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Capítulo4 - El muerto que firmaba contratos

La fotografía mostraba un estacionamiento subterráneo iluminado por una sola lámpara. Diego Ortiz estaba de perfil, con una carpeta bajo el brazo. Frente a él aparecía un hombre alto de cabello gris.

Elena había visto cientos de retratos de Esteban Velasco en las oficinas del grupo. No podía confundirlo.

—Tu padre está vivo —dijo.

Adrián sostuvo la imagen con ambas manos.

Esteban Velasco había muerto once años atrás durante un accidente de helicóptero en los Alpes. El aparato se incendió antes de que llegaran los equipos de rescate. Solo recuperaron restos parciales, identificados mediante registros dentales.

Adrián recordaba el ataúd cerrado, la mano de su madre sobre su hombro y la promesa de que algún día vengaría la negligencia de los pilotos.

Ahora comprendía que quizá no había habido negligencia ni muerte.

Sofía examinó el reverso de la fotografía. Allí aparecía una fecha y una secuencia de números. Los números correspondían a una cuenta interna utilizada por la Fundación Velasco.

—Desde esta cuenta se pagan becas y proyectos médicos —explicó.

—También puede utilizarse para ocultar dinero —respondió Elena.

Regresaron al palacio y se instalaron en una sala protegida por agentes ajenos a la seguridad privada de las familias. Sofía obtuvo autorización de emergencia para revisar las operaciones de la fundación.

Durante once años, pequeñas cantidades habían sido transferidas a clínicas, residencias y laboratorios en distintos países. En conjunto, superaban los ciento cuarenta millones de euros.

Cada pago estaba aprobado por un usuario llamado “L.V.-01”.

Las iniciales parecían corresponder a Lorenzo Velasco, el abuelo fallecido. Sin embargo, algunos accesos se habían realizado con la voz y el patrón biométrico de Esteban.

—Alguien lleva más de una década utilizando las identidades de los muertos —dijo Sofía.

Adrián recordó la firma sintética colocada aquella mañana en el contrato matrimonial.

Quizá la misma tecnología había funcionado durante años.

Beatriz fue conducida a la sala de interrogatorios. Ya no llevaba la expresión autoritaria de la ceremonia. Se había quitado los zapatos y mantenía las manos unidas sobre la mesa.

—¿Mi padre está vivo? —preguntó Adrián.

Ella lo miró con cansancio.

—No sé dónde está.

—No he preguntado dónde está.

Beatriz guardó silencio.

—Lo ayudaste a fingir su muerte.

—Lo ayudé a mantenerte con vida.

Según Beatriz, Esteban descubrió que Lorenzo había utilizado la fundación para financiar una red de adopciones ilegales, identidades falsas y transferencias de patrimonio. Personas poderosas pagaban para colocar hijos no reconocidos dentro de familias influyentes.

Esteban intentó denunciarlo.

Lorenzo amenazó a Adrián, que entonces tenía diecinueve años.

Para protegerlo, Esteban fingió su muerte y desapareció con parte de las pruebas. Beatriz debía permanecer dentro del grupo y vigilar a Lorenzo.

—El abuelo murió cinco años después —dijo Adrián—. ¿Por qué papá no regresó?

—Porque descubrió que Lorenzo no actuaba solo.

—¿Quién más estaba implicado?

Beatriz miró hacia el espejo de la sala, consciente de que la policía escuchaba.

—Octavio Montenegro.

La alianza matrimonial había sido idea de Esteban. No pretendía robar el grupo, según Beatriz, sino obligar a Octavio a exponer la red al intentar controlar las acciones del heredero.

El embarazo falso era un cebo.

—¿Me utilizaste como cebo en mi propia boda?

—Necesitábamos documentos que pudieran presentarse ante un tribunal.

—Un niño fue secuestrado durante diecisiete segundos.

—Eso no estaba planeado.

—¿Y ocultar que Mateo podía ser mi hijo?

Beatriz bajó los ojos.

—Esteban pensaba que el niño estaría más seguro sin el apellido Velasco.

