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capítulo 8 - La madre que despertó sin su hijo

Elena despertó con la sensación de que alguien había vaciado todo el aire de la habitación.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

La luz que entraba por las persianas era gris, demasiado débil para saber si pertenecía al amanecer o al final de la tarde. Un monitor emitía sonidos regulares junto a su cama. Cada pitido parecía llegar desde muy lejos.

Intentó mover una mano.

El dolor apareció inmediatamente.

No era el dolor de las contracciones ni la presión que había sentido antes de la operación. Era una pesadez profunda, extendida por el abdomen, acompañada de una debilidad que hacía que incluso respirar pareciera un esfuerzo.

Recordó el quirófano.

Las luces.

El llanto de Noah.

La voz de Damian.

Después, oscuridad.

Elena abrió los ojos por completo.

La silla situada junto a la cama estaba vacía.

—Damian.

Su voz apenas fue un susurro.

Una enfermera entró al escucharla.

—Señora Archer, no intente incorporarse.

—¿Dónde está mi esposo?

—Está siendo atendido.

Elena sintió que el miedo atravesaba la medicación.

—¿Atendido por qué?

La enfermera dudó.

—Sufrió una herida en el hombro.

—¿Una herida?

—Está estable.

—¿Y Noah?

La mujer apartó la mirada durante medio segundo.

Elena lo vio.

—¿Dónde está mi hijo?

—La doctora Shah vendrá a hablar con usted.

—No necesito a la doctora. Necesito que me diga dónde está mi bebé.

Intentó levantarse.

El dolor la obligó a detenerse, pero no volvió a recostarse.

—Señora Archer…

—No me vuelva a pedir que permanezca tranquila. Durante meses todos utilizaron esa palabra para impedirme preguntar qué estaban haciendo.

La enfermera tomó el teléfono de la pared.

—Llamaré a la doctora.

—Llame también a Damian.

La puerta se abrió antes de que pudiera terminar.

Damian entró con el brazo izquierdo inmovilizado dentro de un cabestrillo. Llevaba una venda debajo de la camisa del hospital, tenía un pequeño corte sobre la frente y parecía no haber dormido durante días.

Elena sintió alivio al verlo.

Después observó que no llevaba a Noah.

—¿Dónde está?

Damian se acercó a la cama.

—Está vivo.

Elena dejó escapar el aire.

—Quiero verlo.

—Lo traerán cuando los médicos confirmen que puede salir de la unidad neonatal.

—¿Qué ocurrió?

Damian se sentó con cuidado.

—Harrison consiguió sacarlo del hospital.

Ella lo miró sin comprender.

—No.

—Utilizó una autorización falsa. Lo trasladaron a la torre Archer.

Elena negó repetidamente.

—Estabas con él.

—Me fui a Cape Cod para encontrar la cuna.

—Te pedí que fueras.

—Yo decidí ir.

—¿Cuánto tiempo lo tuvo?

—Unas horas.

—¿Le hicieron daño?

—Necesitó oxígeno, pero los médicos dicen que está estable.

Las lágrimas descendieron por el rostro de Elena.

—No estaba allí.

Damian tomó su mano.

—Tú estabas luchando por sobrevivir.

—Prometí protegerlo.

—Y lo hiciste. Si no hubieras encontrado los documentos, Harrison habría controlado su vida desde el momento del nacimiento.

—Pero se lo llevaron.

—Y lo recuperamos.

Elena cerró los ojos.

—No digas “recuperamos” como si fuera un archivo.

Damian bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Ella respiró lentamente.

—¿Quién lo encontró?

—Gabriel.

—¿El supuesto hijo de Harrison?

—No es hijo de Harrison.

Damian le explicó los resultados de ADN, la cinta de Edward y el verdadero nacimiento de Gabriel.

Elena escuchó sin interrumpir.

—Entonces es tu hermano.

—Sí.

—Y Beatrice es su madre.

—Sí.

—¿Ella lo sabía?

—Sabía que existía la posibilidad de que estuviera vivo. Harrison la amenazó.

Elena miró hacia la ventana.

—Siempre encuentra una forma de convertirse en víctima de algo que también ayudó a mantener.

Damian no la contradijo.

—Está herida —dijo—. Quedó atrapada dentro de la torre después de ayudarnos a salir.

Elena volvió la cabeza.

—¿Está viva?

—En cirugía. Tiene quemaduras, varias fracturas y daño por inhalación de humo.

—¿Y Harrison?

—Desapareció.

—¿Cómo puede desaparecer un hombre dentro de un edificio rodeado de policías?

