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La Mujer del Acantilado / Chapter 4 / 10

Capítulo 4 - La muerta entró por la puerta principal

El Centro Santa Leonor estaba construido alrededor de un convento restaurado.

Desde fuera parecía un hotel de lujo. Había jardines, fuentes y habitaciones con balcones. La página web hablaba de descanso, salud mental y atención personalizada.

Ninguna fotografía mostraba las puertas sin manillas interiores.

Valeria llegó oculta dentro de una ambulancia de la organización de Camila. Llevaba uniforme médico, mascarilla y una prótesis temporal para caminar.

El plan era sencillo.

Entraría durante la ceremonia, localizaría el ala SL-04 y copiaría el registro de pacientes. No intentaría rescatar a Elena sin apoyo.

—Lo repito —dijo Camila—: solo información.

—Lo entiendo.

—No confío en esa respuesta.

—Entonces ya sabes cómo me siento respecto a Adrián.

Esteban esperaba fuera con el vehículo.

La ceremonia comenzó en el patio central.

Inés pronunció un discurso frente a las cámaras.

—Valeria dedicó su vida a descubrir la verdad —dijo—. Por eso este nuevo programa ayudará a mujeres que sufren crisis emocionales a recuperar la estabilidad.

Valeria observaba desde un corredor.

Su suegra utilizaba su nombre para financiar la misma institución donde mantenía prisionera a Elena.

Adrián estaba junto al escenario.

Emilia no aparecía.

Valeria siguió a una enfermera hasta el ascensor restringido. Utilizó una tarjeta clonada y descendió al nivel cuatro.

El corredor no tenía ventanas.

Las habitaciones estaban numeradas.

Encontró la 417.

Elena Montes estaba sentada junto a una mesa, doblando hojas de papel.

Su cabello era blanco. Su cuerpo parecía frágil, pero los movimientos de sus manos continuaban siendo precisos.

Valeria abrió la puerta.

—Mamá.

Elena no reaccionó.

—Soy Valeria.

La mujer continuó doblando el papel.

Valeria se arrodilló frente a ella.

—Tenía ocho años cuando te fuiste. Llevabas una chaqueta azul y prometiste traerme un libro sobre estrellas.

Elena levantó lentamente la mirada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No debías venir.

Valeria la abrazó.

Durante unos segundos volvió a ser una niña esperando junto a una ventana.

Después notó que su madre no correspondía completamente al abrazo.

Elena estaba mirando la cámara de la esquina.

—Nos escuchan —susurró.

—Voy a sacarte.

—Todavía no.

—He esperado veintidós años.

—Entonces puedes esperar veinte minutos más.

Elena señaló las hojas dobladas.

Cada una contenía números escritos en los pliegues. Eran registros de medicamentos y traslados de pacientes.

—He reconstruido Orfeo desde dentro.

—Tengo una copia.

—Tienes lo que Inés quería que encontraras.

Valeria quedó inmóvil.

—Los archivos de la fundación son una capa. Orfeo real no roba únicamente propiedades.

—¿Qué hace?

—Compra decisiones.

Elena explicó que jueces, periodistas, médicos y empresarios eran encerrados temporalmente, drogados y grabados mientras estaban desorientados. Después, Inés utilizaba las imágenes y los diagnósticos para controlarlos.

Algunos aceptaban colaborar para recuperar su libertad.

—El consejo no está unido por dinero —dijo Elena—. Está unido por miedo.

—¿Dónde guardan las grabaciones?

—En una cámara bajo Villa Varela.

—Entonces debemos regresar a la mansión.

—Primero debes sacar a Emilia.

—¿Dónde está?

—Ala once.

—¿Y Lucía?

Elena bajó la mirada.

—Vive.

Adrián creyó durante años que la madre de su hija estaba muerta.

Inés había falsificado el certificado para impedir que reclamara la custodia.

—¿Por qué Adrián no la buscó?

—Porque aceptó la primera respuesta que le permitía continuar con su vida.

Valeria reconoció el patrón.

Su esposo no necesitaba ordenar cada delito. Le bastaba con no hacer preguntas cuando la respuesta podía exigirle sacrificios.

Una alarma sonó.

La puerta se cerró automáticamente.

Inés apareció en la pantalla de la habitación.

—Sabía que una mujer como tú no resistiría la oportunidad de regresar de entre los muertos.

Valeria miró hacia la cámara.

—¿Sabías que sobreviví?

—Adrián dejó que su culpa guiara a mis hombres hasta Esteban.

—¿Dónde están Camila y él?

—A salvo, mientras cooperes.

Elena tomó la mano de su hija.

—No le entregues la memoria.

Inés sonrió desde la pantalla.

—No necesito esa copia. Necesito la contraseña que Elena nunca quiso darme.

—¿Qué contraseña?

—La que abre la cámara de Villa Varela.

Elena había programado el sistema con el padre de Valeria antes de ser capturada.

Inés necesitaba dos claves: una de Elena y otra de su hija.

—Por eso me permitiste encontrar Orfeo —dijo Valeria—. Querías que buscara a mi madre.

—Tu curiosidad siempre fue más útil que cualquier amenaza.

La puerta se abrió.

Adrián entró.

Llevaba una pistola.

Valeria lo miró.

—¿Has venido a rescatarme o a terminar la caída?

—Mi madre tiene a Emilia.

—Tu hija no es la única persona encerrada aquí.

—Lo sé.

—¿Ahora?

—No sabía que Lucía estaba viva.

—Siempre descubres la verdad después de que otra mujer paga el precio.

Adrián dejó el arma sobre el suelo y levantó las manos.

—He desactivado las cerraduras durante noventa segundos.

—¿Por qué debo confiar?

—No debes. Solo sal.

Elena abrió la puerta.

Las alarmas cambiaron.

Las habitaciones del nivel cuatro comenzaron a desbloquearse.

Decenas de pacientes salieron al corredor.

Algunos apenas podían caminar. Otros no comprendían dónde estaban.

Adrián tomó el arma.

—La salida norte está libre.

—¿Y Emilia?

—Voy por ella.

Valeria agarró su brazo.

—Vamos juntos.

—No puedes proteger a tu madre, liberar pacientes y rescatar a Emilia al mismo tiempo.

—Tú tampoco.

—Por una vez, déjame pagar yo.

Adrián corrió hacia el ala once.

Valeria ayudó a Elena a llegar al ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, escucharon disparos.

Uno.

Dos.

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Después la voz de una niña gritando:

—¡Papá!

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