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capítulo 2: La puerta de maternidad

El automóvil todavía no se había detenido por completo cuando Damian abrió la puerta.

Marcus Bell intentó sujetarlo por el brazo.

—Espere a que confirmemos la situación.

Damian se liberó.

—Mi esposa está ahí dentro.

Atravesó el estacionamiento del hospital bajo una lluvia fina. Las luces de emergencia se reflejaban sobre el asfalto mojado, pero apenas las veía. En su mente solo existía la fotografía que había recibido minutos antes.

El pasillo de maternidad.

Elena al fondo.

Y aquella frase:

La memoria por tu esposa. Elige a qué mujer quieres salvar.

No sabía quién había tomado la fotografía.

Podía ser Caroline.

Podía ser Victor Shaw.

Podía ser alguien del hospital comprado por Beatrice.

En aquel momento, cualquier rostro desconocido representaba una amenaza.

Damian entró por las puertas automáticas y se dirigió directamente a los ascensores. Marcus caminaba detrás de él mientras hablaba por un auricular con los agentes que vigilaban el edificio.

—Los dos policías asignados al pasillo no responden —informó—. Seguridad interna está revisando las cámaras.

—¿Cuánto tiempo llevan sin responder?

—Tres minutos.

—Es demasiado.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Dentro había una enfermera empujando un carro de medicamentos.

Damian miró su identificación.

Megan Lowell. Unidad de cardiología.

No era personal de maternidad.

La mujer observó a los dos hombres, notó la expresión de Damian y bajó la mirada.

Marcus colocó discretamente una mano cerca de su chaqueta.

—¿A qué planta se dirige? —preguntó.

—A la cuarta.

Maternidad estaba en la sexta.

Damian presionó el botón.

El ascensor comenzó a subir.

Cada segundo parecía una pérdida imposible de recuperar.

—¿Quién autorizó la entrada de Caroline? —preguntó Damian.

Marcus consultó su teléfono.

—Dijo que era hermana del esposo y que venía a acompañar a Elena. Mostró documentos familiares.

—Los agentes tenían instrucciones de no permitirle entrar.

—Tal vez no llegó por el acceso principal.

La enfermera de cardiología salió en el cuarto piso.

Cuando las puertas volvieron a cerrarse, Marcus habló en voz baja.

—Tenemos que considerar que Caroline también pueda estar en peligro.

Damian lo miró.

—Me envió una advertencia y después apareció junto a Elena.

—Eso puede significar que intentó ayudar.

—O que quería asegurarse de que yo regresara al hospital.

—Exactamente. Todavía no sabemos cuál de las dos cosas es cierta.

El ascensor se detuvo en la sexta planta.

Las puertas se abrieron.

El pasillo estaba demasiado tranquilo.

Una silla permanecía volcada junto al mostrador de enfermería. En el suelo había una taza de café derramada. Una de las lámparas del techo parpadeaba.

Damian avanzó.

—¡Elena!

No obtuvo respuesta.

La puerta de la habitación de su esposa estaba cerrada.

Uno de los agentes asignados a la vigilancia estaba sentado contra la pared, aparentemente inconsciente. El segundo yacía detrás del mostrador.

Marcus se arrodilló junto al primero.

—Respira.

Damian sujetó el picaporte.

La puerta no se abrió.

—Está bloqueada desde dentro.

Golpeó con el hombro.

—¡Elena!

Escuchó algo.

Un gemido débil.

Volvió a golpear.

Marcus se levantó.

—Apártese.

El antiguo agente dio una patada cerca de la cerradura. La madera se abrió parcialmente. Una segunda patada arrancó el mecanismo.

Damian entró.

La cama estaba vacía.

Los cables del monitor fetal colgaban hasta el suelo. Una bolsa de suero goteaba lentamente sobre las baldosas.

Junto a la ventana, Caroline Archer sostenía un pequeño bisturí quirúrgico.

Frente a ella había un hombre vestido con uniforme médico.

El desconocido sujetaba a Elena por detrás.

Una mano cubría su boca.

La otra sostenía una jeringa contra su cuello.

—Nadie se mueva —ordenó.

Damian reconoció al hombre de las cámaras exteriores.

Victor Shaw.

El antiguo jefe de seguridad de Beatrice había cambiado su chaqueta por una bata médica, pero su rostro seguía siendo el mismo: mandíbula cuadrada, cabello gris muy corto y una cicatriz junto a la oreja derecha.

Elena estaba descalza.

Uno de sus brazos seguía conectado a un tubo roto. Había sangre en la cinta adhesiva de la muñeca y respiraba con dificultad.

Caroline miró a Damian.

—No te acerques.

No estaba hablando con su hermano.

Hablaba con Shaw.

—Suéltala —dijo Damian.

Victor apretó la jeringa contra la piel de Elena.

—Entrégame la memoria.

—¿Qué contiene?

