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capítulo 5 - La cuna dentro de la casa en llamas

Damian no llegó a conducir.

Rachel Donovan se negó a permitir que abandonara el hospital sin escolta y ordenó que Marcus lo llevara en un vehículo policial sin distintivos.

Gabriel insistió en acompañarlos.

—Si esa cuna contiene documentos sobre mi nacimiento, también me pertenecen.

Beatrice intentó subir al automóvil.

Damian cerró la puerta delante de ella.

—Tú te quedas.

—Conozco la casa mejor que cualquiera.

—También ocultaste la existencia de Julian durante treinta años.

—Pensé que estaba muerto.

—Después hablaremos.

—Puede que después sea demasiado tarde.

Damian la miró a través de la ventanilla.

—Para Elena casi lo fue.

El vehículo salió del hospital.

Caroline permaneció allí bajo vigilancia, con instrucciones de proteger los registros de Noah y colaborar con la fiscalía. Beatrice quedó retenida para un nuevo interrogatorio.

Durante el trayecto hacia Cape Cod, Marcus recibió actualizaciones de los bomberos.

—El incendio comenzó en la parte posterior —explicó—. Parece intencional. Encontraron restos de acelerante cerca de la cocina.

—¿La estructura sigue en pie? —preguntó Damian.

—El ala este está dañada. El ático todavía no ha colapsado.

—La cuna estaba allí.

Gabriel observaba la oscuridad a través de la ventana.

—¿Cómo puede Beatrice afirmar que soy su hijo?

—No lo sé.

—Me miró como si me conociera.

—Quizá se parece a alguien.

—¿A Edward?

Damian estudió su perfil.

Había algo en la línea de la nariz y en la forma de fruncir el ceño.

No podía aceptarlo como prueba.

—Necesitamos ADN.

—Harrison ya hizo una prueba.

—Harrison falsificó documentos durante años.

Gabriel apoyó la cabeza contra el asiento.

—Toda mi vida creí que Isabel era mi madre.

—Puede seguir siéndolo.

—No si me robó.

—No sabemos qué ocurrió.

—Beatrice dijo que Harrison me robó. Isabel trabajaba con él.

Damian comprendía la rabia, pero no podía ofrecer respuestas.

Su propia historia familiar se estaba rompiendo demasiado rápido.

El padre que creía débil había escondido pruebas.

La madre que decía protegerlos había participado en fraudes.

El abogado de confianza había robado un niño y construido una conspiración alrededor de dos generaciones.

—Isabel te crió —dijo—. Antes de decidir qué fue para ti, averigua qué sabía.

Gabriel lo miró.

—¿Siempre hablas como si estuvieras negociando?

—Mi esposa dice lo mismo.

—¿Cómo está?

—Viva.

La palabra parecía insuficiente.

Marcus redujo la velocidad cuando aparecieron las primeras luces de emergencia.

La casa de Cape Cod estaba construida sobre un acantilado bajo, frente al océano. Edward la había utilizado para escribir, descansar y esconderse de las discusiones con Beatrice.

Ahora las llamas salían por dos ventanas del piso inferior.

Los bomberos habían extendido mangueras alrededor de la propiedad. El tejado estaba cubierto de humo y parte de la terraza había colapsado.

Damian intentó atravesar el cordón.

Un bombero lo detuvo.

—No puede entrar.

—Hay documentos en el ático.

—El piso superior puede caer en cualquier momento.

—También puede haber una persona dentro.

El hombre consultó a su equipo.

—Hemos revisado las habitaciones accesibles. No encontramos a nadie.

Marcus mostró una fotografía de Victor Shaw.

—Buscamos a este hombre.

El jefe de bomberos observó la imagen.

—Uno de los vecinos vio un vehículo oscuro salir antes del incendio.

Damian miró la casa.

El fuego había comenzado abajo para obligar a los bomberos a concentrarse en la cocina y el salón. Si Harrison conocía la ubicación de la cuna, probablemente había enviado a Victor a buscarla antes de prender fuego.

—Puede que ya no esté dentro —dijo Marcus.

—O no consiguió abrir el compartimento.

Gabriel señaló el lateral de la propiedad.

—Hay una ventana rota en el ático.

Damian recordó una escalera exterior utilizada antiguamente por Edward para acceder al estudio sin cruzar la casa.

—Existe una entrada desde la terraza norte.

El jefe de bomberos negó.

—No voy a permitirlo.

—Entonces envíe a alguien.

—Mis hombres están controlando el incendio. No arriesgaré una vida por un mueble.

Damian miró el humo.

No podía ordenar a otro hombre entrar.

Tampoco podía quedarse observando cómo desaparecía la única prueba.

Se dirigió hacia la parte norte.

Marcus lo sujetó.

