Capítulo 1 - El instante antes de la caídaAmelia Sterling comprendió que iba a morir cuando sintió la mano de Victoria en medio de su espalda.

No tuvo tiempo para gritar el nombre de Lucas.
No pudo protegerse el vientre ni sujetarse a la barandilla de hierro. Solo sintió que sus pies perdían contacto con el suelo y que el gran vestíbulo de la mansión Sterling aparecía debajo de ella como un pozo de mármol blanco.
Estaba embarazada de treinta y cuatro semanas.
Su hija se movió dentro de su cuerpo en el mismo instante en que comenzó a caer.
—¡Lucas!
El grito atravesó los tres pisos de la casa.
Minutos antes, Amelia estaba junto a Victoria en el corredor superior, sosteniendo una carpeta antigua contra el pecho. Había encontrado los documentos durante la renovación del ala oeste, ocultos detrás de la pared de una habitación que antiguamente había sido una guardería.
La carpeta contenía pulseras de recién nacidos, fotografías de mujeres dormidas y certificados de defunción pertenecientes a bebés que parecían estar vivos en imágenes tomadas días después de su supuesta muerte.
Entre los papeles había dos brazaletes idénticos:
Sterling, bebé A.
Sterling, bebé B.
Ambos llevaban la fecha de nacimiento de Lucas.
—Entrégame la carpeta —había ordenado Victoria.
Su cabello blanco estaba perfectamente recogido. Vestía una blusa de seda y no parecía una mujer sorprendida por el descubrimiento de un crimen.
Parecía una persona molesta porque alguien hubiera abierto el cajón equivocado.
—Lucas debe verla —respondió Amelia.
—Mi hijo no necesita otra razón para destruir el legado de su padre.
—¿Tenía un hermano?
Victoria extendió la mano.
—No sabes lo que estás leyendo.
—Sé que dos niños nacieron el mismo día, con la misma madre y dentro del mismo hospital.
—Hubo un error administrativo.
—También hay una fotografía.
Amelia mostró una imagen de dos recién nacidos acostados juntos. Una enfermera sostenía una tarjeta con el apellido Sterling.
En el reverso alguien había escrito:
Lucas y Nathan. Antes de que Victoria tomara la decisión.
La expresión de Victoria cambió.
—¿Dónde encontraste eso?
—Detrás de la pared de la habitación del bebé.
—Esa habitación no debía renovarse.
—Es la habitación que preparábamos para su nieta.
Victoria miró el vientre de Amelia.
Por primera vez, su rostro mostró algo distinto a control.
Miedo.
—Tu hija no debe crecer dentro de esa habitación.
—¿Por qué?
—Porque algunas partes de esta familia deben permanecer enterradas.
Amelia retrocedió.
No estaba sola completamente. En el piso inferior se escuchaban trabajadores preparando la cena de aniversario de la fundación Sterling. Lucas debía regresar de la oficina en cualquier momento.
Aun así, el corredor parecía aislado.
—Voy a llamar a Lucas.
Sacó el teléfono.
Victoria se lo arrebató.
—No conviertas una historia que no comprendes en una acusación.
—Devuélveme el teléfono.
—Primero entrégame la carpeta.
Amelia extendió la mano.
—Está asustándome.
—Entonces deja de comportarte como si el embarazo te concediera autoridad sobre una familia que existía antes de que llegaras.
—Estoy casada con Lucas.
—Eso puede cambiar.
Amelia sintió otro movimiento de la niña.
—No amenace mi matrimonio.
—No es una amenaza. Es una advertencia.
Victoria avanzó.
Amelia retrocedió hasta sentir la barandilla contra la espalda.
—¿Qué ocurrió con Nathan?
—No existió ningún Nathan.
—Entonces no tendrá miedo de que Lucas lea los documentos.
Victoria intentó tomar la carpeta.
Amelia la apartó.
Durante unos segundos forcejearon. La carpeta cayó y las páginas se extendieron por el corredor.
Una de las pulseras quedó junto al zapato de Victoria.
La mujer la miró.
Después levantó los ojos hacia Amelia.
—Siempre pensé que Lucas se casaría con alguien capaz de comprender cuándo debía permanecer en silencio.
—Y yo pensé que usted era una mujer difícil, no una criminal.
El rostro de Victoria se endureció.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿Robó a su propio hijo?
Victoria empujó la carpeta con el pie.
—Intenté proteger al hijo que podía conservar.
—¿De quién?
—De todo lo que su padre había construido.
—No tiene sentido.
—Lo tendrá cuando pierdas algo que ames.
Amelia colocó una mano sobre el vientre.
—No se acerque más.
—Dame los documentos.
—No.
El sonido de la puerta principal abriéndose llegó desde abajo.
Lucas había regresado.
Amelia inhaló para llamarlo.
Victoria la empujó.
El mundo se inclinó.
Amelia atravesó el espacio abierto del vestíbulo. Su vestido dorado se elevó alrededor de sus piernas mientras caía.
Abajo, Lucas levantó la cabeza.
Llevaba un traje gris y sostenía las llaves del automóvil. Durante una fracción de segundo no comprendió lo que veía.