—No juegues conmigo.

—Si no sabes qué contiene, quizá Beatrice no confía tanto en ti como creías.

—La tarjeta del colgante.

Damian sintió la memoria contra el interior de su camisa.

Elena cerró los ojos.

Victor había registrado su ropa o había escuchado la conversación de alguien que conocía el escondite.

Eso significaba que la habitación había estado vigilada.

Damian observó el pequeño dispositivo colocado junto al enchufe del monitor fetal.

Una cámara.

Quizá también un micrófono.

—La memoria está aquí —dijo—. Primero suéltala.

Victor sonrió.

—No funciona así.

Caroline seguía sosteniendo el bisturí. Tenía una mancha de sangre en la manga y respiraba tan rápido como Elena.

—Damian, tiene un sedante —dijo—. Puede provocar el parto.

—Cállate —ordenó Victor.

—Ya intentó inyectárselo. Lo detuve.

Damian miró la sangre de la manga.

—¿Estás herida?

—No es mía.

Victor movió la jeringa.

—La tarjeta.

Marcus permanecía cerca de la puerta, calculando la distancia.

Victor lo vio.

—Tú también, Bell. Manos visibles.

Marcus levantó lentamente las manos.

—Si le inyecta esa sustancia, no saldrá del hospital.

—No necesito salir caminando.

—¿Está dispuesto a morir por Beatrice Archer?

La expresión de Victor no cambió.

—No trabajo para la señora Archer.

Caroline lo miró.

—Mientes.

Victor la golpeó con el hombro al intentar mantenerla alejada. Caroline chocó contra la pared, pero no soltó el bisturí.

—Harrison te envió —dijo Damian.

Por primera vez apareció una reacción.

Un movimiento mínimo en los ojos del hombre.

Damian comprendió.

Caroline había dicho que Beatrice no controlaba aquella parte del plan. Harrison Cole había tomado decisiones por su cuenta.

—Mi madre no ordenó esto —continuó Damian.

Victor apretó la mandíbula.

—La memoria.

—Harrison quiere eliminar las pruebas antes de la reunión. Si usted mata a Elena, él le culpará a usted.

—No me importa.

—Claro que le importa. Trabajó durante quince años para nuestra familia. No es un fanático. Es un profesional. Y un profesional no acepta una misión sin una salida.

Victor miró brevemente hacia la ventana.

Damian siguió la dirección.

Una cuerda oscura estaba atada al marco exterior.

Había preparado una ruta hacia la terraza técnica del piso inferior.

—Tiene un automóvil esperando —dijo Damian—. Documentos nuevos, quizá dinero. Harrison le prometió que desaparecería después de recuperar la memoria.

Victor no respondió.

—Pero la policía ya conoce su rostro. La imagen de esta mañana fue enviada fuera de los servidores Archer. Incluso si sale de aquí, Harrison no puede borrar su relación con el secuestro de Rosa.

Elena se tensó.

Victor acercó la boca a su oído.

—Tu esposo habla demasiado.

Ella abrió los ojos y lo miró directamente.

Después mordió la mano que cubría su boca.

Victor soltó un grito.

Elena dejó caer todo su peso hacia delante.

La jeringa se apartó de su cuello.

Caroline corrió.

Clavó el bisturí en el antebrazo de Victor, no profundamente, pero lo suficiente para obligarlo a soltar el arma.

Marcus avanzó al mismo tiempo.

Sujetó la muñeca de Victor y la golpeó contra la pared.

La jeringa cayó.

Damian tomó a Elena antes de que llegara al suelo.

Victor lanzó un puñetazo contra Marcus, se liberó y corrió hacia la ventana.

Caroline intentó detenerlo.

Él la empujó con tanta fuerza que cayó sobre una mesa.

Marcus sacó su arma.

—¡Deténgase!

Victor abrió la ventana y sujetó la cuerda.

Antes de salir, miró a Damian.

—Pregúntale a tu padre por North Atlantic.

Después descendió.

Marcus corrió hacia la ventana, pero no disparó. Debajo había vehículos, pacientes y personal médico.

—Seguridad cubrirá las salidas —dijo mientras hablaba por su comunicador—. Hombre blanco, sesenta años, bata médica, herida en el brazo derecho.

Damian apenas escuchaba.

Había ayudado a Elena a sentarse en el suelo.

—Mírame.

Ella temblaba violentamente.

—El bebé…

—Los médicos vienen.

—No siento…

—No termines esa frase.

Damian colocó una mano sobre su vientre.

No percibió ningún movimiento.

—Necesitamos ayuda aquí —gritó.

Varios médicos y enfermeras entraron corriendo. Retiraron a Damian mientras colocaban a Elena sobre una camilla.

—¿Qué sustancia había en la jeringa? —preguntó una doctora.

Caroline recogió el dispositivo utilizando una toalla.

—No lo sé. Él dijo que provocaría el parto.

