Capítulo1 - El vientre que cayó ante todos

El silencio en el salón principal del Palacio de Aranda no comenzó cuando la novia apareció. Comenzó cuando un niño de ocho años abandonó su lugar entre los invitados y caminó directamente hacia ella.
Mateo Ortiz llevaba un pequeño esmoquin negro que le quedaba grande en los hombros. Su madre, Elena, había tenido que ajustar las mangas aquella misma mañana. Debía limitarse a entregar los anillos, sonreír para las fotografías y regresar discretamente junto al personal de servicio.
Pero Mateo no hizo ninguna de esas cosas.
Valeria Montenegro avanzaba por el pasillo central con una mano apoyada sobre su enorme vientre. El vestido blanco se ajustaba a su cuerpo y dejaba visible la redondez de un embarazo que, según ella, ya había alcanzado los ocho meses. Cientos de invitados se pusieron en pie. Empresarios, políticos y periodistas observaban cómo la futura esposa de Adrián Velasco se acercaba al altar.
La unión no representaba únicamente un matrimonio. Valeria pertenecía a una de las familias constructoras más influyentes de España. Adrián era el único heredero del Grupo Velasco, propietario de hoteles, hospitales privados y complejos residenciales repartidos por Europa.
El supuesto hijo que Valeria llevaba en su vientre uniría dos fortunas.
Mateo la observaba de una manera diferente.
No veía a una novia radiante.
Veía a la mujer que, veinte minutos antes, había encerrado a su madre en un cuarto de limpieza y había ordenado a dos guardias que la expulsaran del palacio después de la ceremonia.
Cuando Valeria llegó junto a Adrián, el sacerdote comenzó a hablar. Ella sonrió para las cámaras y acarició su vientre con movimientos lentos y calculados.
Mateo dio el primer paso.
Elena lo agarró de la muñeca.
—No —susurró—. Quédate conmigo.
—Mamá, tenemos que decirlo.
—Ahora no.
—Si esperamos, será demasiado tarde.
Mateo se soltó antes de que Elena pudiera detenerlo. Atravesó el pasillo entre las miradas sorprendidas de los invitados y se detuvo frente a Valeria.
La novia bajó la vista.
Durante un instante, su sonrisa permaneció intacta.
—¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó con dulzura.
Mateo miró su vientre.
—Quiero escuchar al bebé.
Algunos invitados rieron.
Valeria no.
—Vuelve con tu madre.
—Usted dijo que el bebé se movía cuando escuchaba música.
—Mateo —intervino Adrián—, después podrás saludarlo. Ahora debemos continuar.
El niño levantó una mano y la colocó sobre el vientre de la novia.
Valeria retrocedió.
—No me toques.
La dureza de su voz hizo desaparecer las sonrisas.
Mateo frunció el ceño.
—Está frío.
—¿Qué?
—Un bebé no está frío.
Valeria intentó apartar su mano, pero el niño agarró involuntariamente el borde de algo escondido debajo del vestido. Se oyó un sonido seco, parecido al desgarro de una cinta adhesiva.
La redondez del vientre se desplazó.
Valeria lanzó un grito.
Una gran prótesis de silicona cayó desde el interior de su vestido, golpeó el suelo de mármol y rodó varios metros hasta detenerse junto a los zapatos de Adrián.
Nadie se movió.
Los teléfonos comenzaron a levantarse entre los invitados.
La música se detuvo.
Valeria se cubrió el abdomen plano con ambas manos.
Adrián contempló el vientre falso en el suelo y después miró a la mujer con la que estaba a punto de casarse.
—¿Qué significa esto?
—Puedo explicarlo.
—Dijiste que nuestro hijo nacería en cinco semanas.
—Adrián, por favor. No aquí.
Mateo señaló la prótesis.
—Le dije a mamá que no había ningún bebé.
Valeria se inclinó hacia él con el rostro deformado por la rabia.
—Tú no sabes nada.
—La vi quitárselo.
Un murmullo recorrió el salón.
La madre de Adrián, Beatriz Velasco, se abrió paso entre los invitados. Llevaba un vestido azul oscuro y una expresión capaz de congelar una habitación.
—Apaguen los teléfonos —ordenó a los guardias—. Nadie sale de aquí hasta que sepamos qué ha ocurrido.
Dos miembros de seguridad cerraron las puertas.
