó—. Construí un sistema que salvó a esta familia de la ruina. Tu padre quería confesar y entregar miles de empleos al caos.

—Robaste niños.

—Reubiqué menores que nadie quería.

June apartó el abrigo falso.

—No eran mercancía.

Eleanor la reconoció.

—June Walker. Siempre fuiste incapaz de olvidar lo que no te correspondía.

—Vi nacer a dos niñas. Vi cómo se llevaron a una.

Grant se abalanzó sobre la memoria.

En ese instante, las luces se apagaron.

Ben había cortado el sistema.

Claire golpeó la mano de Grant y recuperó el dispositivo. June abrió una puerta oculta entre los espejos, un pasadizo usado antiguamente por el personal.

—¡Corre! —gritó.

Mientras escapaban, Claire oyó a Eleanor ordenar:

—¡Protejan a Catherine! ¡Ella no puede saber quién es!

Al cruzar el vestíbulo del Monroe Grand, Claire recordó su décimo cumpleaños, celebrado bajo la misma lámpara de cristal. Eleanor había contratado una orquesta y prohibido que Claire comiera pastel porque el vestido era demasiado ajustado. Ava había robado dos porciones y ambas las comieron escondidas en el hueco de la escalera.

—Este lugar siempre pareció hermoso desde fuera —susurró Claire.

June, bajo su disfraz, respondió:

—Las jaulas caras siguen teniendo barrotes.

Un empleado anciano reconoció a June y abrió mucho los ojos. Ella llevó un dedo a los labios. El hombre fingió no verla y dejó discretamente una tarjeta maestra sobre una bandeja.

Claire la tomó al pasar.

—¿Quién es?

—Alguien a quien Eleanor despidió tres veces y tuvo que readmitir porque nadie más conocía las calderas.

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—¿Podemos confiar en él?

—Puede confiarse en un hombre que ha esperado veinte años para robarle una llave a la persona correcta.

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