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Capítulo6 - El hombre detrás del rostro

La grabación de Lorenzo continuó mientras nadie en la sala se atrevía a respirar.

El anciano tenía una herida abierta sobre la ceja y sangre seca en el cuello de la camisa. Detrás de él, la figura con el rostro de Esteban permanecía inmóvil. Sus ojos, cubiertos por lentes completamente negros, no reflejaban la luz.

—Mi hijo Esteban desapareció después del accidente en los Alpes —dijo Lorenzo a la cámara—. El hombre que regresó seis meses más tarde conocía sus recuerdos públicos, imitaba su voz y llevaba sus huellas. Pero olvidó cómo llamaba Esteban a su madre cuando tenía miedo. Tampoco recordaba que era alérgico a las almendras.

La figura avanzó.

La grabación terminó con un golpe y la imagen quedó en negro.

Adrián miró a Diego.

—¿Quién es ese hombre?

—Durante años creí que era tu padre.

—No te he preguntado qué creías.

Diego bajó la mirada.

Después de sobrevivir al accidente automovilístico, había despertado en la clínica suiza sin recordar su propio nombre. El hombre con el rostro de Esteban pagó sus operaciones y se presentó como su protector. Poco a poco, le entregó fotografías, cartas y grabaciones con las que reconstruyó su pasado.

También le proporcionó pruebas falsas contra Elena.

—Manipuló mi memoria sin necesidad de borrarla —dijo Diego—. Solo tuvo que decidir qué verdad me mostraba primero.

Sofía examinó los archivos de la unidad. Entre ellos encontró expedientes quirúrgicos protegidos con contraseña. Las fotografías documentaban una reconstrucción facial realizada once años atrás.

El paciente no se llamaba Esteban Velasco.

Se llamaba Gabriel Montenegro.

Gabriel era el hijo mayor de Octavio Montenegro, nacido de una relación que la familia había ocultado. Había crecido en distintos internados y nunca recibió legalmente el apellido de su padre. Sin embargo, desde joven fue preparado para infiltrarse en el Grupo Velasco.

Su estatura, edad y estructura ósea eran similares a las de Esteban. Tras el accidente de helicóptero, varios cirujanos modificaron su mandíbula, nariz y pómulos. Las lentes negras de la grabación ocultaban el color de sus ojos mientras sanaban las córneas después de una intervención experimental.

—Octavio convirtió a su propio hijo en Esteban —murmuró Elena.

—Y luego lo envió a reemplazar al mío —dijo Beatriz desde la puerta.

Nadie la había oído entrar.

Beatriz contempló las fotografías quirúrgicas con lágrimas contenidas. Reconoció el momento exacto en que había empezado a sospechar. El hombre que regresó de Europa parecía su esposo, pero había dejado de tocar el piano, confundía los aniversarios y evitaba dormir junto a ella.

Cuando lo enfrentó, él le mostró un video de Adrián entrando en la universidad.

Un tirador lo observaba desde un automóvil.

Gabriel prometió mantener vivo al muchacho si Beatriz aceptaba colaborar.

—¿Por eso ayudaste a fingir su segunda muerte? —preguntó Adrián.

—Creí que podía vigilarlo mejor desde dentro.

—Permitiste que controlara nuestras vidas durante once años.

—Y cada año intenté reunir pruebas suficientes para detenerlo.

Elena no permitió que la conversación se transformara en una discusión familiar.

—Camila y la bebé siguen secuestradas. Gabriel quiere a Mateo antes de medianoche. Necesitamos saber para qué.

Sofía abrió los expedientes médicos de la niña. El diagnóstico apareció en la última página: inmunodeficiencia combinada grave. Sin un trasplante compatible, la bebé podía morir en cuestión de semanas.

Mateo era su medio hermano por parte de Elena. Los análisis preliminares indicaban que posiblemente era el único donante compatible.

El mensaje de Gabriel sobre la sangre de Lorenzo era una mentira.

No quería una prueba de asesinato.

Quería la médula de Mateo.

Elena sintió una mezcla insoportable de compasión y furia. La niña no tenía culpa de haber sido creada como parte de un fraude. Pero Gabriel estaba dispuesto a secuestrar a un niño para salvarla.

—¿Podrían extraer la médula sin matarlo? —preguntó Adrián.