La doctora se volvió hacia una enfermera.

—Llévala a toxicología. No toques la aguja.

El monitor fetal fue conectado nuevamente.

Un sonido débil apareció.

Después desapareció.

Damian dejó de respirar.

La médica movió el sensor.

—Vamos, pequeño.

Apareció otro sonido.

Más claro.

Un latido rápido.

Elena comenzó a llorar.

—Sigue ahí —dijo la doctora—. Pero tenemos una desaceleración intermitente. Debemos llevarla a evaluación inmediata.

—Voy con ella —dijo Damian.

—Esta vez no puede entrar todavía.

—No pienso dejarla sola.

La médica miró la puerta destruida, los agentes inconscientes y la sangre en el suelo.

—Entonces póngase ropa quirúrgica y no interfiera.

Damian se volvió hacia Marcus.

—Encuentra a Victor.

—Lo haré.

—Y a Rosa.

—La operación en Lowell está en marcha.

Damian miró a Caroline.

Su hermana permanecía sentada contra la pared. Tenía una herida en la frente y ambas manos cubiertas de sangre.

—¿Qué ocurrió antes de que llegáramos?

Caroline levantó la mirada.

—Entré y lo encontré preparando la jeringa.

—¿Cómo llegaste a la habitación?

—Utilicé el ascensor de servicio.

—¿Por qué?

—Porque Harrison me llamó.

Damian sintió que la desconfianza regresaba.

—¿Qué te dijo?

—Que mamá había perdido el control y que tú estabas destruyendo la compañía. Dijo que Elena había robado archivos privados y que necesitábamos recuperarlos antes de que fueran entregados a la prensa.

—¿Sabías que Victor estaba aquí?

—No.

—¿Sabías que había secuestrado a Rosa?

Caroline negó.

—No hasta que vi tus mensajes.

—¿Qué mensajes?

—Mamá tiene acceso a una copia de seguridad de tu teléfono corporativo.

Damian se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—El dispositivo pertenece formalmente a Archer Medical Systems. Harrison instaló un sistema de supervisión después del ataque informático del año pasado.

—Era para correos empresariales, no para mensajes privados.

—Harrison amplió el acceso.

Damian recordó cada conversación enviada desde aquel teléfono.

Las copias entregadas a los abogados.

La ubicación del hospital.

La comunicación con Marcus.

Harrison podía haber visto todo.

—¿Por qué me advertiste que no fuera al laboratorio?

—Escuché a Harrison hablando con Victor. Dijo que te mantendrían lejos del hospital durante veinte minutos.

—Después apareciste aquí.

—Vine a detenerlo.

—Pero antes me dijiste que Elena estaba destruyendo la familia.

Caroline bajó la cabeza.

—Creía que estaba exagerando.

—La viste herida.

—Sí.

—¿Y ahora?

Ella se limpió una lágrima con el dorso de la mano.

—Ahora sé que fui una cobarde.

Damian quiso responder, pero las puertas de la sala de evaluación se abrieron.

—Señor Archer —llamó una enfermera.

Corrió hacia ella.

—¿Qué ocurre?

—Elena ha comenzado a sangrar. El equipo está evaluando un posible desprendimiento parcial de placenta.

El mundo quedó en silencio.

—¿Qué significa eso?

—Puede ser consecuencia del estrés, de una caída o de un traumatismo. Necesitamos determinar si podemos detener el proceso o si debemos realizar una cesárea de emergencia.

—Faltan cinco semanas.

—Lo sabemos.

La enfermera le entregó ropa quirúrgica.

—Cámbiese inmediatamente.

Damian entró en un pequeño vestuario. Sus manos temblaban tanto que apenas podía abrocharse la bata.

Sacó la memoria del bolsillo.

La observó.

Una tarjeta diminuta.

Una pieza de plástico capaz de destruir carreras, revelar delitos y provocar que varias personas estuvieran dispuestas a matar.

Durante un instante quiso romperla.

Si no hubiera pruebas, quizá dejarían en paz a Elena.

Pero comprendió que no funcionaría.

Beatrice, Harrison y todos los implicados no podían permitir que Elena siguiera viva sabiendo lo ocurrido. La memoria no había creado el peligro. Solo demostraba que siempre había existido.

Damian volvió a guardarla.

Cuando entró en la sala, Elena estaba rodeada por médicos.

Su rostro parecía más pálido bajo la luz blanca.

—Damian.

Él se acercó y tomó su mano.

—Estoy aquí.

—¿Caroline?

—Está viva.

—Intentó ayudarme.

—Lo sé.

Elena cerró los ojos durante una contracción.

—No quiero que saquen al bebé todavía.

La obstetra, doctora Amelia Ross, se acercó.

—Vamos a intentar estabilizarlos. Pero necesito que comprenda que, si el ritmo cardíaco del bebé continúa descendiendo, una cesárea será la opción más segura.