Después corrió.
Amelia golpeó primero una cortina decorativa, lo que redujo ligeramente la velocidad. Lucas se lanzó sobre el suelo y extendió ambos brazos.
El cuerpo de Amelia cayó contra él.
El impacto los derribó.
Lucas sintió un dolor violento en el hombro, pero no la soltó. Giró para que su propia espalda golpeara el mármol y mantuvo los brazos alrededor del vientre de su esposa.
—Amelia.
Ella no respondía.
—¡Llamen a una ambulancia!
Los trabajadores corrieron desde el comedor.
Lucas tocó el rostro de su esposa.
—Mírame.
Amelia abrió los ojos.
—La bebé.
—Está contigo.
—Victoria…
Su mano temblorosa se levantó.
Señaló hacia el corredor superior.
Victoria permanecía detrás de la barandilla.
Miraba hacia abajo sin moverse.
—Ella me empujó —susurró Amelia.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Qué hiciste?
Victoria abrió las manos.
—Perdió el equilibrio.
—Dice que la empujaste.
—Está confundida.
Lucas observó los documentos esparcidos detrás de su madre.
—¿Por qué tiene su teléfono?
Victoria miró el aparato que aún sostenía.
Lo dejó caer.
—Discutimos. Intenté impedir que se hiciera daño.
—¿Impedirlo empujándola desde el tercer piso?
—No la empujé.
Amelia tomó la chaqueta de Lucas.
—La carpeta.
—¿Qué carpeta?
—Los bebés.
Su rostro se contrajo por el dolor.
Una mancha roja comenzó a extenderse sobre el vestido.
Lucas la vio.
—Está sangrando.
Uno de los trabajadores llamó nuevamente a emergencias.
Victoria descendió las escaleras.
—Necesita al doctor Cole. Conoce su embarazo.
Lucas se colocó entre ambas.
—No la toques.
—Soy tu madre.
—Y ella es mi esposa.
Victoria se detuvo.
—Lucas, debes escucharme antes de hacer una acusación que destruirá esta familia.
—La vi caer desde donde tú estabas.
—No viste cómo ocurrió.
—Escuché lo que dijo.
—Está herida y aterrorizada.
Lucas observó a Amelia.
Ella luchaba por permanecer consciente.
—¿Está diciendo la verdad?
—Sí.
—¿La empujaste?
Victoria no respondió inmediatamente.
Esa pausa fue suficiente.
Las sirenas se escucharon fuera.
Lucas tomó una de las pulseras del suelo. Leyó ambos nombres.
Bebé A.
Bebé B.
—¿Quién es Nathan?
Victoria palideció.
—No ahora.
—¿Quién es?
—Tu hermano murió al nacer.
Amelia negó débilmente.
—No murió.
Victoria miró hacia ella con un odio que ya no podía esconder.
—No sabes nada.
Los paramédicos entraron y colocaron a Amelia sobre una camilla.
El monitor fetal mostró un ritmo irregular.
—Posible desprendimiento de placenta —dijo uno—. Tenemos que movernos.
Lucas subió a la ambulancia.
Antes de que las puertas se cerraran, miró a Victoria.
—No salgas de la casa.
Su madre recuperó parte de su frialdad.
—No puedes darme órdenes dentro de mi propiedad.
—La casa está a nombre del fideicomiso que yo administro.
—Por ahora.
Las puertas se cerraron.
Durante el trayecto, Amelia sujetó la mano de Lucas.
—La habitación tenía más cosas.
—No pienses en eso ahora.
—Una lista de nombres.
—La encontraremos.
—Clara lo sabía.
Clara Mendoza era la ama de llaves que había trabajado para la familia durante treinta años.
—¿Dónde está?
—Me ayudó a abrir la pared. Después recibió una llamada y desapareció.
Lucas sintió un frío profundo.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
El monitor emitió una alarma.
Amelia cerró los ojos.
—No permitas que Victoria se acerque a nuestra hija.
—No lo haré.
—Promételo.
Lucas miró el rostro pálido de su esposa.
—Te lo prometo.
En la mansión, Victoria regresó al corredor superior.
Recogió una fotografía que los demás no habían visto.
Mostraba a dos recién nacidos.
Detrás de ellos estaba una mujer joven con uniforme de enfermera.
Clara Mendoza.
Victoria arrancó la fotografía por la mitad y llamó a un número que no tenía nombre.
—Amelia encontró la habitación.
Una voz masculina respondió:
—¿Tiene los registros?
—Lucas recogió parte.
—Entonces debemos activar Cuna Blanca.
Victoria miró la sangre sobre el mármol.
—Todavía no.
—Su nieta puede nacer esta noche.
La mujer cerró los ojos.
—Asegúrate de que nazca dentro de un hospital que podamos controlar.
La llamada terminó.
Arriba, una pulsera de recién nacido permanecía debajo de una mesa.
No llevaba el apellido Sterling.
Llevaba otro nombre:
Vale, Nathan.
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Y una fecha escrita treinta y seis años después del nacimiento:
Sigue vivo.
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