—No.

—La escalera está separada del ala incendiada.

—No sabe si continúa estable.

—Mi padre la reforzó.

—Hace más de diez años.

Gabriel avanzó.

—Yo iré.

—No —respondieron Damian y Marcus al mismo tiempo.

Gabriel apretó la carpeta contra el pecho.

—Puede ser la única prueba de quién soy.

Damian observó el rostro de aquel desconocido que quizá compartía su sangre.

No podía permitir que el posible hijo perdido de Beatrice muriera intentando recuperar la evidencia de su propio nacimiento.

—Entraremos con los bomberos —dijo.

El jefe del equipo terminó cediendo después de que Rachel Donovan consiguiera una orden de preservación urgente y enviara dos especialistas con equipos de respiración.

Damian y Gabriel tuvieron que utilizar máscaras, chaquetas protectoras y líneas de seguridad.

Subieron por la escalera exterior.

El metal estaba caliente, pero se mantenía firme.

Al llegar a la ventana rota, una nube de humo salió del ático.

La visibilidad era mínima.

Damian conocía la distribución.

El estudio de Edward estaba al fondo. La antigua cuna permanecía bajo una lona junto a varias cajas familiares.

—A la derecha —indicó.

Avanzaron agachados.

El suelo crujía bajo sus botas.

Una estantería había caído y bloqueaba parte del paso. Los bomberos la apartaron.

Gabriel iluminó el suelo con una linterna.

—Hay sangre.

Una línea oscura atravesaba las tablas.

La siguieron hasta el estudio.

Victor Shaw estaba sentado contra la pared.

Tenía una herida en la pierna y sostenía una pistola.

—Atrás —ordenó.

Los bomberos levantaron las manos.

Damian observó la cuna.

Permanecía junto a Victor. Era de madera oscura, con estrellas talladas en los laterales. Parte de la estructura había sido rota con una barra metálica.

—¿Encontraste el compartimento? —preguntó Damian.

Victor respiraba con dificultad.

—Edward construía buenos escondites.

—Harrison te dejó aquí.

—El fuego se extendió antes de tiempo.

—¿Quién lo inició?

Victor rio débilmente.

—Harrison siempre prepara a otro hombre para cargar con sus errores.

Gabriel avanzó.

—¿Tú me llevaste de Portugal?

Victor lo miró.

—No. Cuando te vi por primera vez ya tenías cinco años.

—¿Quién era Isabel?

—La única persona que intentó impedir que Harrison te utilizara.

Gabriel perdió parte de su dureza.

—¿Sabía que no era mi madre?

Victor miró el techo.

—Te amaba. Eso era suficiente para ella.

Una explosión sonó en la planta baja.

El suelo tembló.

Uno de los bomberos gritó que debían salir inmediatamente.

Damian señaló la cuna.

—Ayúdenme a moverla.

Victor levantó la pistola.

—Nadie toca eso.

Marcus, que había subido detrás del segundo equipo, apareció por la puerta.

—Suelta el arma.

Victor giró.

Marcus disparó una vez.

La bala golpeó la mano de Victor. La pistola cayó.

Los bomberos lo inmovilizaron y comenzaron a trasladarlo.

Gabriel se acercó a la cuna.

La parte frontal tenía una estrella de ocho puntas, diferente a las demás.

Damian la presionó.

No ocurrió nada.

Recordó los antiguos instrumentos quirúrgicos de Edward. Su padre solía abrir cajas utilizando movimientos secuenciales, como si cada cerradura fuera un procedimiento.

Presionó las estrellas de izquierda a derecha.

La última produjo un pequeño clic.

Una tabla del fondo se abrió.

Dentro había una caja metálica verde, varias cintas de video y un sobre sellado.

Damian tomó todo.

—Tenemos que salir —gritó Marcus.

El techo comenzó a desprenderse.

Corrieron hacia la ventana.

Detrás de ellos, una viga cayó sobre la cuna y la partió por la mitad.

Gabriel se detuvo.

Damian lo empujó.

—Las pruebas están aquí.

Descendieron segundos antes de que parte del ático colapsara.

En el exterior, los paramédicos atendieron a Victor. La policía lo esposó a la camilla.

Antes de que se lo llevaran, Damian se acercó.

—¿Harrison ordenó matar a mi padre?

Victor lo miró a través de la máscara de oxígeno.

—Edward ya estaba muriendo.

—No fue lo que pregunté.

—Harrison solo aceleró una decisión que su cuerpo ya había tomado.

—¿Cómo?

Victor cerró los ojos.

—Pregunta por la medicación para el corazón.

El vehículo se lo llevó.

Damian abrió la caja verde dentro de una unidad móvil de la policía, con Rachel Donovan observando.