—¿Sobrevivirá?

—A las treinta y cinco semanas, las probabilidades son buenas. Es posible que necesite cuidados neonatales.

Elena miró a Damian.

—Prométeme que estarás con él si yo no puedo.

—Estaré con ambos.

—Promételo.

—No voy a elegir entre vosotros.

—Damian.

Él acercó su rostro.

—Si el bebé sale y tú sigues aquí, me quedaré contigo hasta que estés estable. Después iremos juntos a verlo.

Elena soltó una pequeña risa.

—Siempre conviertes una promesa sencilla en una negociación.

—Es mi único talento.

—No. Tienes otro.

—¿Cuál?

—Llegar antes de que sea demasiado tarde.

La frase casi lo destruyó.

El monitor emitió una alarma.

La doctora observó la pantalla.

—Tenemos otra desaceleración.

El equipo comenzó a moverse con mayor rapidez.

—Elena, necesito que gires hacia el lado izquierdo.

Damian ayudó a moverla.

El ritmo mejoró lentamente.

—Ha respondido —dijo la doctora—. Continuaremos observando.

Durante los siguientes cuarenta minutos, cada sonido del monitor gobernó la respiración de Damian.

Cuando el latido aumentaba, podía pensar.

Cuando descendía, el resto del mundo desaparecía.

Finalmente, la doctora anunció que el sangrado había disminuido.

—No estamos fuera de peligro —explicó—, pero ahora mismo no realizaremos la cirugía. Permanecerá bajo vigilancia continua.

Elena abrió los ojos.

—¿Puede quedarse?

—Sí.

Damian se sentó junto a ella.

Cuando los demás salieron, ella habló en voz baja.

—Victor dijo algo antes de que entraras.

—¿Qué?

—Dijo que Beatrice no sabía que Harrison quería matarme.

—Puede haber mentido.

—Parecía enfadado con ella.

—Caroline también cree que Harrison tomó el control.

—¿Eso cambia algo?

Damian pensó en su madre sentada en la silla dorada.

En las firmas falsas.

En la palangana.

En su mano sujetando el cabello de Elena.

—No cambia lo que hizo.

—Pero puede significar que ella no sabe hasta dónde ha llegado el plan.

—Beatrice creó el plan.

—Y Harrison decidió eliminar a cualquiera que pudiera hacerlo fracasar.

Damian sostuvo su mano.

—No tienes que protegerla.

—No la protejo.

Elena miró el techo.

—Quiero saber exactamente quién ordenó cada cosa. Si culpamos a Beatrice de todo, Harrison puede esconderse detrás de ella.

Damian asintió.

Su esposa seguía pensando como la arquitecta que era. No miraba una sola pared. Miraba toda la estructura.

—Marcus encontrará a Rosa.

—Si sigue viva.

—El video demuestra que lo estaba hace menos de una hora.

El teléfono de Damian vibró.

Era Marcus.

Salió al pasillo para responder.

—Dime que la encontraste.

—La policía entró en la propiedad de Lowell.

—¿Rosa está allí?

—Sí.

Damian cerró los ojos.

—¿Está viva?

—Está herida, pero consciente. Una ambulancia la está trasladando.

—¿Quién estaba con ella?

—Dos hombres. Uno fue detenido. El otro escapó por una salida trasera.

—¿Victor?

—No. Victor estaba en el hospital. Creemos que era un empleado de North Atlantic llamado Paul Mercer.

—¿Rosa ha hablado?

—Dijo una cosa antes de que los médicos la atendieran.

—¿Qué?

—La contraseña del archivo cifrado no está en su poder.

—Elena dijo que mi padre se la había entregado.

—Rosa afirma que Edward Archer escondió la clave dentro de un objeto que usted heredó después de su muerte.

Damian frunció el ceño.

Había heredado relojes, libros, archivos médicos, una casa en Cape Cod y una antigua colección de instrumentos quirúrgicos.

—¿Qué objeto?

—No pudo decirlo. Perdió el conocimiento.

—¿En qué hospital está?

Marcus le dio el nombre.

—Hay algo más. El hombre detenido llevaba un teléfono. Encontramos mensajes de Harrison.

—¿Prueban que ordenó el secuestro?

—Prueban que ordenó recuperar documentos y mantener a Rosa incomunicada. Todavía no hay una orden explícita de matarla.

—¿Y Victor?

—Desapareció del hospital. Encontraron la bata y una cuerda en la terraza. Probablemente cambió de ropa y salió con visitantes.

—Bloquead aeropuertos y carreteras.

—La policía ya está trabajando.

—Harrison sabe que Rosa está viva.

—Aún no. La operación se mantiene en secreto.

Damian observó a Caroline a través de una ventana interior. Una enfermera limpiaba su herida.

—Necesito saber si mi hermana está implicada en las transferencias.

—Estamos revisando sus cuentas.