—Utilizó los túneles del laboratorio subterráneo. Encontraron una salida hacia una estación de mantenimiento situada a dos calles.

—Entonces sigue teniendo ayuda.

—Sí.

La puerta se abrió.

La doctora Priya Shah entró empujando una pequeña incubadora portátil.

Elena dejó de escuchar cualquier otro sonido.

Noah estaba dentro.

Llevaba un gorro blanco y una manta pequeña sobre el cuerpo. El tubo de oxígeno seguía colocado bajo su nariz, pero sus ojos estaban abiertos.

—Solo puede permanecer unos minutos fuera de la unidad —explicó Priya—. Queríamos que pudiera verlo antes de descansar nuevamente.

Elena extendió las manos.

—¿Puedo tocarlo?

—Sí.

La incubadora quedó junto a la cama.

Elena introdujo una mano por la abertura y tocó la mejilla de Noah.

El bebé movió la cabeza hacia sus dedos.

—Hola —susurró ella—. Soy mamá.

Damian se situó al otro lado.

Noah abrió una mano.

Elena colocó un dedo dentro.

—Lo siento.

Damian la miró.

—No tienes nada que lamentar.

—No se lo digo a ti.

El bebé cerró los dedos.

Elena comenzó a llorar.

—No volverán a llevarte.

La doctora Shah observó los monitores.

—Noah responde bien. Es fuerte.

—No debería necesitar ser fuerte todavía —dijo Elena—. Debería limitarse a dormir y comer.

—Lo hará.

Elena miró a Priya.

—¿Quién autorizó el traslado?

—Una orden digital con las credenciales del doctor Bennett.

—¿Quién la introdujo?

—Una administradora del hospital llamada Laura Kendall.

Damian levantó la cabeza.

—La mujer que intentó registrar la tutela de Beatrice.

—Desapareció antes de que seguridad cerrara el edificio —respondió Priya.

Elena recordó su rostro.

La carpeta azul.

La forma en que había insistido en completar documentos inmediatamente después del nacimiento.

—Trabajaba para Harrison.

—Eso creemos.

—¿La policía la busca?

—Sí.

Priya permitió que Noah permaneciera varios minutos más.

Después tuvo que llevarlo de regreso.

Elena observó la puerta hasta que la incubadora desapareció.

—Quiero salir de aquí.

—No puedes —respondió Damian—. Casi moriste.

—No digo hoy.

—Los médicos calculan al menos una semana.

—No volveré a la mansión.

Damian no esperaba aquella frase.

—Podemos aumentar la seguridad.

—No quiero seguridad dentro de una casa donde tu madre me obligó a ponerme de rodillas.

—Podemos venderla.

—No se trata de las paredes.

Elena miró sus manos.

Las marcas químicas todavía eran visibles alrededor de algunos dedos.

—Durante meses pensé que el problema era Beatrice. Después descubrimos a Harrison, al doctor Reid, a Amelia Ross, a Laura Kendall y a miembros del consejo. La casa no estaba infiltrada. Nuestra vida completa lo estaba.

Damian guardó silencio.

—No podemos regresar a lo que éramos —continuó ella—. Porque lo que éramos permitió que esto ocurriera.

—Lo sé.

—¿De verdad?

—No.

Damian aceptó la palabra con dificultad.

—Todavía no comprendo completamente cuánto ignoré.

Elena lo miró.

—Cuando te conté que tu madre entraba sin permiso, cambiaste las cerraduras y después le entregaste un código nuevo.

—Sí.

—Cuando despidió a Rosa, aceptaste su versión.

—Sí.

—Cuando dije que Malcolm Reid me había interrogado durante una cena, dijiste que seguramente intentaba ayudar.

—Sí.

—No necesito que repitas que fue un error. Necesito saber por qué siempre resultaba más fácil dudar de mí.

Damian miró el suelo.

—Porque creer en ti significaba aceptar que mi madre era capaz de hacer cosas que llevaba toda la vida negándome a ver.

—Entonces elegiste la versión que te permitía conservarla.

—Sí.

La respuesta salió sin defensa.

Elena cerró los ojos.

—Gracias por no inventar otra explicación.

—No espero que me perdones rápidamente.

—No sé qué significa perdonarte ahora.

—Significa lo que tú decidas.

—Eso suena como una respuesta preparada por un abogado.

Damian sonrió con tristeza.

—Estoy intentando no negociar.

Elena dejó que su mano permaneciera dentro de la suya.

No era perdón.

Pero tampoco era una despedida.

Marcus entró acompañado por Rachel Donovan y Gabriel.

Gabriel permaneció cerca de la puerta.

Parecía incómodo dentro de la habitación.

