Chapter 6 - El abogado que conocía todas las puertas

Valeria pasó siete horas dentro de la Fiscalía Financiera.
No estaba detenida, pero tampoco podía marcharse libremente. Dos inspectores revisaron sus movimientos bancarios, sus sociedades y las autorizaciones vinculadas con la transferencia de cuarenta millones de euros.
La empresa receptora se llamaba Luz del Norte Patrimonial.
Había sido constituida siete años atrás, exactamente catorce días antes de la boda entre Valeria y Nicolás. Los documentos mercantiles mostraban su nombre completo, una copia de su pasaporte, su firma y una dirección que había utilizado durante la universidad.
—Nunca había escuchado ese nombre —declaró Valeria.
La fiscal, Clara Montoro, colocó sobre la mesa una fotografía tomada durante la creación de la sociedad.
Mostraba a una mujer entrando en una notaría.
Llevaba gafas oscuras y un pañuelo alrededor del cabello. Su rostro no se veía con claridad, pero tenía una altura y una constitución parecidas a las de Valeria.
—¿Es usted?
—No.
—El notario afirmó que verificó personalmente su identidad.
—¿Quién era?
Clara leyó el expediente.
—Ricardo Robles.
Valeria dejó escapar una respiración amarga.
El padre de Bianca había preparado la sociedad antes de que su hija comenzara a trabajar para el Grupo Ferrer. Eso significaba que Bianca no era el origen del plan.
Solo una pieza incorporada años después.
—¿Quién presentó los documentos al señor Robles? —preguntó Valeria.
—Según su declaración inicial, un representante del Fideicomiso Aurora.
—¿Qué representante?
—Se niega a responder sin un acuerdo con la fiscalía.
Valeria miró hacia la cámara instalada en la sala.
—Entonces ofrézcanle la oportunidad de explicar por qué participó en una operación de suplantación de identidad.
—Eso ya está ocurriendo.
Clara cerró la carpeta.
—Hay algo más. La transferencia de esta mañana no se autorizó únicamente con su firma digital. Se utilizó una muestra biométrica creada durante la firma de su acuerdo prenupcial.
—Eso fue siete años atrás.
—El sistema conservó una plantilla de su huella y de su voz.
—Aurora no permite reutilizar datos biométricos.
—Oficialmente, no.
La fiscal proyectó un informe técnico.
La orden había sido enviada desde un servidor interno del fideicomiso. No desde el teléfono real de Valeria. El código registrado en su dispositivo fue replicado mediante una copia de seguridad que solo podía consultar el administrador jurídico principal.
Valeria comprendió antes de escuchar el nombre.
—Julián.
Clara no confirmó la sospecha.
—El señor Costa ha sido citado.
—Estaba conmigo cuando conocí la acusación.
—Ya no responde a nuestras llamadas.
El abogado que la acompañó durante la activación del Protocolo Aurora había desaparecido menos de una hora después de que Valeria entrara en la fiscalía.
También faltaban varios archivos originales del fideicomiso.
Cuando finalmente le permitieron salir, Mercedes esperaba dentro de un vehículo.
La anciana parecía haber envejecido durante aquellas horas.
—Julián no está en su apartamento —dijo—. Su oficina ha sido vaciada.
—¿Desde cuándo conoces la posibilidad de que tuviera acceso a mis biométricos?
—Todos los abogados principales tenían acceso limitado.
—No he preguntado eso.
Mercedes apartó la mirada.
Valeria se sentó frente a ella.
—La sociedad fue creada antes de mi boda. Julián preparó el acuerdo prenupcial. También administró la firma biométrica.
—Sí.
—¿Sabías que podía reutilizarla?
—No.
—¿Estás segura o es otra verdad que decidiste ocultar para proteger el patrimonio?
Mercedes recibió la pregunta sin defenderse.
—No sabía lo de la sociedad.
—Pero sabías algo sobre él.
—Julián llevaba años resentido.
—¿Por qué?
La anciana miró por la ventana.
—Porque era hijo de tu abuelo.
Valeria permaneció inmóvil.
—¿Mi tío?
—Medio tío.
Álvaro Alcázar tuvo una relación con una joven abogada antes de casarse con la madre de Mercedes. La mujer quedó embarazada, pero la familia pagó para que abandonara Madrid.
Años después, Álvaro encontró al niño.
Julián tenía quince años.
No lo reconoció públicamente, pero pagó sus estudios y lo incorporó al despacho que administraba los activos familiares.
—Lo convirtió en su abogado —dijo Valeria.
—Era brillante.
—Era su hijo.
—Álvaro temía destruir a la familia.
Valeria soltó una risa sin alegría.
—Por eso escondió una familia para proteger a otra.
Mercedes cerró los ojos.
—Julián sabía quién era.
—¿Y sabía que yo heredaría Aurora?
—Sí.
