Capítulo 1 - La caída que debía parecer un suicidio

La sangre había comenzado a secarse sobre el hombro desnudo de Valeria Montes cuando llegó a la terraza principal de Villa Varela.
Detrás de ella, la música de la fiesta continuaba sonando.
Ciento cincuenta invitados bebían champán bajo lámparas de cristal, sin saber que la esposa del anfitrión acababa de escapar de dos guardias privados por un corredor de servicio. Las heridas de sus brazos procedían de las uñas, los golpes y las ramas que encontró al atravesar el jardín.
Valeria llevaba un vestido verde esmeralda. Una de las tiras estaba rota y su cabello, cuidadosamente recogido unas horas antes, caía ahora sobre su rostro.
Frente a ella se encontraba Adrián Varela.
Su esposo llevaba una chaqueta blanca sobre una camisa negra. A la luz del atardecer parecía exactamente el hombre que aparecía en las revistas: joven, elegante y preparado para heredar uno de los imperios hoteleros más importantes de la costa mediterránea.
Pero sus ojos ya no pertenecían al hombre del que Valeria se había enamorado.
—Entrégame la memoria —dijo.
Valeria retrocedió hasta sentir la balaustrada de piedra contra la espalda.
Más allá de la terraza, el acantilado descendía casi cuarenta metros hasta una extensión de rocas negras golpeadas por el mar.
—Tus hombres intentaron matarme.
—Solo tenían que recuperar los archivos.
—Uno de ellos me puso una bolsa sobre la cabeza.
—Se excedió.
Valeria soltó una risa amarga.
—Siempre encuentras una palabra limpia para algo monstruoso.
Adrián miró hacia las puertas de cristal. No quería que ningún invitado saliera y los viera.
—No comprendes lo que has encontrado.
—Comprendo perfectamente. Proyecto Orfeo no es una empresa de inversiones. Es una red para robar propiedades a personas declaradas incapaces.
El rostro de Adrián se endureció.
Durante los últimos cinco años, la Fundación Varela había financiado clínicas psiquiátricas, residencias para ancianos y programas de asistencia legal. Valeria creyó que aquel trabajo era la parte más noble de la familia con la que se había casado.
Hasta que encontró los contratos.
Personas mayores eran diagnosticadas como incapaces por médicos vinculados a la fundación. Después, abogados de Proyecto Orfeo obtenían la tutela de sus bienes. Casas frente al mar, hoteles familiares y terrenos agrícolas terminaban en manos de sociedades controladas por Varela Global.
Quienes se oponían desaparecían dentro de instituciones privadas.
Algunos nunca volvían a salir.
—El consejo puede explicarlo —dijo Adrián.
—El consejo autorizó los pagos.
—No todos conocían el método.
—Tú sí.
Adrián guardó silencio.
Valeria había deseado que negara la acusación.
La ausencia de una mentira fue peor.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Antes de conocerte.
—Entonces nuestro matrimonio también formaba parte del proyecto.
—No.
—Mi madre investigaba a vuestra familia cuando murió.
—Eso no tiene relación.
—Murió al caer desde este mismo acantilado.
Adrián la miró.
—Fue un accidente.
—Eso decía el informe firmado por el doctor Beltrán, el mismo médico que declara incapaces a las víctimas de Orfeo.
El viento movió el vestido de Valeria.
Recordó la última conversación con su madre, Elena Montes, veintidós años antes. Valeria tenía ocho años. Elena le prometió regresar después de una reunión en Villa Varela.
Nunca regresó.
Encontraron su cuerpo entre las rocas al amanecer.
La familia Varela aseguró que había bebido demasiado y cayó desde una terraza.
—Mi madre encontró los mismos archivos —dijo Valeria—. Por eso la matasteis.
—Yo tenía doce años.
—Pero tu madre dirigía la fundación.
Inés Varela continuaba dentro del salón, sonriendo junto a ministros, empresarios y jueces. A sus sesenta y cinco años conservaba el control real de la familia.
Adrián se acercó.
—Dame la memoria y podremos salir de aquí.
—¿Salir juntos?
—Tengo dinero fuera de las cuentas familiares.
—Podías haberme contado la verdad antes de enviar a tus hombres.
—Mi madre estaba observándonos.
—Tu madre siempre está observando. Esa es la excusa que utilizas para no tomar ninguna decisión.
Adrián extendió la mano.
—Valeria, por favor.
