peak

capítulo 10 - El hombre que no soportaba ser olvidado

El hospital fue cerrado siete minutos antes de que la ambulancia privada llegara.

La policía bloqueó las entradas principales. Los ascensores quedaron restringidos y el personal recibió instrucciones de verificar cada identificación.

Pero Harrison no intentó entrar por las puertas.

La ambulancia se detuvo junto al área de residuos médicos. Dos hombres con uniformes falsos abrieron una salida utilizada para transportar material contaminado.

Uno de ellos era Laura Kendall.

El otro llevaba una mascarilla, gorro quirúrgico y una tarjeta de acceso del hospital.

Las cámaras no podían identificar su rostro.

Sin embargo, Damian reconoció la forma en que caminaba.

Harrison no corría.

Nunca parecía tener prisa.

Actuaba como si cualquier edificio al que entrara ya le perteneciera.

Damian, Gabriel y Marcus esperaban cerca de la unidad de quemados.

Rachel Donovan coordinaba la operación desde seguridad. Elena permanecía en su habitación con Noah, rodeada por agentes y personal neonatal.

—No debemos acercarnos hasta que sepamos si lleva explosivos —dijo Marcus.

Damian observaba las cámaras.

—No va a volar el hospital.

—Ya incendió la torre.

—Porque quería destruir pruebas. Aquí quiere que Beatrice lo escuche.

Gabriel miró la pantalla.

—Quiere una última conversación.

—No —respondió Damian—. Quiere una última oportunidad para obligarla a elegirlo.

Beatrice estaba consciente, aunque sedada.

Tenía vendajes sobre parte del rostro y los brazos. Respiraba mediante una máscara de oxígeno y apenas podía mover una pierna debido a las fracturas.

Cuando Damian le explicó que Harrison se dirigía hacia ella, no mostró sorpresa.

—Sabía que vendría.

—¿Por qué?

—Porque ya no tiene ninguna otra cosa.

—Tiene dinero, documentos y rutas de escape.

Beatrice negó.

—Eso nunca fue lo que quería realmente.

Gabriel se acercó a la cama.

—¿Qué quería?

Ella lo miró.

El hijo que había perdido.

—Que yo admitiera que cometí un error al no elegirlo.

—¿Lo cometiste?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Cometí muchos errores. Elegir a Edward no fue uno de ellos.

Damian observó el monitor de seguridad portátil.

Harrison y Laura habían llegado al sexto piso.

—Necesitamos sacarte de aquí.

Beatrice negó.

—Si me trasladáis, buscará a Elena o a Noah.

—No voy a utilizarte como cebo.

—Ya me utilizó durante treinta años.

—Precisamente.

—Damian.

Su voz era débil, pero conservaba la autoridad de siempre.

—No puedes proteger a todos evitando que tomen decisiones.

La frase resultaba casi irónica viniendo de ella.

Beatrice lo sabía.

—Pasé mi vida haciendo eso —continuó—. Decidí por Edward, por ti, por Caroline y por Elena. Me convencí de que era protección porque tenía miedo de admitir que era control.

Miró a Gabriel.

—También decidí que permanecer lejos era más seguro para ti.

—No lo era.

—Lo sé.

—No necesito que mueras para demostrar que te arrepientes.

Beatrice comenzó a llorar.

—No sé hacer esto correctamente.

Gabriel tomó su mano vendada.

—Entonces deja de decidir sola.

Marcus informó que Harrison se encontraba a un corredor de distancia.

Los agentes prepararon posiciones.

Damian y Gabriel permanecieron dentro de la habitación, ocultos detrás de una separación.

Beatrice pidió que apagaran parte de las luces.

Harrison entró acompañado por Laura Kendall.

Llevaba una pistola pequeña y un dispositivo conectado a varios cables dentro de su chaqueta.

Marcus lo vio por la cámara.

—Parece un detonador.

Damian sintió que el cuerpo se tensaba.

Tal vez se había equivocado.

Harrison sí estaba dispuesto a destruir el hospital.

Laura cerró la puerta.

—Sal de detrás de la cortina, Damian —dijo Harrison—. Sé que estás aquí.

Damian apareció.

Gabriel permaneció oculto.

—¿Qué llevas puesto?

—Una garantía.

Harrison mostró el dispositivo.

—Cuatro cargas están colocadas en los conductos de oxígeno de esta planta.

—Si explotan, morirás también.

—No planeo salir.

Beatrice lo observó desde la cama.

—Siempre fuiste dramático cuando no conseguías lo que querías.

Harrison se acercó.

—Todavía puedes detenerlo.

—¿Cómo?

—Di la verdad.

—¿Qué verdad?

—Que Edward te fue impuesto. Que yo era el hombre que amabas.

Beatrice cerró los ojos.

—Te amé cuando éramos jóvenes.

Harrison dejó de moverse.

Damian miró a su madre.

Ella continuó:

—Te amé antes de conocer el tipo de hombre en el que podías convertirte.

—Edward te compró.

—Edward me trató como una persona capaz de elegir.

—Su familia negoció con tu padre.

