Chapter 7 - La madre de la habitación 19

Ana Cole llevaba diecisiete años encerrada.
La institución aparecía registrada como centro de rehabilitación neurológica. Estaba situada en Rhode Island y recibía millones de dólares anuales de una fundación vinculada a Margaret.
La policía encontró a Ana en la habitación 19.
Tenía cincuenta y dos años, cabello oscuro y cicatrices alrededor de las muñecas. Los médicos afirmaban que sufría delirios persistentes relacionados con el secuestro de un hijo inexistente.
Evan entró acompañado por Sofía y una psicóloga independiente.
Ana lo reconoció inmediatamente.
No por su rostro adulto.
Por una pequeña marca detrás de su oreja.
—Mi niño —susurró.
Evan permaneció junto a la puerta.
—¿Cómo sabes quién soy?
—Te sostuve durante seis minutos.
—Kerr dijo que moriste.
Ana comenzó a reír y llorar al mismo tiempo.
—Él me dijo que tú habías muerto.
Evan cruzó la habitación.
Su madre levantó una mano, pero no lo tocó.
—¿Puedo?
Él asintió.
Ana colocó los dedos sobre su rostro.
—Te llamé Tomás.
Evan cerró los ojos.
Durante diecisiete años había llevado un nombre elegido por las personas que lo retuvieron.
Ahora tenía otro nombre ofrecido por la mujer a la que se lo habían arrebatado.
—¿Quieres que me llame así?
—Quiero que elijas.
Sofía sintió que aquellas palabras diferenciaban a Ana de todos los Sterling.
La mujer había perdido diecisiete años, pero no intentó reclamar posesión.
Solo devolvió una opción.
Ana explicó que trabajaba como enfermera en la clínica. Descubrió que Kerr utilizaba muestras sin autorización. Cuando intentó denunciarlo, Edward Sterling la obligó a participar en un procedimiento.
—Dijeron que el embrión sería implantado en otra mujer —contó—. Después descubrí que me habían sedado y utilizado a mí.
Evan era biológicamente hijo de Ana y Edward.
Margaret lo sabía desde el embarazo.
—¿Por qué me permitió nacer? —preguntó Evan.
—Porque Arthur Sterling había creado una cláusula para cualquier hijo de Edward. Margaret quería una alternativa si sus propios hijos se rebelaban.
—Un heredero de reemplazo —dijo Sofía.
Ana asintió.
Después del parto, le dijeron que el bebé murió. Cuando descubrió que estaba vivo, intentó sacarlo. La policía de la clínica la detuvo y un psiquiatra vinculado a Sterling firmó su internamiento.
—Ese médico continúa trabajando —dijo la psicóloga.
—Debe responder por ello —contestó Sofía.
Daniel sobrevivió a la operación. Permanecía bajo custodia médica porque los archivos demostraban que había ocultado pruebas relacionadas con Proyecto Herencia.
Margaret fue interrogada durante veinte horas.
Al final entregó las claves de varias cuentas y aceptó testificar contra Kerr.
Pero Kerr había desaparecido.
La reserva genética seguía cerrada.
Leo cumplía cinco meses en dos semanas.
Sofía temía que Kerr intentara secuestrarlo antes de los seis meses, cuando su sangre pudiera abrirla completamente.
Julia solicitó protección federal.
También inició una demanda para invalidar todos los contratos de la clínica y reconocer a Sofía como única tutora de los derechos de Leo.
La carta de Julian cambió el caso.
El consejo de Sterling Medical intentó suspender a Margaret. Ella respondió convocando una reunión extraordinaria y renunciando públicamente.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó Julia.
—Porque quiere elegir quién la sustituye antes de que la expulsen —respondió Sofía.
Margaret pidió reunirse con ella.
Se encontraron en una sala federal, separadas por una mesa.
—El consejo nombrará a Richard —dijo Margaret—. Él conocía Proyecto Herencia desde el principio.
—Tú también.
—Richard trabaja directamente con Kerr.
—¿Por qué debería creerte?
Margaret entregó un teléfono.
Había mensajes entre Richard y Kerr. Planeaban transferir los laboratorios a una empresa en Suiza y declarar que las irregularidades pertenecían a una división cerrada.
—Quieren sacrificarte para salvar la compañía —dijo Sofía.
—Sí.
—¿Y eso te sorprende?
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
—Que utilices las acciones de Leo para bloquear la transferencia.
—No son mías.
—Julian te nombró administradora.
—Eso no me convierte en dueña.
—Necesitamos el voto.
—Tú necesitas el voto.
Margaret respiró lentamente.
—Sterling Medical fabrica tratamientos utilizados por millones de pacientes. Si Richard vende los laboratorios y vacía las cuentas, la empresa caerá.
—Siempre utilizáis a empleados y pacientes como escudo cuando vuestro poder está en peligro.
—Esta vez el peligro es real.
—También lo era para Ana. Continuaste dirigiendo la empresa mientras ella estaba encerrada.
Margaret bajó la mirada.
—No tengo una defensa.
—Eso es lo primero honesto que dices.
Sofía aceptó asistir a la reunión, pero impuso condiciones.
La transmisión sería pública. Los documentos de Proyecto Herencia se entregarían a las autoridades. Los representantes de las madres y de los niños afectados tendrían acceso.
Margaret aceptó.
Dos días antes de la reunión, Sofía recibió un paquete.
Dentro estaba el oso de tela de Leo.
El mismo que llevaba durante la cena de Navidad.
Había desaparecido del apartamento de Julia.
Sofía abrió una costura.
Encontró un pequeño dispositivo de escucha.
Kerr había oído todas sus conversaciones desde la noche de la cena.
Debajo del oso había una nota:
LA RESERVA NO NECESITA ESPERAR HASTA LOS SEIS MESES SI LA SANGRE SE TOMA DIRECTAMENTE DEL CORAZÓN.
Julia leyó el mensaje y palideció.
—Tenemos que sacar a Leo del país.
—Kerr controla clínicas internacionales.
—Entonces una base militar.
Sofía observó el juguete.
Recordó que Margaret lo había regalado durante la fiesta de bienvenida al bebé.
—Ella colocó el dispositivo.
Llamó a Margaret.
—¿El oso era tuyo?
La matriarca guardó silencio.
—Respóndeme.
—Kerr dijo que el sensor mediría la respiración del bebé.
—Era un micrófono.
—No lo sabía.
—Siempre dices que no sabías qué harían las personas a las que entregabas poder.
—Sofía…
—Kerr sabe dónde estamos.
En ese momento, las luces del apartamento se apagaron.
Se escuchó el cristal de una ventana romperse.
Julia corrió hacia la habitación de Leo.
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La cuna estaba vacía.
Sobre el colchón había una sola gota de sangre.