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Capítulo3 - El apellido prohibido

Adrián abandonó la suite sin recordar haber abierto la puerta.

Encontró a Elena y Mateo en una sala privada del ala oriental. Un agente tomaba declaración al niño, mientras una psicóloga intentaba tranquilizarlo. Cuando Adrián apareció, Elena comprendió de inmediato que Valeria le había dicho algo.

—Necesito hablar contigo —dijo él.

—Mateo no volverá a quedarse solo.

—Puede acompañarnos.

Elena pidió a la policía que permaneciera cerca. Después entraron en una pequeña biblioteca. Mateo se sentó en un sillón, abrazando la chaqueta recuperada.

Adrián fue directo.

—Valeria dice que Mateo tiene mis ojos.

Elena no contestó.

—¿Es mi hijo?

Mateo levantó la cabeza.

—Mamá, ¿de qué habla?

Elena se arrodilló frente a él.

—No significa que yo te haya mentido sobre tu padre. Diego fue tu padre. Te cuidó desde el día en que naciste y te amó más que a nada.

—Pero ¿era mi padre de verdad?

Elena cerró los ojos.

Ocho años atrás, antes de casarse con Diego, había trabajado con Adrián durante una auditoría interna. Él acababa de regresar de Londres para asumir responsabilidades en el grupo. Durante seis meses compartieron reuniones, viajes y noches revisando contratos.

Se enamoraron.

La relación terminó cuando Beatriz descubrió que Elena estaba embarazada. Le ofreció dinero para desaparecer. Elena se negó. Dos días después, Adrián recibió unos documentos que parecían demostrar que ella había vendido información a la competencia.

Él creyó las pruebas.

—Te despedí —murmuró Adrián.

—Y me dijiste que no querías volver a verme.

—Nunca me hablaste del embarazo.

—Lo intenté. Tu madre interceptó mis correos y cambió tu número privado. Cuando finalmente logré llegar a tu oficina, seguridad me sacó del edificio.

Diego Ortiz, compañero de trabajo y amigo de Elena, la ayudó durante el embarazo. Se casó con ella después del nacimiento de Mateo y le dio al niño su apellido.

—¿Diego sabía la verdad?

—Sí.

Mateo estaba llorando en silencio.

Adrián se arrodilló a cierta distancia, sin atreverse a tocarlo.

—No quiero reemplazar a tu padre.

—Entonces, ¿qué quiere?

La pregunta lo atravesó.

—Quiero descubrir la verdad y asegurarme de que nadie vuelva a utilizarte.

El niño lo estudió durante varios segundos.

—Eso decía el señor Diego.

Elena explicó que nunca había realizado una prueba de paternidad. No necesitaba una para criar a su hijo y temía que Beatriz intentara quitárselo si confirmaba que era un Velasco.

Ahora todo adquiría otro significado.

Si Mateo era hijo biológico de Adrián, ya existía un heredero legítimo de ocho años. El treinta y uno por ciento de las acciones debía haber sido transferido a su fideicomiso desde el momento de su nacimiento.

Alguien había ocultado su identidad para mantener ese paquete accionarial sin dueño.

—Mi madre ha controlado esas acciones durante ocho años —dijo Adrián.

Elena asintió.

—Y necesitaba un nuevo heredero cuya madre pudiera manipular.

El matrimonio con Valeria no solo pretendía asegurar una alianza. Crearía un fideicomiso nuevo y borraría cualquier reclamación futura de Mateo.

Adrián llamó a Sofía León, directora jurídica del grupo y una de las pocas personas que se había enfrentado abiertamente a Beatriz. Le ordenó revisar el testamento original, todos los codicilos y las transferencias realizadas desde la muerte de Lorenzo.

Sofía llegó al palacio una hora después con dos abogados independientes.

—Tenemos un problema mayor —anunció.

El documento fotografiado por Mateo no era un simple borrador. Había sido registrado aquella mañana y comenzaría a tener efecto en cuanto Adrián firmara el acta matrimonial.