—En un hospital normal y con especialistas, el procedimiento puede realizarse con seguridad —respondió Sofía—. Pero esa clínica está fuera de cualquier control. No sabemos qué piensa hacerle.

—No pienso llevarlo.

—No tendremos que hacerlo —dijo Diego—. Gabriel espera que lleguemos desesperados. Podemos utilizar eso.

El antiguo hospital de la Fundación Velasco se encontraba a cuarenta kilómetros de Madrid. Había cerrado siete años atrás después de una investigación por irregularidades. Oficialmente estaba vacío.

Diego conocía una entrada subterránea conectada a un centro de rehabilitación abandonado. Esteban —o Gabriel— la había utilizado para entrar y salir sin aparecer en las cámaras.

El inspector preparó un equipo táctico, pero Elena exigió participar.

—No es negociable —dijo Adrián—. Hay hombres armados.

—Esa niña fue creada con algo que me robaron. Camila arriesgó su vida para dejarme pruebas. No voy a esperar en una habitación mientras ustedes deciden qué hacer con ellas.

—No quiero que Mateo pierda también a su madre.

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces asegúrate de que regrese.

Mateo permanecería en el palacio bajo protección. Para engañar a Gabriel utilizarían un muñeco térmico cubierto con la chaqueta del niño. El automóvil de Elena sería conducido hasta la entrada principal mientras el equipo entraba por los túneles.

Antes de marcharse, Elena habló con Mateo.

No le ocultó la verdad. Le explicó que la bebé de la fotografía era su media hermana y estaba enferma.

—¿Mi sangre puede ayudarla?

—Es posible.

—Entonces quiero hacerlo.

—Solo si un médico independiente confirma que es seguro y solo si tú sigues queriendo hacerlo cuando todo esto termine. Nadie puede obligarte.

Mateo miró a Diego a través del cristal de la sala contigua.

—¿Él también regresará?

Elena no sabía qué responder.

—Diego tendrá que demostrar quién ha elegido ser.

A las once y treinta, el convoy abandonó el palacio.

Durante el trayecto, Diego reveló que el hospital contenía una cámara acorazada con documentos originales de Lorenzo. Gabriel nunca consiguió abrirla porque requería tres identificaciones: la voz de Esteban, la huella de Beatriz y la sangre de un descendiente directo.

Mateo cumplía el tercer requisito.

Gabriel necesitaba al niño tanto para salvar a la bebé como para abrir la cámara.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Adrián.

—El verdadero testamento y una lista de todas las personas compradas por Octavio.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque Esteban me hizo creer que abrirla causaría la muerte de Elena.

—Ese hombre no es Esteban.

Diego apretó el bastón entre sus manos.

—Ahora lo sé.

Llegaron al centro de rehabilitación a las once y cincuenta. El equipo abrió la entrada subterránea y descendió en silencio. El túnel olía a humedad y productos químicos.

Al otro lado de una puerta metálica encontraron habitaciones llenas de equipos médicos recientes. Había incubadoras, máquinas de transfusión y documentos preparados para registrar a la bebé como hija de Adrián y Valeria.

Elena encontró una pequeña manta todavía caliente.

Camila y la niña habían estado allí pocos minutos antes.

Una voz surgió de los altavoces.

—Llegas tarde, Elena.

En una pantalla apareció Gabriel. Sin las lentes negras, sus ojos eran grises. Su parecido con Esteban seguía siendo perturbador, pero las cámaras de alta definición revelaban pequeñas cicatrices alrededor de las orejas.

—¿Dónde están? —preguntó Elena.

—En la única habitación a la que no pueden entrar sin Mateo.

La pantalla mostró la cámara acorazada.

Camila estaba dentro, abrazada a la bebé. El suministro de aire descendía lentamente.

—Tienen siete minutos —dijo Gabriel—. Traigan al niño o vean morir a las dos.

Adrián levantó la vista hacia una cámara.

—Mateo no está aquí.

Gabriel sonrió.

—Eso es exactamente lo que esperaba.

Detrás de ellos sonó el cierre de la puerta del túnel.

Las luces se volvieron rojas.

Diego miró su teléfono y palideció.

En la pantalla apareció una transmisión desde el palacio.

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Mateo ya no estaba en la habitación protegida.

Caminaba por un corredor de la mano de Valeria.

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