—Y quiero que desconectes cualquier acceso de la empresa a mi teléfono.

—Ya está hecho.

—Prepara otro dispositivo.

—Hay un agente que desea tomar su declaración.

—Después de que Elena esté estable.

—También debe decidir qué hacer con la reunión del consejo.

—Asistiré.

Marcus guardó silencio.

—¿Está seguro?

—Harrison espera que no aparezca. Quiere que parezca incapaz de dirigir la compañía.

—Su esposa está hospitalizada.

—Precisamente. Utilizará mi ausencia como prueba de que he perdido el control.

—Entonces podemos solicitar aplazarla.

—El consejo está comprometido. Una solicitud formal le dará tiempo para destruir archivos.

—¿Qué propone?

Damian miró la memoria.

—Que crean que no sabemos nada sobre Harrison.

—¿Y Beatrice?

—Quiero hablar con ella.

—Puede ser peligroso.

—Está fuera de la casa y todavía no ha sido detenida.

—La policía necesita más pruebas para arrestarla por los documentos financieros. En cuanto a la agresión contra Elena, pueden interrogarla y solicitar restricciones.

—Quiero verla antes de que Harrison le diga que Rosa está viva.

—¿Dónde?

Damian pensó unos segundos.

—En la capilla del hospital.

—¿Por qué allí?

—Porque mi madre nunca rechaza una oportunidad de parecer una buena cristiana.

Marcus no rio.

—Enviaré agentes encubiertos.

Damian terminó la llamada.

Cuando regresó a la habitación, Elena seguía despierta.

—Encontraron a Rosa.

Ella soltó el aire.

—Gracias a Dios.

—Está herida, pero viva.

Las lágrimas descendieron por sus mejillas.

—Quiero verla.

—Cuando ambos estéis estables.

—¿Dijo algo?

—Mi padre escondió la contraseña dentro de un objeto que heredé.

—¿Sabes cuál?

—No.

Elena observó el colgante.

—Quizá Edward sabía que no podrías entender la advertencia hasta que vieras lo que Beatrice era capaz de hacer.

Damian se sentó.

—Mi padre no era un hombre cruel.

—No he dicho eso.

—Si sabía que mi madre robaba dinero, ¿por qué no la denunció?

—Tal vez tenía miedo.

La palabra resultaba difícil de asociar con Edward Archer.

Había operado en zonas de guerra, enfrentado demandas millonarias y discutido con ministros de salud.

Pero dentro de su propia casa hablaba poco.

Siempre cedía a Beatrice.

—Yo lo juzgué —dijo Damian—. Pensaba que era débil.

—Quizá sobrevivía de la única manera que conocía.

—Y me dejó el problema.

—También intentó dejarte una salida.

Damian tomó su mano.

—Voy a reunirme con Beatrice.

Elena lo miró inmediatamente.

—¿Aquí?

—En la capilla.

—¿Por qué?

—Quiero que crea que todavía puede separarse de Harrison.

—¿Puede?

—No de lo que hizo. Pero quizá nos entregue pruebas si comprende que él está dispuesto a destruirla también.

—Ten cuidado.

—Habrá agentes.

—No hablo de violencia.

Elena apretó sus dedos.

—Beatrice sabe exactamente qué decir para convertir tu culpa en obediencia.

—Ya no.

—Llevas toda una vida intentando conseguir su aprobación. Eso no desaparece en una tarde.

Damian no respondió.

Ella tenía razón.

Había echado a su madre de la casa. Había denunciado la agresión. Había elegido a Elena.

Pero una parte de él todavía recordaba a Beatrice sentada junto a su cama cuando era niño, leyendo durante sus enfermedades. Recordaba cómo defendió su carrera, cómo levantó la compañía después de la muerte de Edward y cómo podía hacerle sentir que cualquier éxito suyo también le pertenecía a ella.

Las personas abusivas no eran monstruos en cada momento.

Si lo fueran, sería más fácil abandonarlas.

—No voy a pedir su aprobación —dijo.

—Entonces no le expliques por qué la estás enfrentando.

—¿Qué quieres decir?

—No intentes convencerla de que eres un buen hijo. Pregúntale por las pruebas.

Damian asintió.

—Descansa.

—No tardes.

—Volveré.

—Eso dijiste antes.

—Y regresé.

Elena sostuvo su mirada.

—Regresa otra vez.

La capilla del hospital estaba casi vacía.

Había seis filas de bancos de madera, una cruz sencilla y varias velas eléctricas. La lluvia golpeaba los pequeños vitrales.

Beatrice llegó quince minutos después.

No llevaba el elegante conjunto de la tarde. Había cambiado la blusa por un abrigo oscuro. Su cabello seguía perfectamente recogido, pero el cansancio comenzaba a aparecer alrededor de sus ojos.

Entró acompañada por Harrison Cole.

Damian no esperaba que el abogado apareciera.

