peak
La Mujer del Acantilado / Chapter 5 / 10

Capítulo 5 - La hija que heredó el miedo

Valeria quiso regresar.

Elena la sujetó con una fuerza inesperada.

—Si vuelves ahora, Inés tendrá a las dos.

—Emilia está allí.

—Adrián eligió ir.

—Es una niña.

—Y tú no puedes salvarla si te capturan antes de llegar.

El ascensor se abrió en el patio principal.

La ceremonia se había convertido en caos. Pacientes desorientados aparecían entre periodistas y donantes. Algunas personas pedían ayuda. Otras gritaban que habían sido retenidas contra su voluntad.

Las cámaras continuaban transmitiendo.

Inés intentaba controlar la situación desde el escenario.

—Se trata de un simulacro médico —afirmó.

Valeria se quitó la mascarilla.

Un periodista la reconoció.

—¿Valeria Montes?

Las cámaras giraron.

El silencio se extendió por el patio.

Inés palideció.

La mujer cuyo funeral se celebró tres días antes caminaba hacia ella con una pierna inmovilizada y cicatrices visibles sobre el cuello.

—Estoy viva —dijo Valeria.

Los periodistas comenzaron a gritar preguntas.

Valeria señaló a los pacientes.

—Ellos también.

Elena apareció detrás de ella.

Varias cámaras captaron el momento.

—Mi madre fue declarada muerta hace veintidós años —continuó Valeria—. La familia Varela la mantuvo en esta institución después de que descubriera Proyecto Orfeo.

Inés bajó del escenario.

—Esta mujer necesita atención médica. Sufrió una caída grave y está desorientada.

—Ya utilizaste esa historia.

Valeria mostró la memoria auténtica.

—Aquí están los nombres de las personas cuyas propiedades robasteis.

Inés hizo una señal a seguridad.

Antes de que los guardias llegaran, Esteban apareció con dos agentes nacionales. Camila venía detrás.

Habían conseguido escapar del vehículo en el que los hombres de Inés intentaron retenerlos.

—La instalación queda bajo investigación —anunció uno de los agentes.

—No tienen jurisdicción —respondió Inés.

—La tenemos desde que varias víctimas solicitaron ayuda ante cámaras nacionales.

Los guardias dudaron.

Nadie quería aparecer golpeando a pacientes en directo.

Se escuchó un disparo dentro del edificio.

Después otro.

Adrián salió por la puerta lateral.

Llevaba sangre sobre la camisa.

Emilia caminaba detrás de él.

Valeria corrió hacia ellos.

—¿Estás herido?

—No es mía.

—¿De quién?

Adrián miró hacia el edificio.

—Del doctor Beltrán.

El médico intentó impedir la salida y disparó contra Adrián. Emilia golpeó su brazo con una lámpara. La bala alcanzó a un guardia.

—¿Dónde está Lucía? —preguntó Valeria.

Emilia levantó la mirada.

—¿Mi mamá está viva?

Adrián quedó inmóvil.

No se lo había contado.

Valeria se arrodilló frente a la niña.

—Eso creemos.

—Abuela dijo que murió porque estaba enferma.

Inés intentó acercarse.

Emilia retrocedió.

Por primera vez miraba a su abuela con miedo consciente, no con la obediencia aprendida.

—¿Me mentiste?

—Todo lo hice para protegerte.

La niña tomó la mano de Valeria.

—No quiero que me protejas.

Las palabras afectaron a Inés más que cualquier acusación.

Adrián miró a su madre.

—¿Dónde está Lucía?

—No es el momento.

—¿Dónde?

—En una propiedad segura.

—Nombre.

Inés guardó silencio.

Adrián tomó el teléfono de Valeria.

—Entregaré al fiscal todas las cuentas personales, grabaciones y correos que conservo.

—No tienes acceso completo.

—Tengo suficiente para enviarte a prisión.

—También te condenarás.

—Sí.

Inés lo observó como si no reconociera a su hijo.

Durante toda su vida, Adrián evitó cualquier decisión que pudiera costarle el apellido, la empresa o el amor de su madre.

Ahora estaba dispuesto a perderlos.

—Lucía está en la residencia Mirador Azul —dijo Inés.

Camila buscó la ubicación.

—Está a cuarenta minutos.

Los agentes organizaron el traslado.

Inés no fue detenida inmediatamente. Sus abogados habían preparado barreras legales y la propiedad de Santa Leonor estaba registrada bajo una fundación independiente.

Pero su control se había roto.

Los pacientes hablaban.

Los periodistas transmitían.

Elena estaba viva.

Valeria también.

En el vehículo, Emilia se sentó entre Adrián y Valeria.

—¿Tú eres la esposa de mi papá?

Valeria respondió:

—Sí.

—¿Estás enfadada porque existo?

—No.

—Abuela dijo que me escondían porque tú no querías hijos.

Adrián cerró los ojos.

Otra mentira diseñada para enfrentar a dos mujeres que no se conocían.

—Nunca supe que existías —dijo Valeria.

—¿Entonces estás enfadada con papá?

—Sí.

La niña pareció sorprendida por la sinceridad.

—¿Todavía lo quieres?

Valeria miró a Adrián.

—Querer a alguien no elimina lo que hizo.

—¿Vais a divorciaros?

—Eso lo decidiré cuando no haya personas intentando matarnos.

Emilia asintió como si la respuesta fuera razonable.

Adrián no intentó intervenir.

La residencia Mirador Azul era una casa frente al mar.

Encontraron a Lucía en una habitación del segundo piso. Estaba delgada, pero consciente. Al ver a Emilia, cayó de rodillas.

La niña permaneció inmóvil.

No recordaba a su madre.

Lucía no intentó abrazarla.

—Me llamo Lucía —dijo—. Te sostuve cuando naciste.

Emilia miró a Adrián.

—¿Es verdad?

—Sí.

—¿Por qué no vino a buscarme?

Lucía comenzó a llorar.

—Lo intenté.

—¿Y tú? —preguntó la niña a su padre.

Adrián no pudo protegerse con una mentira.

—No busqué lo suficiente.

Emilia se acercó lentamente a Lucía.

Permitió que la mujer tocara su mano.

No era una reunión perfecta.

Era el comienzo de una relación que tendría que construirse sin exigir amor inmediato.

Valeria observó a Adrián.

Él había escondido a Emilia antes de conocerla. Había aceptado el certificado de muerte de Lucía. Después permitió que Inés utilizara a la niña para controlar su silencio.

Sin embargo, también había abierto las puertas de Santa Leonor y arriesgado su vida para rescatarla.

Una acción correcta no borraba años de cobardía.

Pero demostraba que la cobardía no tenía por qué ser permanente.

Esa noche, Elena entregó a Valeria una hoja doblada.

—¿Qué es?

—La ubicación de la cámara principal de Orfeo.

—Bajo Villa Varela.

—Sí.

—¿Por qué no se lo dijiste a Inés?

—Porque dentro no están únicamente las pruebas contra ella.

Elena miró a Adrián.

—También hay una grabación de la noche en que caí.

—¿Quién te empujó?

Elena respondió:

—Tu padre.

Valeria sintió que la habitación desaparecía a su alrededor.

Su padre, Tomás Montes, había pasado cuatro años asegurando que la familia Varela asesinó a Elena.

Después murió dejando a su hija con aquella versión.

May you like

—¿Por qué?

—Porque trabajaba para Orfeo.

Related Stories

Other posts