—Elena —dijo Damian—, él es Gabriel.

—Julian —corrigió Gabriel—. Aunque todavía no sé cuál nombre utilizar.

Elena lo observó.

—El nombre con el que creciste sigue siendo tuyo.

Gabriel asintió.

—Noah está vivo gracias a ti —dijo ella.

—Gracias a Edward. Él diseñó la salida de emergencia.

—Tú descubriste el código.

—Tu hijo me sujetó el dedo.

Gabriel bajó la mirada.

—Creo que fue la primera vez que alguien de esta familia me recibió sin pedirme demostrar quién era.

Elena extendió la mano.

Gabriel se acercó y la tomó.

—Entonces bienvenido.

Damian sintió un peso extraño en el pecho.

Elena, después de todo lo sufrido, podía abrir espacio para su hermano perdido.

Él había pasado años incapaz de abrir espacio suficiente para creer a su propia esposa.

Rachel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Tenemos un problema urgente.

—¿Otro? —preguntó Elena.

—Harrison activó una serie de contratos automáticos antes de escapar. Si no se detienen en cuarenta y ocho horas, varias patentes de Archer Medical Systems pasarán a empresas extranjeras.

—¿Puede hacerlo sin el consejo?

—Utilizó autorizaciones falsas vinculadas a la supuesta incapacidad de Damian y a la tutela provisional de Noah.

Damian tomó la carpeta.

—Esas autorizaciones ya fueron impugnadas.

—Sí, pero las transferencias se procesan en jurisdicciones diferentes. Necesitamos una orden federal y cooperación internacional.

—¿Qué ocurre con North Atlantic?

—Las cuentas principales fueron vaciadas una hora antes del incendio.

—¿Cuánto dinero?

—Ciento ochenta y seis millones de dólares.

Gabriel soltó una risa amarga.

—Harrison no huyó sin preparar un nuevo comienzo.

Rachel continuó:

—Creemos que intenta llegar a Canadá o salir por mar. Sin embargo, existe otra posibilidad.

—¿Cuál? —preguntó Damian.

—Que todavía esté en Massachusetts.

Mostró una fotografía de Laura Kendall entrando en un edificio médico.

—Esta imagen fue tomada hace cuarenta minutos.

—¿Dónde? —preguntó Elena.

Rachel miró directamente hacia ella.

—Blackthorne Recovery Center.

La clínica donde planeaban ingresarla después del parto.

Elena sintió que las manos comenzaban a temblar.

—¿Por qué regresaría allí?

—Creemos que Harrison conserva archivos físicos, medicamentos y documentos de identidad en la clínica.

Damian cerró la carpeta.

—Entonces registradla.

—Ya solicitamos una orden.

—¿Cuánto tardará?

—Varias horas.

Elena recordó el acuerdo.

La unidad cerrada.

La cama reservada antes de que existiera un diagnóstico.

—No necesita la clínica solo para esconder documentos —dijo.

Todos la miraron.

—La preparó para mí. Cada informe, cada autorización y cada pago estaban relacionados con Blackthorne. Si el plan fracasaba, necesitaba que yo pareciera realmente ingresada allí.

Rachel comprendió.

—Podría haber creado un expediente completo.

—No solo un expediente.

Elena observó a Damian.

—Puede haber una paciente registrada con mi nombre.

Marcus tomó el teléfono.

—Comprobaremos los ingresos.

Minutos después recibió una respuesta.

—Existe una Elena Archer ingresada desde hace seis horas.

Damian miró a su esposa en la cama.

—¿Quién está dentro de esa clínica?

—No lo sabemos —respondió Marcus.

Elena sintió un escalofrío.

Harrison no solo había intentado controlar su vida.

Había creado otra versión de ella.

Una mujer inestable.

Internada.

Aislada.

Incapaz de cuidar a su hijo.

Y mientras la verdadera Elena permanecía herida en el hospital, aquella mujer podía firmar documentos, renunciar a derechos y declarar públicamente que Damian la había obligado a acusar a Beatrice.

—Necesitamos entrar antes de que despierte —dijo Elena.

—Tú no vas a ninguna parte —respondió Damian.

—No he dicho que vaya.

Miró a Rachel.

—Pero la mujer que está usando mi nombre puede ser otra víctima.

La fiscal cerró la carpeta.

—Conseguiremos la orden.

Gabriel se dirigió hacia la puerta.

—Yo iré.

Damian lo observó.

—Acabas de salir de un edificio en llamas.

—Llevo treinta años viviendo dentro del incendio que Harrison creó.

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Gabriel miró a Elena.

—Esta vez quiero llegar antes de que otra persona pierda su nombre.

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