Harrison tenía cincuenta y siete años, cabello plateado, rostro delgado y una sonrisa que nunca mostraba emoción auténtica.

—Solicité hablar contigo a solas —dijo Damian.

Harrison se sentó en el último banco.

—Tu madre necesita asesoramiento legal.

Beatrice caminó hacia su hijo.

—¿Cómo está Elena?

—Viva.

La respuesta hizo que ella se detuviera.

—Nunca quise que muriera.

Damian miró a Harrison.

El abogado permanecía inmóvil.

—¿Qué creías que ocurriría cuando la obligaste a arrodillarse durante casi una hora?

—Perdí la paciencia.

—Preparaste documentos falsificados.

—Los documentos protegían al bebé.

—Incluían mi firma.

Beatrice miró a Harrison.

—Me aseguraron que habías firmado durante una sesión anterior.

Damian observó la reacción del abogado.

—¿Quién te lo aseguró?

—El equipo jurídico.

—Harrison.

El hombre se levantó.

—Las firmas fueron procesadas por varios asistentes. Si existe una irregularidad, será investigada.

—También preparasteis un ingreso psiquiátrico para Elena.

—Basado en recomendaciones médicas.

—El doctor Reid intentó acceder hoy a su habitación sin autorización.

Harrison inclinó la cabeza.

—Eso es asunto del hospital.

—Victor Shaw entró con una jeringa.

Beatrice palideció.

No parecía fingir.

—¿Qué?

Damian no apartó los ojos de ella.

—Intentó inyectarle una sustancia que podía provocar el parto.

Beatrice se volvió hacia Harrison.

—Me dijiste que Victor solo recuperaría los documentos.

—No sabemos qué ocurrió realmente —respondió él—. Damian está emocionalmente alterado.

La misma estrategia.

La misma frase.

Damian vio cómo Beatrice la reconocía.

Durante años había utilizado aquella acusación contra otros. Ahora Harrison la utilizaba contra ella.

—Rosa está viva —dijo Damian.

Harrison perdió la sonrisa durante una fracción de segundo.

Beatrice lo miró.

—Dijiste que había abandonado el país.

—Eso creíamos.

—La secuestraste.

—No haga acusaciones sin pruebas.

—Trabajabas para mí.

—Trabajo para el fideicomiso.

—Yo te convertí en socio.

—Y el consejo puede retirarla mañana si continúa actuando de manera irracional.

Beatrice quedó inmóvil.

Damian comprendió que el poder ya había cambiado de manos.

Su madre creyó que utilizaba a Harrison para controlar la empresa.

Harrison había utilizado a Beatrice como rostro del golpe.

Si todo fracasaba, ella cargaría con la violencia y las falsificaciones mientras él conservaba las estructuras financieras.

—North Atlantic Advisory pertenece a Harrison —dijo Damian.

El abogado no respondió.

Beatrice lo miró.

—Me dijiste que pertenecía a un grupo de consultores.

—Pertenece a una estructura de inversión legítima.

—¿Quiénes son los beneficiarios?

—Esa información es confidencial.

—Yo autoricé veintisiete millones en pagos.

—Autorizó servicios para proteger la fundación.

—¿Dónde está el dinero?

Harrison tomó su abrigo.

—Esta conversación ha terminado.

Dos hombres se levantaron desde bancos separados.

Agentes de policía vestidos de civil.

—Señor Cole —dijo uno—, necesitamos que permanezca aquí.

Harrison miró a Damian.

—¿Me has tendido una trampa?

—Solo hice preguntas.

—No tienen orden de arresto.

—No —respondió el agente—. Pero queremos hablar sobre el secuestro de Rosa Martínez y sobre mensajes encontrados en el teléfono de Paul Mercer.

Harrison recuperó la calma.

—Contacten con mi abogado.

—Pensé que usted era el abogado —dijo Damian.

Harrison caminó hacia la salida acompañado por los agentes.

Antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Beatrice.

—No diga una palabra sin representación.

Ella no respondió.

Cuando quedaron solos, Damian se sentó en el banco opuesto.

Su madre miraba la cruz.

—No sabía que Victor intentaría dañar al bebé.

—Sabías que Elena estaba embarazada cuando la obligaste a arrodillarse.

—Quería asustarla.

—La agarraste por el cabello.

—Ella me provocó.

—No.

Damian mantuvo la voz baja.

—No vas a culparla otra vez.

Beatrice cerró los ojos.

—Harrison dijo que había robado documentos.

—Copió pruebas.

—Eran archivos privados.

—Mostraban que alguien robaba dinero.

—Creí que Elena intentaba utilizarlo para presionarme.

—¿Para qué?

—Para obligarme a renunciar al control de la fundación.

—Ella no quería tu fundación.

—Todo el mundo quiere algo.

—Eso es lo que siempre creíste.

Beatrice lo miró.