Elena entró en la sala antes de que Adrián pudiera responder.

—No vuelva a utilizar la palabra “seguro” para justificar lo que hicieron.

Beatriz la miró.

—No entiende contra quién luchamos.

—Mi esposo está muerto. Mi hijo ha vivido ocho años creyendo que no tenía derecho a conocer su propia historia. Perdí mi trabajo, mi casa y mi reputación. Lo entiendo perfectamente.

—Diego no murió por casualidad.

—Eso ya lo sé.

—No. No lo sabe todo.

Beatriz reveló que Diego había trabajado con Esteban. Juntos recopilaron pruebas sobre la modificación fraudulenta del testamento de Lorenzo. El día del accidente, Diego llevaba una copia completa.

Esteban lo esperaba en el estacionamiento.

Nunca llegó a recibir la carpeta.

El automóvil de Diego fue saboteado cuando salió del edificio.

Sin embargo, la policía no encontró ningún documento entre los restos.

—¿Quién sabía que llevaba la carpeta? —preguntó Elena.

—Tres personas: Esteban, yo y Camila Rojas.

—Camila todavía no trabajaba para los Montenegro.

—Trabajaba para nosotros.

La joven enfermera había sido reclutada años antes por Esteban para vigilar las clínicas relacionadas con la red. Su embarazo no fue casual. Aceptó llevar un embrión porque le prometieron que permitiría identificar a los responsables del fraude.

Pero alguien sustituyó las muestras y secuestró a la bebé.

Beatriz creía que Camila había traicionado a todos.

Elena no.

La voz de la grabación pertenecía a una mujer aterrorizada, no a una conspiradora.

Un agente entró con los resultados preliminares de la tarjeta de memoria recuperada. Además de las fotografías, contenía diez segundos de audio grabados accidentalmente por Mateo.

La voz de Valeria decía:

—Cuando Adrián firme, la niña desaparecerá. Nadie puede realizar una prueba de ADN.

Después hablaba otra mujer.

—¿Y Mateo?

—Si Elena insiste en abrir el pasado, desaparecerán los dos.

La segunda voz pertenecía a Beatriz.

Ella negó haber pronunciado esas palabras.

Sofía analizó el archivo. El registro había sido manipulado. La voz de Beatriz se había añadido utilizando un sistema de clonación.

Alguien pretendía incriminarla después de utilizarla.

Entonces llegó una llamada del hospital donde se custodiaban las muestras de Camila.

Un técnico había encontrado un registro oculto. La niña nació con una anomalía sanguínea poco frecuente. Existían menos de veinte donantes compatibles en España.

Uno de ellos era Mateo Ortiz.

—Eso no significa que sean hermanos —advirtió Sofía—, pero debemos hacer pruebas.

Adrián autorizó un análisis urgente con el consentimiento de Elena. También entregó su propia muestra.

Los resultados tardarían varias horas.

Mientras esperaban, la policía localizó a Valeria intentando abandonar el palacio por un túnel de servicio. En su bolso llevaba un pasaporte falso, dinero y un teléfono que contenía una única conversación.

El contacto estaba guardado como “E”.

El último mensaje decía:

«La barriga cayó. Activa el protocolo Diego».

Elena sintió que se quedaba sin aire.

—¿Qué es el protocolo Diego?

Valeria sonrió al escuchar la pregunta.

—Pregúntaselo a tu esposo.

—Mi esposo está muerto.

—Entonces será mejor que alguien avise al hombre que acaba de entrar en Madrid utilizando su pasaporte.

Sofía recibió una alerta en su tableta.

Un hombre identificado como Diego Ortiz había cruzado el control fronterizo cuarenta minutos antes.

Las cámaras del aeropuerto mostraban su rostro.

Era mayor, llevaba una cicatriz en la frente y caminaba con bastón.

Pero era él.

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Diego estaba vivo.

Y había solicitado protección policial alegando que Elena y Mateo formaban parte de la conspiración contra los Velasco.

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