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Capítulo2 - El niño detrás de la pared

Las luces de emergencia tardaron diecisiete segundos en encenderse.

Para Elena, fueron los diecisiete segundos más largos de su vida.

Cuando la iluminación roja cubrió el salón, Mateo ya no estaba junto a ella. La pequeña chaqueta de su esmoquin apareció en el suelo, cerca de la mesa donde se habían colocado los anillos. Uno de sus zapatos estaba debajo de una silla.

—¡Mateo!

Elena apartó invitados, volcó una bandeja y corrió hacia las puertas laterales. Dos guardias intentaron detenerla.

—Mi hijo está ahí fuera.

—Nadie puede abandonar el salón.

—Entonces apártate o tendrás que detenerme delante de trescientas cámaras.

Adrián apareció detrás de ella.

—Déjenla pasar.

Las puertas se abrieron.

El corredor estaba vacío.

Elena llamó a Mateo mientras revisaba baños, vestidores y cuartos de servicio. Adrián ordenó bloquear todas las salidas del palacio. La policía ya había sido avisada, pero Beatriz insistía en que el niño probablemente se había escondido por miedo.

Elena no la creyó.

Mateo nunca se escondía cuando tenía miedo. Buscaba un lugar desde el que pudiera observar sin ser visto. Lo había aprendido después de la muerte de su padre, cuando comenzaron a mudarse de una vivienda temporal a otra.

—¿Conoce los pasillos de servicio? —preguntó Adrián.

—Me acompañó durante las pruebas del vestido.

—Entonces podría haber entrado en las zonas antiguas del palacio.

El edificio tenía más de ciento cincuenta años. Había sido reformado para convertirlo en un hotel de lujo, pero conservaba corredores utilizados antiguamente por el personal doméstico.

Elena recordó algo.

Durante la última prueba, Mateo había descubierto una rejilla suelta detrás del vestidor de Valeria. A través de ella podía escucharse cualquier conversación de la habitación contigua.

Corrieron hacia allí.

La caja blanca había desaparecido. También la carpeta fotografiada por Mateo. Sobre la mesa quedaban maquillaje, joyas y un vaso de agua que nadie había tocado.

Elena apartó un armario y encontró la rejilla abierta.

Detrás había un pasadizo estrecho.

—Mateo —susurró.

Una voz respondió desde la oscuridad.

—Mamá.

Elena entró sin pensarlo. Adrián la siguió utilizando la luz de su teléfono. Encontraron al niño sentado contra la pared, con una mano sobre la boca. A su lado estaba el aparato robado.

—¿Estás herido?

Mateo negó con la cabeza.

—El hombre me agarró, pero le mordí.

—¿Qué hombre?

—El guardia que quiso quitarme el teléfono. Me metió aquí y dijo que volvería.

Adrián examinó el dispositivo.

La tarjeta de memoria había desaparecido.

—Las fotografías pueden recuperarse desde la nube —dijo Elena.

Mateo bajó la mirada.

—No tenía internet. El teléfono era del abuelo.

La única prueba visible había desaparecido.

Adrián ayudó al niño a ponerse en pie.

—¿Escuchaste algo más cuando estabas aquí?

Mateo asintió.

Dos semanas antes, mientras esperaba a su madre, oyó a Valeria discutir con Beatriz en el vestidor. Hablaban de una cláusula incluida en el testamento del abuelo de Adrián, Lorenzo Velasco.

Lorenzo desconfiaba de su hijo y de sus consejeros, así que había dividido el control del grupo. Adrián poseía el cuarenta y nueve por ciento de las acciones con derecho a voto. Beatriz controlaba un veinte por ciento de manera temporal. El treinta y uno por ciento restante se transferiría al primer descendiente legítimo de Adrián.

Mientras el niño fuera menor, su madre administraría esas acciones.

Si Adrián se casaba con Valeria antes del nacimiento, ella obtendría el control del fideicomiso.

—¿Por qué mi abuelo redactaría algo tan absurdo? —preguntó Adrián.

—Tal vez no lo hizo —respondió Elena.

