Chapter 1 - La criada y la llave del león

El bastón golpeó a Mara con tanta fuerza que la hizo girar sobre sí misma.
La bandeja de champán salió despedida de sus manos.
Las copas de cristal se hicieron añicos contra el suelo de mármol.
Un niño gritó.
La orquesta dejó de tocar.
Durante un segundo, el salón de baile del Hotel Belladonna quedó completamente en silencio.
Después comenzaron los susurros.
Celeste Armand bajó lentamente el bastón con empuñadura de plata y sonrió.
—Vas a pagar por esto.
Mara apenas la escuchaba.
Miró por encima de su hombro.
El pequeño seguía vivo.
Eso era lo único importante.
Unos segundos antes, una olla de sopa hirviendo había caído de una mesa de servicio. El niño se encontraba justo debajo. Mara lo había apartado de un tirón y, en el movimiento, había empujado accidentalmente a Celeste.
—El niño iba a quemarse —dijo Mara.
—Me tocaste.
—Lo aparté.
—Me avergonzaste delante de todos.
Celeste levantó otra vez el bastón.
El segundo golpe nunca llegó.
Una mano lo detuvo en el aire.
Celeste se volvió.
—¿Dante?
Dante Moretti estaba detrás de ella.
No gritaba.
No parecía furioso.
Y precisamente por eso resultaba más peligroso.
Sus dedos rodeaban la madera del bastón mientras observaba primero a Mara.
La manga negra del uniforme estaba rota y la sangre le bajaba por el hombro.
—¿Ella te hizo eso?
Mara no respondió.
Dante volvió la mirada hacia Celeste.
—He hecho una pregunta.
Celeste soltó una pequeña carcajada.
—Es una criada.
El salón quedó nuevamente en silencio.
Dante le quitó el bastón.
—Contesta.
—Me avergonzó.
—Salvó a un niño.
—Me puso las manos encima.
Dante rompió el bastón en dos.
El sonido seco resonó por toda la sala.
Celeste palideció.
—Ese bastón perteneció a mi abuela.
—Entonces tu abuela merecía una nieta mejor.
Algunos invitados retrocedieron.
Otros sacaron discretamente sus teléfonos.
Dante ni siquiera los miró.
—Cierren las puertas.
Cuatro hombres de seguridad Moretti reaccionaron de inmediato.
Las enormes puertas del salón se cerraron.
Los cerrojos encajaron.
Nadie saldría.
Celeste lo miró horrorizada.
—¿Qué estás haciendo?
—Descubriendo quién vio una agresión y decidió guardar silencio.
Dante caminó hacia Mara.
Ella retrocedió instintivamente.
Él se detuvo.
—¿Puedo?
Mara lo miró confundida.
—¿Puede qué?
Dante señaló su chaqueta.
—Cubrirte.
Mara miró alrededor.
Cientos de ojos observaban la tela rota de su uniforme.
—Nadie pide permiso a gente como yo.
—Yo sí.
Después de unos segundos, Mara asintió.
Dante se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros.
Después se volvió hacia los invitados.
—¿Quién vio lo que pasó?
Silencio.
Dante señaló al niño.
—Tú.
El pequeño se escondió parcialmente detrás de su madre.
—Mamá…
—No tiene que hablar —protestó ella.
—Sí —respondió Dante—. Porque los adultos aquí presentes parecen haber olvidado cómo hacerlo.
El niño miró a Mara.
—Ella me empujó.
Celeste sonrió.
Entonces el niño continuó:
—Me empujó para salvarme. La sopa iba a caer encima de mí.
Los murmullos recorrieron el salón.
La madre asintió.
—Es verdad.
Celeste tensó la mandíbula.
—Está confundido.
—No —dijo el niño—. Ella me salvó.
Dante miró a su prometida.
—¿Algo que quieras añadir?
—¿Estás eligiendo a una sirvienta antes que a mí?
—Estoy eligiendo la verdad.
Un vaso cayó en algún lugar del fondo.
Dante giró la cabeza.
Un camarero corría hacia una salida lateral.
—Detenedlo.
Uno de los guardias le bloqueó el paso.
El hombre sacó una pistola.
Todo ocurrió a la vez.
El primer disparo destrozó parte de una lámpara.
Dante derribó a Mara y cubrió su cuerpo mientras los invitados gritaban.
El atacante disparó otra vez y huyó hacia la cocina.
Dante corrió detrás.
Mara tomó un cuchillo caído del servicio y lo siguió.
—¡Quédate atrás! —ordenó Dante.
Ella no obedeció.
En la cocina, el atacante disparó a ciegas.
Los cocineros se refugiaron bajo las mesas.
Mara empujó un carrito metálico directamente contra él.
El hombre perdió el equilibrio.
Dante se lanzó encima.
La pistola salió despedida.
El atacante llevó algo a su boca.
Dante le sujetó la mandíbula, pero ya era tarde.
Su cuerpo comenzó a convulsionar.
—¿Quién te envió? —preguntó Dante.
El hombre sonrió.
Después dejó de respirar.
Mara dio un paso atrás.
Entonces algo cayó desde debajo de su uniforme.
Una pequeña llave de latón.
Dante la recogió.
En la cabeza estaba grabado un león alado.
Su expresión cambió.
—¿De dónde has sacado esto?
—Siempre la he tenido.
—¿Quién te la dio?
—No lo sé.
Dante miró al atacante.
Abrió su mano cerrada.
Dentro había otra llave.
Exactamente el mismo león.
Pero debajo había una inscripción.
BÓVEDA 7.
Dante levantó la mirada hacia Mara.
El atacante no había ido a matarla.
Había ido a buscarla.
Y entonces el teléfono del muerto vibró.
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Un único mensaje apareció en la pantalla:
TRAED A LA HEREDERA VIVA.