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La Mujer del Acantilado / Chapter 7 / 10

Capítulo 7 - La confesión del hombre que sobrevivió

La explosión destruyó parte de la comisaría, pero Adrián sobrevivió.

Fue trasladado al hospital bajo custodia. Valeria lo visitó al día siguiente.

Tenía cortes sobre el rostro y una costilla fracturada.

—Destruiste la bóveda para salvarme —dijo.

—No la destruí completamente.

—Podías haber elegido los archivos.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?

Valeria se sentó.

—Porque no quiero convertirme en una persona que utiliza la justicia como excusa para permitir una muerte.

Adrián bajó la mirada.

—Yo hice exactamente eso.

—Lo sé.

—No espero que me perdones.

—Bien.

—Pero gracias.

Valeria no respondió.

Una parte de ella continuaba amándolo. Otra recordaba los veintisiete segundos sobre la terraza, cuando él decidió entrar y construir la mentira.

No tenía que elegir entre ambas verdades inmediatamente.

Elena recibió una llamada anónima.

Inés quería reunirse.

Afirmaba que entregaría la grabación de Tomás a cambio de un vehículo y acceso a una cuenta fuera del país.

El fiscal se opuso a cualquier negociación.

—La encontraremos —dijo.

—Puede destruir la grabación —respondió Valeria.

—Tenemos suficientes pruebas para acusarla.

—Yo no busco únicamente una condena. Necesito saber qué hizo mi padre.

La reunión sería en el antiguo faro donde Esteban trabajaba.

Inés sabía que el lugar tenía valor para Elena.

El equipo policial rodeó la zona.

Valeria entró sola.

Inés esperaba frente a las ventanas con una pistola y una caja metálica.

—Te pareces más a tu madre cada día.

—Eso no es un insulto.

—No pretendía que lo fuera.

—Entrégame la grabación.

—Primero la cuenta.

Valeria mostró una tableta.

—El dinero se transferirá cuando confirme que el archivo es auténtico.

Inés conectó una pantalla.

Tomás Montes apareció en la terraza veintidós años antes.

Era más joven de lo que Valeria recordaba.

Elena sostenía una memoria.

—No puedes denunciarlo —decía Tomás—. Tienen a Valeria vigilada.

—Entonces nos marchamos.

—No existe un lugar donde Inés no pueda encontrarnos.

—Eso es lo que quiere que creas.

Tomás intentó tomar la memoria.

Elena retrocedió.

Inés apareció.

—Dásela —ordenó a Tomás.

—Prometiste liberar a mi familia.

—Cuando termine el sistema.

Elena miró a su esposo.

—Nunca nos liberará.

Tomás soltó la memoria.

Parecía dispuesto a ayudarla.

Inés levantó una pistola hacia una cámara exterior. La pantalla mostraba a una niña saliendo de la escuela.

Valeria se reconoció.

—Elige —dijo Inés.

Tomás agarró a Elena.

Durante el forcejeo, ella cruzó la balaustrada.

Él sostuvo su muñeca.

Podía subirla.

—Tomás —suplicó Elena.

Inés apuntó hacia la imagen de Valeria.

—Si la salvas, tu hija cae después.

Tomás cerró los ojos.

Y soltó la mano de su esposa.

Valeria dejó de respirar.

Durante toda su vida había imaginado que su padre falló al intentar rescatar a Elena.

No.

Había tomado una decisión.

Después del impacto, Tomás cayó de rodillas.

—Has prometido que vivirá.

—Si termina el sistema.

La grabación mostró a los hombres de Inés recogiendo a Elena.

Tomás permaneció en la terraza, llorando, mientras su esposa era llevada.

Valeria apagó la pantalla.

—Mi padre eligió salvarme.

—Sí —dijo Inés.

—Y después permitió que mantuvieras a mi madre encerrada.

—Cada mes pedía verla.

—No es lo mismo que liberarla.

—No.

Inés parecía extrañamente tranquila.

—¿Por qué me muestras esto?

—Porque quiero que comprendas a Adrián.

—No son iguales.

—Ambos eligieron a una hija.

—Adrián también eligió el imperio.

—Al principio.

Valeria sintió rabia.

—No tienes derecho a defenderlo.

—Es mi hijo.

—Lo utilizaste con una bomba.

—Sabía que sobreviviría.

—No puedes controlar cada resultado.

—He controlado suficientes.

Valeria transfirió una cantidad mínima para ganar tiempo.

—¿Dónde está el archivo original?

Inés levantó la caja.

—Aquí.

—Entrégala.

—Existe una última grabación.

—¿Cuál?

—La noche en que Tomás murió.

El certificado afirmaba que el cáncer terminó con su vida.

Inés mostró otro vídeo.

Tomás estaba dentro de una habitación de hospital. Parecía débil.

—No puedo continuar —decía—. Valeria está empezando a hacer preguntas.

—Entonces morirá como su madre —respondía Inés.

Tomás tomó un vaso.

—He copiado Orfeo. Si tocas a mi hija, los archivos saldrán.

Inés sonrió.

—¿Dónde?

Antes de responder, Tomás comenzó a convulsionar.

Un médico entró.

Le había administrado una sustancia mediante la vía intravenosa.

El doctor Beltrán.

La muerte de Tomás no fue consecuencia natural de la enfermedad.

Inés lo asesinó cuando intentó proteger a Valeria por primera vez sin obedecer.

—¿Crees que eso lo convierte en héroe? —preguntó Inés.

Valeria negó.

—No. Llegó demasiado tarde.

—Pero llegó.

—Y tú lo mataste.

La policía recibió la señal.

Inés levantó la pistola.

Esteban apareció detrás de una pared y se lanzó sobre ella.

El arma se disparó.

La bala alcanzó su abdomen.

Valeria recogió la caja mientras Camila y los agentes entraban.

Inés corrió hacia la parte superior del faro.

Valeria la siguió.

Llegaron a una plataforma exterior sobre el acantilado.

Otra balaustrada.

Otro mar.

Inés sostuvo el arma con manos temblorosas.

—Todo comenzó aquí —dijo—. Elena, Tomás y ahora tú.

—Se acabó.

—No mientras yo pueda decidir cómo termina.

Retrocedió hasta el borde.

—¿Quieres que salte?

Valeria no se acercó.

—Quiero que vivas lo suficiente para escuchar a cada persona que encerraste.

—La prisión no tendrá nada de mí.

Inés dio otro paso.

La piedra se desprendió bajo su pie.

Cayó hacia fuera.

Valeria se lanzó y atrapó su muñeca.

Durante un instante se repitió la imagen de Elena colgando de la mano de Tomás.

Inés miró hacia arriba.

—Suéltame.

Valeria apretó con ambas manos.

—No soy mi padre.

Los agentes ayudaron a subirla.

Inés quedó esposada sobre el suelo.

Valeria había salvado a la mujer que intentó matarla.

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No por perdón.

Porque ninguna Varela volvería a decidir que una caída podía sustituir a un juicio.

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