—No entiendes lo que cuesta mantener una familia como la nuestra.

—Hoy casi pierdo a mi esposa y a mi hijo. Háblame otra vez del coste.

La dureza de su rostro comenzó a quebrarse.

—Harrison me dijo que Elena planeaba divorciarse después del nacimiento.

—¿Y le creíste?

—Mostró correos.

—Falsificados.

—Parecían auténticos.

—¿Eso justificaba quitarle la tutela?

—Quería protegerte.

—No. Querías proteger el control que tienes sobre mí.

Beatrice apretó las manos.

—Después de que tu padre murió, todos intentaron arrancar partes de la empresa. Directores, inversores, políticos. Yo mantuve unido lo que él construyó.

—¿Utilizando North Atlantic?

Ella guardó silencio.

—¿Cuándo comenzó?

—Poco después de su muerte.

—¿De quién fue la idea?

—Harrison creó la compañía para financiar operaciones que no podían aparecer públicamente.

—¿Qué operaciones?

—Pagos a consultores, campañas políticas, acuerdos con hospitales.

—Sobornos.

—Protección estratégica.

—¿Mi padre lo sabía?

Beatrice miró hacia el altar.

—Descubrió algunas transferencias antes de morir.

—¿Discutisteis?

—Sí.

—¿Por qué escondió la contraseña?

Su madre volvió la cabeza.

—¿Qué contraseña?

Damian observó su reacción.

No conocía el archivo cifrado.

Edward lo había ocultado incluso de ella.

—Papá guardó registros.

Beatrice pareció perder el color.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Damian, tienes que encontrarlos antes que Harrison.

—¿Por qué?

—Porque si Edward documentó todo, no solo aparecerán los pagos de North Atlantic.

—¿Qué más?

Beatrice bajó la voz.

—Los ensayos de Bellweather.

Damian conocía el nombre.

Bellweather era un tratamiento cardíaco experimental retirado cinco años antes después de la muerte de tres pacientes.

Archer Medical Systems afirmó que solo había proporcionado equipos de monitorización.

—¿Qué hicisteis?

—La empresa farmacéutica necesitaba resultados rápidos. Harrison encontró clínicas extranjeras dispuestas a modificar algunos informes.

—Murieron personas.

—Las muertes ocurrieron después. Nadie podía preverlas.

—¿Mi padre lo descubrió?

—Sí.

—¿Y murió poco después?

Beatrice se levantó.

—Tu padre sufrió un ataque cardíaco.

—Conveniente.

Ella lo abofeteó.

El sonido resonó en la capilla.

Damian no se movió.

Beatrice miró su propia mano como si no reconociera el gesto.

—No vuelvas a insinuar que maté a Edward.

—¿Lo hiciste?

—¡No!

Su voz se quebró.

—Lo amaba.

Damian se puso de pie.

—También dices que me amas.

Beatrice comenzó a llorar.

No de la manera silenciosa de Elena sobre el mármol. Era un llanto contenido, orgulloso, como si incluso sus lágrimas necesitaran permiso.

—Edward iba a entregar los archivos al gobierno —dijo—. Si lo hacía, la empresa habría colapsado.

—¿Lo detuviste?

—Le pedí tiempo.

—¿Harrison habló con él?

—La noche antes de su muerte.

Damian sintió un frío profundo.

—¿Dónde?

—En Cape Cod.

La casa que Edward había dejado a Damian.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé. Edward regresó de madrugada. Estaba alterado. Discutimos. A la mañana siguiente lo encontré en el despacho.

—¿Dónde están sus cosas de esa noche?

—Guardaste todo en la casa.

La clave podía estar allí.

Y si Harrison sabía que Edward había ocultado pruebas, también buscaría en Cape Cod.

Damian sacó el teléfono.

—Marcus.

Su madre tomó su brazo.

—No utilices el teléfono corporativo.

—Ya está desconectado.

—Harrison tiene personas dentro de la policía, la empresa y los hospitales.

—Lo sé.

—No sabes hasta dónde llega.

—Entonces dímelo.

Beatrice miró hacia la puerta.

—Caroline recibió dinero de North Atlantic, pero no conocía Bellweather. El doctor Reid falsificó informes para varios miembros del consejo. Victor trabajaba directamente para Harrison desde hace dos años. Y hay otra persona.

—¿Quién?

—La doctora Amelia Ross.

Damian sintió que la sangre abandonaba su rostro.

La obstetra que atendía a Elena.

—Mientes.

—Harrison pagó las deudas de su clínica.

Damian salió corriendo de la capilla.

Marcó el número de Marcus mientras avanzaba.

—¿Dónde estás?

—Interrogando al hombre detenido en Lowell.

—Envía agentes a maternidad. La doctora Ross trabaja con Harrison.

—¿Está seguro?

—Mi madre acaba de confesarlo.

Damian entró en el ascensor.

La señal se perdió.

