peak

Capítulo 1 - La noche en que las rosas cayeronAdrian Mercer había ensayado su propuesta de matrimonio durante casi tres semanas.

En el bolsillo interior de su chaqueta gris llevaba un anillo de diamantes que perteneció a su abuela. Entre las manos sostenía treinta y seis rosas rojas, una por cada mes que había compartido con Celeste Vaughn.

La casa familiar estaba iluminada junto a las colinas de Los Ángeles. Las luces bajo el agua convertían la piscina en una superficie azul brillante, y la música que llegaba desde el interior parecía anunciar una noche perfecta.

Adrian había pedido al personal que se marchara temprano.

Quería estar a solas con Celeste.

También había invitado a su madre, Eleanor Mercer, porque no deseaba iniciar una nueva etapa de su vida sin la mujer que lo había criado después de la muerte de su padre.

Eleanor prometió esperar en el salón y salir únicamente cuando Adrian le enviara un mensaje.

Pero cuando él cruzó el jardín, no escuchó música.

Escuchó una discusión.

—No firmaré —decía Eleanor.

Adrian se detuvo detrás de una columna.

Su madre estaba dentro de la piscina.

El agua le llegaba al pecho. Se sujetaba al borde con ambas manos, intentando mantener la cabeza por encima de la superficie.

Celeste permanecía frente a ella con un vestido dorado y zapatos de tacón.

—Solo tiene que autorizar la venta —dijo Celeste—. Adrian conservará la presidencia y usted continuará viviendo aquí.

—No sabes lo que contiene ese acuerdo.

—Sé que sus acciones bloquean la operación.

Eleanor intentó impulsarse hacia arriba, pero sus brazos no tenían fuerza suficiente. Había sido operada del corazón seis meses antes y todavía sufría episodios de debilidad.

—Ayúdame a salir.

Celeste se inclinó.

Durante un instante pareció que iba a ofrecerle la mano.

—Primero firme.

—Adrian nunca te perdonará.

Celeste sonrió.

—Adrian cree que fui yo quien lo convenció de reconciliarse con usted. Me creerá a mí antes que a una mujer que lleva meses olvidando citas y tomando medicamentos.

Eleanor la miró con incredulidad.

—No estoy perdiendo la memoria.

—El doctor Cross piensa otra cosa.

Adrian sintió que las rosas comenzaban a temblar entre sus manos.

El doctor Julian Cross era el médico privado de su madre.

Celeste sacó una carpeta de cuero.

—La fusión con Vaughn Capital se aprobará mañana. Su firma puede hacer que todo resulte sencillo.

—La compañía de tu padre está quebrada.

El rostro de Celeste cambió.

—No sabe nada de mi padre.

—Sé que necesita los terrenos de nuestras residencias para cubrir sus deudas. Sé que planea venderlas y expulsar a cientos de ancianos.

Celeste se arrodilló junto al borde.

—Usted construyó una empresa. No un refugio sentimental.

—La construí junto a mi esposo para cuidar a personas, no para convertir sus hogares en fondos de inversión.

Eleanor intentó salir otra vez.

Celeste colocó uno de sus zapatos sobre los dedos de la mujer.

—Firme.

Eleanor gritó.

Las rosas cayeron de las manos de Adrian.

El ramo golpeó el suelo y varias flores rodaron hasta el borde de la piscina.

Celeste levantó la cabeza.

Su rostro perdió todo el color.

—Adrian.

Él no respondió.

Corrió, se arrodilló y tomó las manos de su madre. Eleanor estaba tan débil que apenas podía sujetarlo.

—Mamá, mírame.

—No siento las piernas.

Adrian se quitó la chaqueta y saltó al agua.

La temperatura era helada.

Rodeó a Eleanor por la cintura y la llevó hacia los escalones. Su madre tosía y temblaba contra su pecho.

Celeste permanecía inmóvil.

—Fue un accidente —dijo—. Ella resbaló.

Adrian levantó a Eleanor y la colocó sobre el suelo mojado.

—Llama a una ambulancia.

—Adrian, escucha…

—¡Llama a una ambulancia!

Celeste sacó su teléfono.

Eleanor abrió los ojos.

—No dejes que toque mi bolso.

Celeste miró hacia la silla situada junto a la piscina.

