Capítulo 3 - El funeral sin cadáver

Tres días después, Adrián organizó un funeral.
No había cuerpo.
La familia aseguró que el mar probablemente había arrastrado a Valeria hacia una zona profunda. A pesar de ello, Inés insistió en realizar una ceremonia privada en la capilla de Villa Varela.
Las cámaras de televisión grabaron a Adrián colocando una fotografía de su esposa junto a un ataúd vacío.
Vestía de negro.
Parecía agotado y roto.
—Era la mujer más valiente que he conocido —declaró—. Desearía haber comprendido cuánto sufría.
Valeria observaba la transmisión desde la casa de Esteban.
La pierna estaba inmovilizada. Camila había cerrado la herida del cuello y controlaba su respiración cada pocas horas.
—Está utilizando tu valentía como prueba de inestabilidad —dijo Esteban.
—Necesita que la muerte parezca voluntaria.
—¿Cuándo aparecerás?
—Cuando no puedan volver a esconderme.
Camila entró con un informe.
Había analizado la sangre seca encontrada en el vestido. Además de la sangre de Valeria, detectó restos de un sedante.
—No recuerdo haber recibido una inyección.
—Pudo estar dentro del champán.
Durante la fiesta, Valeria tomó apenas media copa. Poco después comenzó a sentirse mareada y fue al baño. Allí aparecieron los guardias.
—Querían que pareciera desorientada antes de la caída.
—Sí.
—Adrián bebió de la misma botella.
—Pero no de tu copa.
Valeria recordó que Inés le entregó personalmente el champán.
Todo estaba preparado.
Incluso si no obtenían la memoria, podían provocar una caída y presentar testigos que describieran a una mujer alterada.
—Necesitamos la grabación de la terraza —dijo Esteban.
—Las cámaras fueron desconectadas.
—No todas.
Esteban explicó que los barcos de la zona utilizaban cámaras meteorológicas para observar el estado del mar. Una de ellas apuntaba parcialmente hacia Villa Varela.
La grabación mostraba dos figuras en la terraza.
No tenía suficiente calidad para identificar rostros, pero captó el momento de la caída.
También mostraba a Inés acercándose al borde y, después, regresando al interior sin pedir ayuda.
Adrián permaneció allí durante veintisiete segundos antes de seguirla.
—Veintisiete segundos —dijo Valeria—. Después de verme caer, tardó veintisiete segundos en decidir que era mejor obedecer.
—Pudo estar en estado de shock.
—Pudo llamar a emergencias.
Camila examinó la imagen.
—La memoria que llevaba Inés podría ser suficiente para acusarte de robo de datos.
—Si creen que estoy muerta, intentarán abrirla.
—Y descubrirán que está vacía.
—Entonces sabrán que existe otra copia.
Como si hubiera escuchado la conversación, el teléfono seguro de Valeria recibió un mensaje.
SÉ QUE ESTÁS VIVA.
No había número.
Después apareció una fotografía de Emilia saliendo de una escuela privada.
SI QUIERES CONOCER A LA HIJA DE ADRIÁN, VEN SOLA.
Esteban negó.
—Es una trampa.
—Claro que lo es.
—No puedes caminar sin ayuda.
—No pienso ir.
Valeria respondió:
PRIMERO QUIERO HABLAR CON ELLA.
Recibió una videollamada.
Emilia apareció dentro de una habitación blanca. No parecía retenida. Llevaba uniforme escolar y observaba la cámara con curiosidad.
—¿Valeria? —preguntó.
—Sí.
—Mi abuela dijo que estabas muerta.
—Tu abuela miente con frecuencia.
La niña miró hacia alguien fuera de la pantalla.
—Papá dice que no debo hablar contigo.
La cámara giró.
Adrián estaba en la habitación.
Valeria sintió una mezcla de rabia y alivio al verlo.
—Sabías que sobreviví.
—Encontré sangre en una plataforma bajo la terraza. Cuando regresé con ayuda, ya no estabas.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Mi madre vigila todas las comunicaciones.
—Estás hablando ahora.
—Porque necesito recuperar a Emilia.
—Está contigo.
—No. Esta llamada se realiza desde una clínica. Mi madre controla las puertas.
Emilia no parecía asustada porque probablemente había vivido allí durante años.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Valeria.
—La memoria auténtica.
—La primera vez te negaste a perder la compañía. Ahora utilizas a tu hija.
—Orfeo contiene información capaz de liberar a Emilia.
—También a cientos de personas.
—No tenemos tiempo para todas.
Valeria cerró los ojos.
Adrián continuaba pensando como un Varela. Su dolor solo adquiría importancia cuando afectaba a alguien suyo.
—¿Dónde está mi madre?
—En la misma institución.
—¿Nombre?
—Santa Lucía.
—¿Dirección?
—Te la daré cuando entregues la memoria.
—Entonces no tenemos nada más que hablar.
—Valeria, espera.
—Tu hija te está escuchando.
Ella miró a Emilia.
—Pregúntale a tu padre por qué permitió que declararan loca a tu madre.
Adrián terminó la llamada.
Camila miró a Valeria.
—Eso fue cruel.
—Fue verdad.
—Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.
Valeria lo sabía.
No quería utilizar a una niña para castigar a Adrián.
Sin embargo, la urgencia y la rabia comenzaban a convertirla en alguien que reaccionaba antes de pensar.
—Necesito encontrar Santa Lucía —dijo.
Esteban buscó entre los expedientes de Orfeo.
No aparecía ninguna institución con ese nombre.
Camila observó los códigos médicos.
—Puede ser una designación interna.
En el expediente de Elena figuraba:
SL-04.
En el de Lucía Salvatierra:
SL-11.
Camila rastreó pagos de la Fundación Varela y encontró una residencia registrada como Centro de Rehabilitación Santa Leonor.
SL.
Estaba situada a dos horas, en una antigua propiedad religiosa.
—Santa Lucía no es un nombre —dijo—. Es el ala cuatro.
Valeria cerró el ordenador.
—Mi madre está allí.
—No puedes entrar caminando —respondió Esteban.
—Entonces no entraré como visitante.
Durante el funeral, Inés había anunciado la creación de un programa médico en memoria de Valeria. El evento de inauguración se realizaría precisamente en Santa Leonor.
La familia Varela llevaría periodistas, médicos y miembros del consejo.
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Valeria sonrió.
Su supuesto funeral acababa de ofrecerle la entrada perfecta a la prisión donde mantenían viva a su madre.