Elena corrió hacia su hijo y lo protegió con el cuerpo.
—No se acerquen a él.
Valeria señaló a ambos.
—Esta mujer ha organizado todo. Lleva semanas pidiéndome dinero. Como me negué, utilizó a su hijo para humillarme.
—Eso es mentira —respondió Elena.
—¿Entonces por qué estaba tu hijo dentro de mi vestidor?
—Porque usted me ordenó llevarle agua.
Adrián no apartaba los ojos de la prótesis.
—Valeria, responde una sola pregunta. ¿Estás embarazada?
Ella comenzó a llorar.
Las lágrimas aparecieron con una rapidez sorprendente.
—Lo estaba.
Adrián palideció.
Valeria explicó entre sollozos que había perdido al bebé tres días antes. Según ella, los médicos le habían advertido que el estrés podía ser peligroso, pero ya era demasiado tarde. No se atrevió a cancelar la boda porque su padre había invertido millones en la ceremonia y los mercados esperaban el anuncio de la fusión entre ambas familias.
—Solo quería decírtelo cuando estuviéramos solos —afirmó—. Pensé que, si celebrábamos la boda, podríamos sobrevivir juntos a la pérdida.
Adrián parecía incapaz de respirar.
Mateo negó con la cabeza.
—No es verdad.
Beatriz lo miró con desprecio.
—Ya has causado suficiente daño.
—La barriga estaba en una caja hace dos semanas —insistió el niño—. La señora Valeria dijo que tenía que parecer real hasta que firmaran los papeles.
El rostro de Valeria cambió.
—Está inventándolo.
—No.
—Es un niño. Puede decir cualquier cosa.
Elena sostuvo a su hijo por los hombros.
—Mateo nunca había entrado en este palacio antes de que usted me contratara para ajustar el vestido. ¿Cómo podía saber que la prótesis estaba escondida en una caja blanca detrás de su guardarropa?
Valeria dejó de llorar.
Adrián la observó.
—¿Había una caja blanca?
Ella no contestó.
El padre de Valeria, Octavio Montenegro, se acercó desde la primera fila.
—Esta ceremonia ha terminado —declaró—. Nos marchamos.
Adrián bloqueó su camino.
—Nadie se marcha.
Octavio sonrió sin alegría.
—Estás confundido y herido. No conviertas una tragedia familiar en un espectáculo público.
—Alguien intentó hacerme firmar un contrato matrimonial basándose en un embarazo que quizá nunca existió.
—Cuida tus palabras.
—Y usted cuide la puerta.
Los guardias dudaron. Algunos trabajaban para los Velasco; otros habían sido contratados por los Montenegro.
Beatriz se acercó a su hijo.
—Escúchame. Sea cual sea la verdad, no debes destruir la empresa delante de las cámaras. Lleva a Valeria a una habitación privada. Nosotros controlaremos la situación.
Adrián miró a su madre como si acabara de reconocer algo extraño en ella.
—¿Desde cuándo sabías lo de la prótesis?
Beatriz tardó apenas un segundo en responder.
Fue suficiente.
Mateo tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá, tenemos que mostrarle la foto.
Elena lo miró alarmada.
Valeria también lo había escuchado.
—¿Qué foto? —preguntó Adrián.
Mateo sacó un pequeño teléfono del bolsillo interior de su chaqueta. La pantalla estaba rota, pero todavía funcionaba.
Antes de que pudiera desbloquearlo, un guardia se lanzó hacia él.
Elena apartó a su hijo.
Adrián agarró al hombre por el brazo.
—¿Por qué intentas quitarle el teléfono?
El guardia no respondió.
Mateo abrió la galería.
La primera imagen mostraba a Valeria sin la prótesis, de pie dentro del vestidor. No estaba sola. Junto a ella aparecía Beatriz, la madre de Adrián, sosteniendo una carpeta marcada con el sello del Grupo Velasco.
En la segunda fotografía se veía con claridad la portada del documento:
TRANSFERENCIA IRREVOCABLE DE ACCIONES AL FIDEICOMISO DEL HEREDERO.
Adrián levantó los ojos.
Beatriz ya no parecía sorprendida.
Parecía furiosa.
Entonces todas las luces del palacio se apagaron.
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En la oscuridad, alguien arrancó el teléfono de las manos de Mateo.
Y una mujer gritó que el niño había desaparecido.