Además, la firma digital de Adrián ya aparecía en la transferencia.

—Yo no he firmado eso.

—Lo sé. A las diez y diecisiete estabas dando una entrevista en directo. Pero el sistema autenticó la operación con tu reconocimiento facial y tu voz.

Alguien había utilizado una grabación sintética.

El contrato destinaba el control provisional de las acciones del futuro hijo a Valeria. También permitía que ella nombrara a tres miembros del consejo.

—Con esos votos —explicó Sofía—, Valeria, Octavio y Beatriz habrían podido destituirte el lunes.

La boda era un golpe empresarial cuidadosamente planeado.

El falso embarazo era la pieza emocional que impediría a Adrián cuestionar los documentos.

La policía recuperó las fotografías de la tarjeta de Mateo. En una de ellas aparecía algo que ninguno había notado: sobre la mesa del vestidor había una pulsera hospitalaria.

Sofía amplió la imagen.

El nombre impreso era Camila Rojas.

La búsqueda reveló que Camila había estado embarazada seis meses atrás. Trabajaba como enfermera privada para la familia Montenegro. Abandonó repentinamente su empleo y nadie había informado de su paradero.

El informe médico presentado por Valeria utilizaba ecografías, análisis y registros de Camila.

—Tenemos que encontrarla —dijo Elena.

Mateo tiró de su mano.

—Yo sé dónde dejó algo.

Durante una prueba del vestido, había visto a una mujer joven entrar llorando en la cocina. Valeria la persiguió y discutieron. Antes de marcharse, la desconocida entregó a Mateo un pequeño sobre y le pidió que se lo diera a su madre si alguna vez veía “caer la barriga”.

Mateo había creído que hablaba de un accidente.

Guardó el sobre dentro del estuche de los anillos.

Regresaron al salón. La ceremonia había sido cancelada y la mayoría de los invitados prestaba declaración. El estuche seguía bajo la mesa del altar.

Dentro encontraron una llave y una dirección escrita a mano.

La dirección correspondía a un apartamento en las afueras de Madrid.

Adrián quiso acompañarlos, pero Elena se negó a llevar a Mateo a un lugar desconocido. El niño permaneció bajo protección policial mientras ella, Adrián y Sofía viajaban hasta el edificio.

La puerta del apartamento estaba cerrada. La llave encajó.

Dentro no había muebles, salvo una cama, una mesa y varias cajas de medicamentos. En la pared colgaban fotografías de Camila durante el embarazo.

La última imagen estaba fechada cuatro meses atrás.

En ella, Camila sostenía a una niña recién nacida.

—Valeria nunca perdió a ningún bebé —dijo Sofía—. Planeaba presentar a esta niña como su hija.

Sobre la mesa había una grabadora.

Elena la encendió.

La voz de Camila llenó la habitación.

Explicó que Octavio Montenegro le había ofrecido pagar el tratamiento médico de su madre a cambio de participar en un acuerdo de gestación subrogada secreto. Camila creyó que el embrión pertenecía a Adrián y Valeria.

Después del nacimiento descubrió que las muestras habían sido cambiadas.

La niña no era hija de Adrián.

Y Valeria tampoco era su madre biológica.

Camila intentó marcharse con la bebé, pero los Montenegro se la quitaron.

La grabación terminaba con una súplica:

—Si alguien encuentra esto, busque a mi hija. Valeria planea presentarla como heredera después de la boda. No sé dónde la tienen. Solo sé que el hombre que entregó el dinero llevaba un anillo con el emblema de los Velasco.

Adrián miró su propia mano.

Todos los hombres de la familia recibían aquel anillo al cumplir veintiún años.

Su padre, Esteban Velasco, había sido enterrado con uno.

Diego Ortiz también llevaba uno cuando murió.

Elena abrió la última caja del apartamento.

Dentro encontró una fotografía tomada la noche del accidente de su esposo.

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Diego aparecía vivo, hablando con Esteban Velasco.

Según los registros oficiales, el padre de Adrián llevaba muerto tres años cuando se tomó aquella fotografía.

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