Capítulo 12 - Celeste frente a EleanorCeleste pidió hablar con Eleanor antes de la sentencia.

Eleanor rechazó la solicitud dos veces.
La tercera llegó acompañada por una carta de la terapeuta de la prisión. No pedía perdón ni reducción de condena. Celeste deseaba responder preguntas bajo supervisión.
—No tienes que verla —dijo Adrian.
—Lo sé.
—¿Por qué estás considerando hacerlo?
—Porque hay cosas que quiero preguntar para mí.
La reunión se realizó dentro de una sala penitenciaria.
Una mesa separaba a ambas mujeres.
Celeste llevaba el cabello recogido y no tenía maquillaje. Parecía más joven y más cansada que la mujer del vestido dorado.
—Gracias por venir —dijo.
—No he venido por ti.
—Lo comprendo.
Eleanor colocó ambas manos sobre la mesa.
—¿Cuándo comenzaste a darme sedantes?
Celeste bajó la mirada.
—Hace cuatro meses.
—¿Cómo?
—Julian preparaba cápsulas parecidas a sus vitaminas. Yo las cambiaba.
—¿Por qué?
—Necesitábamos que los empleados creyeran que estaba confundida.
—¿Adrian también?
—Sí.
—¿Alguna vez pensaste que podía sufrir una caída o morir?
—Julian decía que la dosis era segura.
—No fue la pregunta.
Celeste respiró.
—Sí. Lo pensé.
—Y continuaste.
—Sí.
—¿Entraste en mi habitación?
—Varias veces.
—¿Revisaste cartas de Daniel?
—Sí.
Eleanor sintió una violación distinta.
Celeste no solo había manipulado su cuerpo. Había recorrido recuerdos privados para encontrar debilidades.
—¿Le dijiste a Adrian que yo te insultaba?
—Inventé algunas cosas. Otras eran discusiones reales.
—Te dije que no confiaba en tu padre.
—Sí.
—¿Eso se convirtió en prueba de demencia?
—Sí.
Eleanor sostuvo su mirada.
—¿Qué sentiste cuando me viste dentro del agua?
Celeste comenzó a llorar.
—Miedo.
—¿Por mí?
—Al principio, por el plan.
La honestidad dolió.
—Después comprendí que podía morir.
—¿Y aun así no me ayudaste?
—Pensé en Adrian llegando, en el contrato y en Victor. Cada segundo hacía más difícil moverme.
—No estabas paralizada.
—No.
—Elegiste.
—Sí.
Eleanor esperaba sentir una rabia explosiva.
Sintió cansancio.
—¿Qué quieres de mí ahora?
—Nada que tenga derecho a pedir.
—Entonces ¿por qué insististe?
—Porque en prisión sigo imaginando una versión donde extiendo la mano. Sé que no cambia nada, pero quería decirle que comprendo que esa mano existía.
Eleanor observó sus dedos.
—Yo también imagino versiones diferentes de mi vida. Una donde digo a Adrian quién era Victor desde el principio. Otra donde Daniel entrega los archivos antes.
Celeste levantó la mirada.
—Usted no me empujó.
—No. Pero el arrepentimiento utiliza la misma mentira: que imaginar otra decisión equivale a haberla tomado.
Celeste asintió.
—¿Me perdonará algún día?
—No lo sé.
—¿Puedo preguntarle otra cosa?
—Sí.
—¿Por qué me invitó a vivir en su casa si desconfiaba de Victor?
—Porque Adrian te amaba y quería observar quién eras lejos de tu padre.
—Entonces también me estaba poniendo a prueba.
—Sí.
—Nunca tuve oportunidad de ser solo su pareja.
Eleanor aceptó la crítica.
—Eso fue injusto.
Celeste pareció sorprendida.
—Pero haber sido observada no te obligó a sedarme ni empujarme —continuó Eleanor—. Ambas verdades pueden existir.
—Lo sé.
—Espero que algún día construyas una vida donde no necesites ganar una posición dentro de otra familia.
Celeste lloró.
—No sé quién soy sin Victor o Adrian.
—Entonces esa será la primera pregunta que tendrás que responder sin utilizarnos.
La reunión terminó.
Eleanor no la abrazó.
No prometió regresar.
Pero salió sin sentir que la piscina continuaba determinando cada pensamiento sobre Celeste.
Adrian esperaba afuera.
—¿Te ayudó?
—No de la forma que imaginaba.
—¿Quieres contarme?
—Más tarde.
—Está bien.
Era una respuesta pequeña.
Años antes, habría insistido por miedo a que el silencio escondiera otra amenaza.
Ahora comprendía que privacidad no era lo mismo que engaño.
La sentencia de Celeste se celebró una semana después.
El juez reconoció su cooperación, el control psicológico ejercido por Victor y el riesgo que asumió al ayudar a salvar a Rosa.
También señaló que participó voluntariamente durante años y que Eleanor pudo morir.
Celeste recibió catorce años de prisión, con posibilidad de libertad supervisada después de cumplir diez.
En su declaración final dijo:
—No pido que el tribunal describa mi amor por Adrian como una defensa. Lo amaba y aun así lo traicioné. Eso demuestra que sentir amor no convierte automáticamente nuestras decisiones en actos de cuidado.
Adrian escuchó desde el público.
No respondió.
Cuando los agentes se la llevaron, Celeste miró hacia él.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
No era una promesa.
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No era perdón.
Solo el reconocimiento de que ambos habían existido realmente dentro de una historia que terminó de la peor manera.
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