Capítulo 2 - La mujer entre las rocas

Valeria permaneció casi una hora sobre la plataforma.
La marea subía.
Cada ola golpeaba las rocas unos metros por debajo, enviando agua fría hasta su vestido. Intentó mover la pierna, pero el dolor la obligó a detenerse.
Sobre la terraza comenzaron a aparecer luces.
Escuchó voces, sirenas y el sonido de un helicóptero. Sin embargo, los equipos de rescate buscaban principalmente en el agua.
Adrián había declarado que Valeria cayó directamente al mar.
Nadie miraba hacia la plataforma oculta bajo la cornisa.
Valeria intentó gritar.
Solo consiguió producir un gemido.
La sangre de su cuello había disminuido, pero sentía un sabor metálico en la boca. Podía tener una costilla fracturada.
El teléfono continuaba dentro de un bolsillo oculto. La pantalla estaba rota, aunque todavía encendía.
No había señal.
Valeria abrió la aplicación que había preparado antes de la fiesta. El envío de los archivos aparecía detenido en el sesenta y tres por ciento.
La conexión de la mansión había sido cortada.
Sin completar la transferencia, su única prueba seguía en la memoria cosida al vestido.
Escuchó un motor pequeño acercándose desde el mar.
No pertenecía a los guardacostas. Era una barca de pesca vieja con una lámpara amarilla.
El hombre que la conducía iluminó las rocas.
—¡Aquí! —intentó gritar Valeria.
La luz pasó sobre ella.
Después regresó.
La barca se acercó con dificultad. El hombre amarró una cuerda y trepó hasta la plataforma.
Tenía unos sesenta años, barba gris y manos marcadas por el trabajo.
—Dios mío.
Se arrodilló junto a ella.
—No llame a la policía —susurró Valeria.
—Necesitas un hospital.
—La policía trabaja para los Varela.
El hombre observó la mansión.
—¿Has caído desde allí?
—Me empujaron.
La expresión del pescador cambió.
—¿Cómo te llamas?
—Valeria Montes.
El hombre dejó de respirar.
—¿Hija de Elena?
Valeria abrió los ojos.
—¿Conoció a mi madre?
—Me llamo Esteban Rojas.
El nombre despertó un recuerdo.
Su madre hablaba de un joven guardacostas llamado Esteban que la ayudaba a investigar movimientos nocturnos de barcos pertenecientes a Varela Global.
—Usted encontró su cuerpo.
—No.
Esteban miró hacia la mansión.
—Encontré su abrigo.
—La policía dijo que usted identificó el cadáver.
—La policía mintió.
Valeria intentó incorporarse.
El dolor la hizo gritar.
—No te muevas.
—¿Mi madre no murió?
—No lo sé.
Esteban utilizó una cuerda para bajar a Valeria hasta la barca. Cada movimiento parecía romper algo dentro de ella.
Cuando finalmente quedó cubierta por una manta, perdió el conocimiento.
Despertó en una habitación pequeña.
Olía a madera, alcohol médico y café.
Una mujer de cabello oscuro examinaba su pierna.
—Tienes una fractura, pero parece estable —dijo—. También dos costillas dañadas y una herida profunda en el cuello.
—¿Quién es usted?
—Doctora Camila Torres.
Valeria intentó apartarse.
—Trabajo fuera del sistema Varela —añadió Camila—. Esteban me llama cuando alguien necesita ayuda sin preguntas oficiales.
Esteban estaba junto a la ventana.
—Los equipos de rescate han suspendido la búsqueda.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Siete horas.
—¿Ya me consideran muerta?
—Adrián dio una declaración.
Esteban encendió el televisor.
Adrián aparecía frente a Villa Varela. Tenía los ojos rojos y la chaqueta blanca manchada con algo que parecía sangre.
—Mi esposa estaba bajo una enorme presión —decía—. Durante los últimos meses sufrió episodios de ansiedad. Intenté ayudarla, pero se alejó de mí y cayó antes de que pudiera alcanzarla.