Contenía un libro de cuentas escrito con tinta verde, copias de pagos de North Atlantic y un dispositivo de almacenamiento antiguo.

En el sobre aparecía una frase con la letra de Edward:

Para Damian, cuando por fin esté preparado para dejar de proteger nuestro silencio.

Dentro había una pequeña llave y una hoja.

La contraseña se encuentra en el primer instrumento que puse en tus manos.

Damian recordó un bisturí de entrenamiento que Edward le regaló cuando tenía diez años. Se encontraba dentro de la colección quirúrgica heredada.

—Está en Boston —dijo.

Gabriel sostenía una de las cintas.

La etiqueta decía:

Beatrice. Hospital de Lisboa. 14 de octubre.

Marcus consiguió un reproductor antiguo de uno de los vehículos de investigación.

La imagen apareció con interferencias.

Edward estaba sentado dentro de una habitación poco iluminada. Parecía más joven, pero agotado.

—Si esta grabación ha sido encontrada —decía—, significa que Harrison volvió a buscar a Julian.

Gabriel dejó de respirar.

Edward continuó:

—Beatrice dio a luz a nuestro primer hijo en Lisboa. El bebé nació prematuro, pero estaba vivo. Harrison nos informó que había muerto durante la noche.

La cinta cambió a una grabación hospitalaria.

Una enfermera llevaba a un recién nacido por un corredor.

Detrás de ella caminaba Harrison Cole.

No se dirigían hacia la morgue.

Se dirigían hacia una salida de servicio.

—Años después —continuó Edward— descubrí que una asistente llamada Isabel Moretti había criado a un niño con la misma fecha de nacimiento. Harrison afirmaba ser el padre. No pude demostrar lo contrario sin poner al muchacho en peligro.

Gabriel se cubrió la boca.

—Isabel no me robó.

—Parece que no —dijo Rachel.

Edward mostró un sobre pequeño.

—Conservo una muestra de sangre de Julian, tomada la noche de su nacimiento. También guardé mi propia muestra. Si Gabriel Moretti regresa algún día, la verdad podrá demostrarse.

La grabación continuó.

—Harrison no robó al niño por amor. Lo hizo porque el fideicomiso creado tras su nacimiento otorgaba derechos especiales al primer heredero masculino de nuestra línea. Si Julian permanecía oculto, Harrison podía utilizarlo cuando necesitara bloquear el control de la empresa.

Edward miró directamente a la cámara.

—Beatrice descubrió parte de la verdad. Le pedí que guardara silencio hasta que pudiera proteger a ambos niños.

Damian apretó los puños.

—¿Ambos?

La imagen cambió.

Beatrice aparecía sentada frente a Edward.

—No puedo perder a Damian también —decía ella.

—Damian está seguro mientras Harrison crea que Julian ha muerto para nosotros.

—¿Y si regresa?

—Entonces nuestros hijos tendrán que decidir qué clase de familia quieren ser.

La cinta se cortó.

Gabriel miró a Damian.

—¿Crees que soy tu hermano?

Damian sostuvo la caja que contenía las muestras.

—No quiero creer ni dejar de creer.

—¿Entonces?

—Quiero saberlo.

Rachel examinó las bolsas selladas.

—Podemos realizar una prueba urgente con muestras actuales.

El teléfono de Damian sonó.

Era el hospital.

La doctora Shah hablaba desde la unidad neonatal.

—Señor Archer, ha ocurrido un problema.

—¿Noah está bien?

—Está estable, pero alguien intentó acceder a su incubadora utilizando credenciales del doctor Bennett.

—¿Quién?

—El sistema muestra que la autorización se emitió desde el despacho administrativo.

Damian miró a Marcus.

—¿Dónde está Harrison?

El antiguo agente comprobó su teléfono.

—Los policías lo dejaron marchar después del interrogatorio. No tenían suficientes pruebas para detenerlo.

Damian sintió que el miedo regresaba.

—Bloqueen el hospital.

—Ya lo estamos haciendo —respondió la doctora—. Pero necesitamos que regrese.

Rachel tomó las cintas.

—Nosotros aseguraremos las pruebas.

Damian se dirigió hacia el vehículo.

Gabriel lo siguió.

—Voy contigo.

—No necesitas involucrarte más.

—Si Noah es mi sobrino, ya estoy involucrado.

Damian se detuvo.

Todavía no existía una prueba.

Pero por primera vez no vio a Gabriel como un reclamante enviado por Harrison.

Vio a un hombre al que habían robado una familia antes de que pudiera pronunciar su nombre.

—Sube —dijo.

Mientras regresaban hacia Boston, un nuevo mensaje apareció en el teléfono seguro.

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Procedía del dispositivo de Caroline.

La incubadora de Noah está vacía.

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