Golpeó el botón de la sexta planta.

Cuando las puertas se abrieron, el pasillo parecía normal.

Demasiado normal.

Caroline ya no estaba junto a la ventana.

La enfermera del mostrador tampoco.

Damian corrió hacia la habitación.

Elena seguía en la cama.

La doctora Ross estaba junto al suero.

Sostenía una pequeña ampolla.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Damian.

La médica se volvió.

—Administrando medicación para detener las contracciones.

—Apártese del suero.

—Señor Archer…

—He dicho que se aparte.

Elena abrió los ojos.

—Damian, ¿qué ocurre?

Él desconectó el tubo.

La doctora dio un paso hacia él.

—Está poniendo en riesgo a su esposa.

—¿Qué contiene la ampolla?

—Nifedipino.

—Eso no se administra así.

La expresión de Amelia cambió.

Solo durante un instante.

Pero fue suficiente.

Damian tomó la ampolla.

—Voy a llamar a otro médico.

Amelia intentó recuperarla.

Elena levantó una mano.

—No me toque.

La doctora miró hacia la puerta.

Dos hombres de seguridad aparecieron.

Por un momento, Damian no supo si pertenecían al hospital o a Harrison.

Después uno mostró su placa policial.

—Doctora Ross, mantenga las manos visibles.

Amelia retrocedió.

—Esto es absurdo. Estoy tratando a una paciente.

Un farmacéutico entró detrás de los agentes. Examinó la ampolla.

—No pertenece al inventario del hospital.

La doctora dejó caer su máscara.

Corrió hacia el armario, tomó unas tijeras y sujetó a Elena por el hombro.

Damian avanzó.

—No se acerque —gritó Amelia.

Las tijeras temblaban cerca del cuello de Elena.

—Harrison dijo que solo tenía que provocar una cesárea —continuó—. Dijo que nadie saldría herido.

—Entonces baje las tijeras.

—Si me arrestan, lo perderé todo.

Elena la miró.

—Yo casi perdí a mi hijo por tus deudas.

Amelia comenzó a llorar.

—No sabe lo que me hicieron.

—Sí lo sé —respondió Elena—. Utilizaron algo que amabas para obligarte. Eso no convierte en aceptable lo que hiciste después.

La médica apretó las tijeras.

Damian vio que su atención se desviaba hacia Elena.

Avanzó.

Sujetó su muñeca y la apartó.

Los agentes la redujeron.

La ampolla cayó al suelo sin romperse.

El farmacéutico la recogió.

—La analizaremos inmediatamente.

Amelia fue esposada.

Mientras la llevaban hacia la puerta, miró a Damian.

—Harrison no necesita que el bebé muera.

—¿Qué necesita?

—Solo que nazca antes de medianoche.

—¿Por qué?

—La cláusula del fideicomiso cambia mañana.

Damian se volvió hacia Elena.

—¿Qué cláusula?

Ella negó.

—No lo sé.

Amelia rio con desesperación.

—Nadie os contó la verdad sobre el primer heredero Archer.

Los agentes intentaron hacerla avanzar.

—¡Esperen! —ordenó Damian—. ¿Qué cambia mañana?

La doctora lo miró.

—A medianoche se cumplen treinta años desde la creación del fideicomiso original. Si el heredero nace antes, recibe el cuarenta por ciento de las acciones.

—¿Y después?

—Las acciones permanecen en el fondo general durante otra generación.

Damian comprendió.

El bebé no recibiría solo una participación menor.

Si nacía aquella noche, controlaría casi la mitad de Archer Medical Systems.

El falso acuerdo entregaría a Beatrice la administración.

Harrison controlaría a Beatrice mediante los delitos de North Atlantic.

Y si Elena era ingresada o moría durante el parto, nadie podría impugnar la estructura inmediatamente.

—¿Por qué mi padre nunca me habló de esa cláusula?

Amelia negó.

—Pregúntale a la mujer que pasó treinta años esperando esta noche.

Beatrice.

Damian miró la hora.

Faltaban menos de dos horas para medianoche.

El monitor fetal emitió una nueva alarma.

Elena se llevó ambas manos al vientre.

—Damian…

Una contracción más fuerte dobló su cuerpo.

Las líneas de la pantalla comenzaron a cambiar.

El farmacéutico miró el suero desconectado.

—Es posible que ya hayan administrado una parte de la sustancia.

Otro médico entró.

Examinó a Elena.

Su expresión se volvió grave.

—El trabajo de parto ha comenzado.

Damian miró el reloj.

Harrison había perdido a Rosa.

Victor había fracasado.

La doctora Ross había sido descubierta.

Pero el plan principal seguía avanzando.

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El bebé estaba llegando antes de medianoche.

Y, en algún lugar, alguien esperaba el instante exacto de su nacimiento para reclamar una fortuna que llevaba treinta años oculta dentro de un fideicomiso familiar.

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