—Entonces trabajó durante décadas para administrar una fortuna que creía que también le pertenecía.
—Tu abuelo le dejó una cantidad importante.
—Pero no el control.
—No.
Valeria entendió el motivo, aunque no justificaba nada.
Julián no había creado la sociedad únicamente para robar cuarenta millones. Había preparado un mecanismo capaz de acusarla y activar la sustitución administrativa.
Nicolás no era el beneficiario final.
Era un hombre orgulloso que Julián podía utilizar temporalmente.
El teléfono de Mercedes comenzó a sonar.
Número desconocido.
Valeria respondió.
La voz de Julián llegó con absoluta tranquilidad.
—Sobrina.
—¿Dónde estás?
—En un lugar que también debería haber pertenecido a mi madre.
—Has robado cuarenta millones.
—He recuperado una fracción de lo que Álvaro me negó.
—Utilizaste mi identidad.
—La identidad Alcázar también es mía.
—Entonces podías reclamarla ante un tribunal.
Julián se rio.
—¿Ante los jueces que tu abuela invitaba a cenar? ¿Con los documentos que Álvaro ordenó destruir?
Mercedes se inclinó hacia el teléfono.
—Julián, termina esto.
—Tú tuviste treinta años para terminarlo.
—Te ofrecimos una posición, propiedades y seguridad.
—Me ofrecisteis una silla junto a la mesa mientras vuestra hija ocupaba la cabecera.
Valeria respondió:
—No fui yo quien te negó el apellido.
—Pero aceptaste todos sus beneficios.
—Sin saber que existías.
—La ignorancia siempre ha sido el lujo favorito de esta familia.
La frase golpeó a Valeria porque contenía una parte de verdad.
—¿Qué quieres?
—Una declaración pública que reconozca que soy hijo de Álvaro Alcázar y copropietario del Fideicomiso Aurora.
—El parentesco no te convierte automáticamente en beneficiario.
—Por eso también firmarás una transferencia del treinta y cuatro por ciento.
—No.
—Entonces Mercedes tendrá que explicar personalmente por qué deberías reconsiderarlo.
La pantalla del teléfono cambió.
Apareció una videollamada.
Mercedes estaba sentada en el vehículo junto a Valeria, por lo que durante un segundo ninguna entendió la imagen.
Después reconocieron a Teresa Ferrer.
La madre de Nicolás estaba atada a una silla dentro de una bodega.
Tenía una herida en la frente.
—No has secuestrado a Mercedes —dijo Valeria.
—Todavía no. Tu abuela siempre creyó que podía prever mis movimientos.
Teresa levantó la cabeza.
—No firmes nada.
Julián colocó una mano sobre su hombro.
—La señora Ferrer conserva documentos que Arturo entregó antes de morir. Entre ellos está la prueba de que Mercedes conocía el testamento falso.
Valeria miró a su abuela.
—¿Es verdad?
Mercedes palideció.
—Arturo me pidió tiempo.
—¿Cuánto tiempo necesitabas para decirme que mi marido robó acciones a su propia madre?
—No era tan simple.
Julián sonrió desde la pantalla.
—Nunca lo es cuando Mercedes decide esconder algo.
Detrás de Teresa aparecía una pared de piedra y varias barricas marcadas con una letra A.
Valeria reconoció el lugar.
La antigua finca Alcázar, abandonada desde la muerte de su abuelo.
—Ven antes de medianoche —ordenó Julián—. Trae el sello original de Aurora y la autorización para retirar la denuncia financiera.
—La fiscalía no depende de mí.
—Pero tu declaración puede convertir la transferencia en un error administrativo.
—No mentiré.
—Entonces Teresa sufrirá las consecuencias de una guerra que su hijo empezó.
—Nicolás la empezó cuando me golpeó. Tú llevabas siete años preparándola.
Julián mantuvo la calma.
—Siempre fuiste más inteligente que él.
La llamada terminó.
Mercedes tomó el brazo de Valeria.
—No puedes ir.
—Teresa está allí porque intentó decir la verdad.
—Podría ser una trampa.
—Lo es.
—Entonces deja que intervenga la policía.
—Julián conoce todos los protocolos de Aurora. También preparó sistemas de seguridad para la finca.
Valeria llamó a la fiscal Clara Montoro y le entregó la grabación.
Después miró a Mercedes.
—Esta vez no decidirás por mí qué verdad puedo soportar.
—No intento controlarte.
—Eso decías cada vez que ocultabas algo.
Mercedes bajó la mano.
Valeria pidió que prepararan el sello del fideicomiso.
No pensaba transferir ninguna acción.
Pero después de siete años de documentos falsos, necesitaba mirar al hombre que había construido la trampa y obligarlo a hablar fuera de una sala privada.
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Esta vez, cada palabra sería grabada.
Y no permitiría que otro miembro de su familia confundiera el silencio con protección.