Sobre ella había un pequeño bolso negro.

Adrian se levantó y lo tomó antes que Celeste.

Dentro encontró medicamentos, un teléfono apagado y una carpeta doblada.

El encabezado decía:

Acuerdo de transferencia y reorganización Mercer–Vaughn.

La última página reservaba la firma de Eleanor Mercer.

—¿Qué es esto? —preguntó Adrian.

—Un documento que tu madre pidió revisar.

Eleanor intentó incorporarse.

—Miente.

—Está confundida —respondió Celeste—. Me pidió que viniera porque quería hablar sobre la empresa. Después empezó a acusar a mi padre y cayó al agua.

Adrian miró el vestido dorado.

Estaba completamente seco.

—Si cayó sola, ¿por qué no la ayudaste?

Celeste abrió la boca.

No apareció ninguna respuesta.

Las sirenas comenzaron a escucharse al final de la calle.

Eleanor tomó la muñeca de su hijo.

—Ella me empujó.

Celeste retrocedió.

—No.

—Me dijo que podía morir antes de la votación.

—¡Eso es mentira!

Adrian miró a la mujer a quien había planeado pedir matrimonio.

Había imaginado su sorpresa al ver las rosas, sus lágrimas al descubrir el anillo y la forma en que ambos contarían la historia durante años.

Ahora las flores flotaban junto a su madre dentro de la piscina.

—Dame tu teléfono —dijo.

—¿Por qué?

—Dámelo.

—No tienes derecho a revisarlo.

—Entonces sal de mi casa.

Celeste miró hacia la entrada, donde comenzaban a aparecer luces rojas y azules.

—No puedes echarme después de tres años por una acusación absurda.

—Puedo hacerlo porque acabo de verte presionando las manos de mi madre con el zapato mientras se ahogaba.

—No viste lo que ocurrió antes.

—Vi suficiente.

Los paramédicos entraron corriendo.

Eleanor fue colocada sobre una camilla. Su presión arterial era peligrosamente baja y presentaba una lesión en la muñeca.

Un agente preguntó qué había ocurrido.

Celeste respondió primero:

—La señora Mercer sufrió otro episodio de confusión. Intenté ayudarla, pero su hijo llegó y malinterpretó la situación.

Adrian sostuvo la carpeta mojada.

—Quiero presentar una denuncia.

Celeste lo miró.

—Adrian, no hagas esto.

—Intentaste obligarla a firmar.

—Tu madre quiere destruir nuestro futuro.

—No existe ningún futuro entre nosotros.

Él sacó la caja del anillo.

Celeste vio el terciopelo negro.

Sus ojos se abrieron.

—¿Ibas a…?

Adrian lanzó la caja sobre la mesa, no hacia ella.

—Sí.

Celeste comenzó a llorar.

—Entonces sabes que te amo.

—Amar no es mantener a mi madre dentro del agua hasta que firme un contrato.

—No fue así.

Adrian acompañó a Eleanor hasta la ambulancia.

Antes de cerrar las puertas, su madre volvió a tomarle la mano.

—Las cámaras —susurró—. Celeste apagó las cámaras.

—Marcus recuperará las grabaciones.

Eleanor negó.

—No confíes en el sistema.

—¿Por qué?

—Utilizaron tu contraseña.

Las puertas se cerraron.

Adrian se volvió hacia la casa.

Celeste hablaba con los agentes. Ya no parecía una mujer sorprendida. Su postura era firme y su voz controlada.

Un automóvil negro entró en la propiedad.

De él descendió Victor Vaughn, padre de Celeste y segundo mayor accionista de Mercer Living.

No preguntó por Eleanor.

Se acercó directamente a su hija.

Después miró a Adrian.

—Debemos evitar que una tragedia familiar afecte a la votación de mañana.

Adrian comprendió entonces que el incidente no había sido una discusión inesperada.

Victor ya sabía que Celeste se encontraba allí.

Sabía lo que Eleanor debía firmar.

Y había llegado antes de que nadie lo llamara.

La noche de la propuesta no había terminado con un compromiso roto.

May you like

Había revelado el inicio de una operación preparada durante meses.

Mientras la ambulancia se alejaba, las rosas rojas continuaban flotando en la piscina, alrededor del lugar donde su madre casi había muerto.

Related Stories

Other posts