—Sí. Y yo podía haberme negado.

—No lo hiciste.

—Porque elegí a Edward.

La mano de Harrison tembló alrededor del detonador.

—Mientes.

—No.

Beatrice respiró con dificultad.

—Te recordé durante años. Pero cada vez que aparecías, no veía al joven que amé. Veía al hombre que robó a mi hijo.

—Lo hice para protegerlo de Edward.

—Lo hiciste para castigarme.

—Julian habría sido nuestro hijo.

—No era tuyo.

Harrison se inclinó.

—Podía haberlo criado.

—No querías criarlo. Querías que yo supiera que lo tenías.

Gabriel salió de detrás de la separación.

—Y nunca lo tuviste.

Harrison se volvió.

—Tú no deberías estar aquí.

—Pasaste mi vida decidiendo dónde debía estar.

—Isabel te volvió débil.

—Isabel me enseñó que una familia no necesita sangre para ser real.

Gabriel avanzó.

—Edward era mi padre. Beatrice es mi madre. Damian es mi hermano. Pero Isabel fue la persona que se quedó conmigo cuando tú solo aparecías para utilizarme.

Harrison levantó la pistola.

—No pronuncies su nombre.

—La mataste.

—Fue un accidente.

—Como Edward.

—Edward estaba muriendo.

—Como Natalie Cross estaba perdiendo la mente. Como Elena estaba sufriendo una crisis. Como Noah necesitaba un traslado.

Gabriel negó.

—Siempre conviertes tus decisiones en accidentes.

Laura Kendall comenzó a retroceder.

Harrison la vio.

—No te muevas.

—Dijiste que saldríamos —respondió ella.

—El plan ha cambiado.

Laura comprendió que también era una pieza sacrificable.

Corrió hacia la puerta.

Harrison disparó.

La bala golpeó su espalda.

Laura cayó.

Damian avanzó, pero Harrison levantó el detonador.

—Otro paso y todos mueren.

Beatrice intentó incorporarse.

—Mírame.

Harrison mantuvo el arma dirigida hacia Damian.

—Ya te estoy mirando.

—No. Me estás mirando como miraste durante treinta años a una versión de mí que nunca existió.

—Tú me amabas.

—Sí.

El rostro de Harrison se quebró.

—Entonces dilo otra vez.

—Amé a un joven que desapareció mucho antes de que robara a mi hijo.

Beatrice respiró lentamente.

—No amo al hombre que está delante de mí.

Harrison comenzó a llorar.

No bajó el arma.

—Todo lo hice por ti.

—No. Lo hiciste para no aceptar que yo podía vivir sin ti.

—No sabes lo que fue verte con Edward.

—Y tú no sabes lo que fue enterrar una caja vacía creyendo que mi hijo estaba dentro.

Gabriel apretó la mandíbula.

—¿Una caja vacía?

—Harrison no permitió que viéramos el cuerpo —respondió Beatrice—. Dijo que el hospital había preparado el entierro.

Harrison gritó:

—¡Cállate!

La mano que sostenía el detonador tembló.

Damian observó los cables.

El botón de activación estaba protegido por una cubierta transparente. Harrison debía levantarla antes de presionarlo.

Eso les daría menos de un segundo.

Marcus hablaba a través del pequeño auricular de Damian.

—Los artificieros localizaron tres cargas. Falta una.

—¿Dónde está la cuarta? —preguntó Damian.

Harrison sonrió.

—Debajo de la unidad neonatal.

Damian sintió que el miedo lo paralizaba.

Elena y Noah estaban en la planta inferior.

—Mientes.

—Presiona el botón y descúbrelo.

Beatrice extendió una mano.

—Entrégamelo.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón.

Todos la miraron.

—Cometí un error —continuó—. Debí elegirte.

Damian comprendió inmediatamente.

Estaba mintiendo.

Harrison, sin embargo, quería creer.

—Beatrice…

—Edward nunca me comprendió como tú.

—Mamá —dijo Damian.

Ella no lo miró.

—Entrégame el detonador. Nos iremos juntos.

Harrison dio un paso hacia la cama.

—¿Lo dices porque tienes miedo?

—Lo digo porque ya no tenemos nada que proteger.

—Tus hijos.

—Me odian.

Gabriel apretó su mano contra el costado.

Damian permaneció inmóvil.

Beatrice continuó:

—Caroline colaboró con la fiscalía. Damian eligió a Elena. Julian eligió el nombre que Isabel le dio.

Las lágrimas descendieron por su rostro.

—Soy una mujer vieja que destruyó a todos intentando conservarlos.

Harrison se acercó.

—Yo nunca te abandoné.

—Lo sé.

—Dilo.

Beatrice levantó la mano vendada.

—Tú fuiste el único.

Harrison colocó el detonador sobre su palma.

En el mismo instante, Beatrice cerró los dedos y tiró del dispositivo.

Damian se lanzó contra Harrison.

Gabriel sujetó su brazo armado.

La pistola disparó hacia el techo.

Harrison golpeó a Gabriel y trató de recuperar el detonador.

Beatrice lo lanzó hacia Damian.