Un periodista preguntó si Valeria había saltado.
Adrián cerró los ojos.
—No puedo responder.
Inés colocó una mano sobre su hombro.
Parecían una madre consolando a un hijo destruido.
Valeria sintió náuseas.
—Está preparando la versión del suicidio.
Camila apagó el televisor.
—Debemos informar a alguien de que estás viva.
—Todavía no.
—Tus heridas pueden complicarse.
—¿Puede tratarlas aquí?
—Sí, pero no sustituye a un hospital.
Valeria sacó la memoria del vestido.
—Si saben que sobreviví, vendrán antes de que pueda copiar esto.
Esteban observó el objeto.
—Elena tenía uno parecido.
—¿Qué ocurrió la noche en que cayó?
Esteban se sentó.
Veintidós años antes, Elena lo llamó desde la mansión. Había descubierto que Proyecto Orfeo utilizaba barcos turísticos para trasladar personas sedadas entre clínicas privadas.
Esteban debía esperarla bajo el acantilado.
—Vi caer algo —dijo—. Pensé que era Elena. Encontré su abrigo y sangre sobre una roca, pero ningún cuerpo.
—¿Qué declaró?
—Que no había visto la caída.
—Sin embargo, el informe dice que confirmó su muerte.
—Un policía modificó mi declaración. Después me acusaron de contrabando y perdí mi puesto.
—¿Por qué nunca me buscó?
Esteban bajó la mirada.
—Tu padre me pidió que me mantuviera lejos. Dijo que los Varela vigilaban a todos los relacionados con Elena.
—Mi padre murió cuatro años después.
—Lo sé.
—Entonces tuvo dieciocho años.
—Sí.
Valeria sostuvo su mirada.
—El miedo no es una excusa eterna.
Esteban aceptó el reproche.
—No.
Camila conectó la memoria a un ordenador aislado.
Los archivos estaban cifrados.
Valeria introdujo la contraseña.
Aparecieron cuentas, fotografías y expedientes médicos. También había una carpeta que ella no recordaba haber copiado.
SUJETO E-17.
Dentro aparecía la fotografía de una niña de aproximadamente ocho años.
Cabello oscuro. Ojos grises.
Nombre: Emilia Salvatierra.
Padre biológico: Adrián Varela.
Madre biológica: Lucía Salvatierra.
Estado legal: fallecida.
Tutora autorizada: Inés Varela.
Valeria observó a la niña.
—Su hija.
La existencia de Emilia no era solamente una traición matrimonial. El expediente indicaba que Lucía fue declarada incapaz después del nacimiento y trasladada a una clínica de Proyecto Orfeo.
Murió seis meses después.
Adrián obtuvo la custodia, pero permitió que la niña viviera en una residencia privada bajo otro apellido.
—¿Por qué escondería a su propia hija? —preguntó Camila.
Valeria leyó una cláusula del fideicomiso familiar.
Cualquier descendiente de Adrián podía heredar acciones al cumplir diez años. Si la madre del menor demostraba capacidad legal, compartiría la administración.
Lucía había representado una amenaza.
Emilia representaba una llave.
—Inés espera utilizar a la niña para controlar la compañía —dijo Valeria.
—¿Adrián lo sabe?
—Sí. Utilizó su existencia para impedir que pidiera ayuda después de mi caída.
Valeria encontró otro archivo.
Una grabación mostraba a Elena Montes dentro de una habitación médica.
La fecha era de hacía nueve meses.
Su madre estaba viva.
Había envejecido, pero Valeria reconoció su rostro.
Elena miraba a la cámara.
—Valeria, si has encontrado esto, no vengas a buscarme. Proyecto Orfeo necesita que creas que puedes rescatarme. Esa es la manera en que consiguen una nueva víctima.
La grabación terminó.
Valeria sostuvo la memoria con manos temblorosas.
Su madre llevaba veintidós años viva.
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Su esposo lo sabía.
Y la caída desde el acantilado no había sido el primer intento de la familia Varela por destruir a una mujer de su familia.