—¿Qué ocurrirá si te entrego los archivos?
—Los destruiré.
—¿Y las personas encerradas?
—Podemos ayudarlas después.
—Siempre después.
Valeria sacó del escote una pequeña memoria negra.
Los ojos de Adrián siguieron el objeto.
—Aquí está el Libro Orfeo —dijo—. Nombres, cuentas, médicos, jueces y propiedades.
—Dámelo.
—También contiene una grabación de esta conversación.
Adrián quedó inmóvil.
Valeria mostró un pequeño micrófono sujeto dentro del vestido.
—Todo lo que has dicho está siendo enviado.
Él miró hacia la mansión.
—¿A quién?
—A una persona que tu madre no controla.
Adrián se lanzó hacia ella.
Valeria apartó la mano y la memoria cayó sobre el suelo.
Ambos intentaron alcanzarla.
Adrián tomó primero la muñeca de su esposa. La empujó contra la balaustrada, no para arrojarla, sino para inmovilizarla.
Valeria sintió la piedra clavarse en su espalda.
—Suéltame.
—Detén el envío.
—No.
—¡Valeria!
—¿Cuántas personas gritaban así cuando tus médicos las encerraban?
Adrián apretó su brazo.
—No sabes lo que mi madre hará.
—Sí lo sé. Lo mismo que hizo con la mía.
Una voz llegó desde el interior.
—Adrián.
Inés Varela estaba junto a las puertas.
No parecía sorprendida al ver a su nuera herida.
—Termina esto —ordenó.
Valeria miró a su esposo.
—Ahora puedes elegir.
Adrián no se movió.
—Suéltame y deja que la policía reciba los archivos.
Inés avanzó un paso.
—Si esa información sale, miles de empleados perderán su trabajo. Bancos, hoteles y hospitales caerán. Tu padre será recordado como un criminal.
—Mi padre era un criminal —respondió Adrián.
Inés quedó inmóvil.
Valeria creyó que, finalmente, él había elegido.
Adrián aflojó la mano.
Entonces Inés dijo:
—También perderás a tu hija.
Valeria miró a su marido.
—¿Qué hija?
Adrián palideció.
Durante una fracción de segundo, la atención de Valeria se apartó del borde.
Inés empujó la memoria con el pie.
Adrián intentó atraparla.
Su hombro golpeó accidentalmente a Valeria.
La piedra desapareció detrás de su espalda.
Valeria cayó.
Durante dos segundos solo vio el cielo naranja.
Después, el cuerpo de su esposo inclinado sobre la balaustrada.
Adrián gritaba su nombre, una mano sobre el pecho y la otra extendida hacia un espacio que ya no podía alcanzar.
Valeria golpeó una roca.
El dolor atravesó su espalda y el aire salió de sus pulmones.
Rodó por una pendiente estrecha hasta quedar inmóvil sobre una plataforma natural situada varios metros por encima del mar.
La sangre comenzó a extenderse bajo su cuello.
Desde la terraza, Adrián no podía verla.
Inés se acercó al borde.
—¿Está muerta?
Adrián respiraba con dificultad.
—No lo sé.
—Entonces baja y compruébalo.
—Llama a una ambulancia.
Inés agarró el rostro de su hijo.
—Escúchame. Ciento cincuenta personas estaban dentro. Diremos que Valeria estaba alterada, que discutió contigo y saltó.
—Yo la empujé.
—Fue un accidente.
—Mamá…
—¿Quieres que tu hija crezca visitando a su padre en prisión?
Adrián cerró los ojos.
La hija secreta.
La niña cuya existencia Valeria acababa de descubrir un segundo antes de caer.
Inés recogió la memoria.
—Entra. Necesitamos testigos que recuerden que Valeria bebió demasiado.
Adrián miró una última vez hacia el acantilado.
Después obedeció.
Sobre las rocas, Valeria abrió los ojos.
No podía mover la pierna izquierda. Cada respiración parecía cortar su pecho desde dentro.
Pero estaba viva.
Y había escuchado suficientes palabras para comprender algo peor que la caída.
Su esposo tenía una hija oculta.
Inés poseía la memoria.
Y en unos minutos, toda la mansión comenzaría a construir la historia de una mujer inestable que decidió saltar.
Valeria deslizó la mano bajo su vestido.
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El objeto que Inés había recogido era una copia vacía.
La memoria auténtica continuaba cosida dentro del dobladillo.