Él lo atrapó con la mano sana.

Marcus y los agentes entraron.

Harrison tomó a Beatrice por el cuello.

—¡Atrás!

Gabriel levantó la pistola que había caído.

—Suéltala.

—No dispararás contra tu propia madre.

—No estoy apuntando hacia ella.

Harrison sonrió.

—Nunca fuiste capaz de matar.

Gabriel sostuvo el arma con ambas manos.

—Eso es lo único que acertaste sobre mí.

Bajó ligeramente el cañón y disparó contra la pierna de Harrison.

El hombre cayó.

Los agentes lo inmovilizaron.

Beatrice quedó tendida sobre la cama, tratando de respirar.

Damian entregó el detonador a los artificieros.

—La carga de neonatología.

—Ya la encontraron —respondió Marcus—. Era falsa.

Damian cerró los ojos.

Harrison había utilizado nuevamente el miedo.

Solo tres explosivos eran reales y ya estaban siendo desactivados.

Laura Kendall seguía viva. Los médicos la trasladaron a cirugía bajo custodia.

Harrison fue esposado.

Mientras los agentes lo levantaban, miró a Beatrice.

—Mentiste.

Ella sostuvo su mirada.

—Aprendí del hombre que convirtió la mentira en una profesión.

—Podríamos haber sido felices.

—No.

Beatrice negó lentamente.

—Podríamos haber sido dos personas diferentes. Pero nunca fuimos esas personas.

Harrison fue llevado fuera de la habitación.

Damian corrió hacia la unidad neonatal.

Elena lo esperaba sentada en una silla de ruedas junto a Noah. Había ignorado las órdenes médicas y exigido permanecer cerca del bebé durante el cierre.

—¿Está detenido? —preguntó.

Damian se arrodilló delante de ella.

—Sí.

—¿Las bombas?

—Desactivadas.

Elena tocó la venda de su hombro.

—¿Y Beatrice?

—Viva.

Gabriel entró poco después.

Tenía sangre sobre la manga, pero no estaba herido.

Elena miró el arma ya retirada por la policía.

—¿Qué hiciste?

—Le disparé en la pierna.

—¿Cómo te sientes?

Gabriel observó a Noah.

—Como si todavía no supiera quién soy.

Elena extendió una mano.

—Eso llevará tiempo.

Priya permitió que sacaran a Noah de la incubadora durante unos minutos para colocarlo sobre el pecho de Elena.

Damian se sentó junto a ella.

Gabriel permaneció cerca de la puerta.

—Acércate —dijo Elena.

—Es un momento familiar.

—Precisamente.

Gabriel caminó hacia ellos.

Noah abrió los ojos.

Cuatro personas permanecieron alrededor del bebé.

Una madre que había sobrevivido.

Un padre que finalmente había aprendido a creer.

Un hermano robado que regresaba con un nombre nuevo.

Y un niño cuyo nacimiento había destruido una conspiración de treinta años.

Pero la caída de Harrison no resolvía todo.

Las víctimas de Bellweather seguían esperando justicia.

La empresa estaba al borde del colapso.

Beatrice debía responder por el abuso contra Elena, las firmas falsas y su participación en North Atlantic.

Caroline tendría que enfrentarse a las consecuencias de su colaboración.

Natalie Cross necesitaría reconstruir una identidad que otros habían intentado borrar.

Nada podía repararse en una sola mañana.

Elena miró a Damian.

—No regresaremos a la mansión.

—No.

—Noah no crecerá dentro de la compañía.

—No.

—Y Beatrice no volverá a entrar en nuestra vida solo porque ayudó a detenerlo.

Damian respiró.

—Esa decisión será nuestra. No de ella.

Elena asintió.

—Entonces quizá podamos comenzar.

Damian observó a Noah.

—¿Comenzar qué?

—Una familia en la que nadie tenga que ponerse de rodillas para demostrar que pertenece.

Fuera de la habitación, la policía conducía a Harrison Cole hacia un vehículo blindado.

Los periodistas gritaban preguntas.

Por primera vez, él no podía controlar las cámaras, los documentos ni la historia.

Beatrice lo observó desde una ventana del hospital.

Gabriel se situó detrás de ella.

—¿Vas a perdonarme? —preguntó la mujer.

—No lo sé.

—¿Vas a volver?

Gabriel pensó durante varios segundos.

—No voy a desaparecer.

Beatrice comenzó a llorar.

No era una promesa de amor.

No era absolución.

Era algo más difícil.

La oportunidad de vivir el tiempo suficiente para responder por lo que había hecho.

Y de aprender que recuperar a un hijo no significaba volver a controlarlo.

En la habitación contigua, Elena sostuvo a Noah contra su pecho.

El bebé respiró lentamente.

Ya no había altavoces transmitiendo su llanto.

No había documentos esperando su firma.

No había manos intentando convertirlo en una fortuna.

May you like

Solo estaba el latido de su madre bajo su oído.

Y, por primera vez desde su nacimiento, nadie esperaba nada de él excepto que siguiera respirando.

Related Stories

Other posts