Adrián la miró.

Elena no era solamente una costurera. Había trabajado durante ocho años en el departamento de cumplimiento financiero del Grupo Montenegro. Conocía contratos, auditorías y estructuras societarias. Perdió su empleo después de que su esposo, Diego Ortiz, muriera en un accidente automovilístico.

Oficialmente, Diego conducía demasiado rápido bajo la lluvia.

En realidad, había sido auditor interno del Grupo Velasco.

—Mi esposo investigaba una modificación del testamento de Lorenzo —explicó Elena—. Una semana antes de morir, dijo que había descubierto firmas falsificadas.

Adrián guardó silencio.

—¿Por qué nunca me buscaste?

—Lo intenté. Su madre bloqueó todas mis llamadas. Después me acusaron de robar información confidencial y nadie volvió a contratarme en el sector financiero.

Mateo los condujo más profundamente por el pasadizo. Había escuchado al guardia hablar por teléfono después de encerrarlo. Mencionó una sala de servidores situada debajo de la cocina.

Allí encontraron al hombre tratando de destruir la tarjeta de memoria.

Adrián lo derribó antes de que alcanzara la trituradora. No lo golpeó. Le torció el brazo, recuperó la tarjeta y lo mantuvo contra el suelo hasta que llegó la policía.

El guardia se llamaba Sergio Luna. Había trabajado durante siete años como jefe de seguridad personal de Beatriz.

Ella negó haberle dado ninguna orden.

—Ese hombre actuó solo.

Sergio comenzó a reír.

—No voy a ir a prisión por usted.

Beatriz perdió el color del rostro.

Sergio confesó que había recibido instrucciones de borrar cualquier fotografía tomada dentro del vestidor. No sabía nada del embarazo, pero debía proteger la carpeta de acciones y trasladarla al automóvil de Octavio Montenegro.

—¿Quién te dio la orden? —preguntó el inspector.

Sergio miró directamente a Beatriz.

—La señora Velasco.

Beatriz no respondió.

Valeria, entretanto, había sido llevada a una suite privada. Un médico contratado por su familia llegó con un expediente que confirmaba el supuesto aborto. Los documentos indicaban que había perdido al bebé setenta y dos horas antes.

Adrián leyó cada página.

Las fechas parecían correctas. Había ecografías, análisis de sangre y la firma de una obstetra reconocida.

Elena observó una de las imágenes.

—Esta ecografía no pertenece a Valeria.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque aquí aparece el nombre de otra paciente.

El margen había sido recortado, pero todavía se distinguían tres letras: “C-A-M”.

El médico intentó guardar la imagen.

Elena la retuvo.

—Busquen en la base de datos del hospital a todas las pacientes embarazadas cuyo nombre comience por Cam.

El médico quiso marcharse.

La policía se lo impidió.

Adrián entró en la suite de Valeria con el expediente en la mano.

Ella seguía vestida de novia. Se había quitado el velo y limpiado el maquillaje. Sin la prótesis, parecía más joven y mucho menos vulnerable.

—¿Quién es Cam? —preguntó él.

Valeria cerró los ojos.

—No lo sé.

—Su ecografía está en tu expediente.

—El hospital debió cometer un error.

—Mateo oyó hablar del fideicomiso.

—Es un niño confundido.

—Sergio ha dicho que mi madre le ordenó destruir las fotografías.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

Adrián dejó la ecografía sobre la mesa.

—Te daré una oportunidad para decirme la verdad antes de que la policía encuentre a la mujer cuyo bebé utilizaste.

Valeria levantó la mirada.

Por primera vez desde que cayó la prótesis, no lloró ni intentó parecer inocente.

—La verdad no te hará sentir mejor.

—Déjame decidirlo.

—Tu familia necesitaba un heredero. Yo necesitaba convertirme en tu esposa. Todos obteníamos lo que queríamos.

—No había ningún hijo.

—No uno que tú conocieras.

Adrián sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.

—¿Qué significa eso?

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Valeria sonrió débilmente.

—Pregunta a Elena por qué su hijo tiene tus ojos.

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