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Chapter 1 - La bofetada que despertó a un muerto

El salón principal de la mansión Holloway brillaba como si toda Nueva York hubiera sido invitada a contemplar la riqueza de una sola familia. Las lámparas de cristal arrojaban reflejos sobre copas de champán, vestidos de diseñador y sonrisas ensayadas. En el centro de aquella perfección, Claire Bennett llevaba un vestido color marfil y una grieta invisible en el pecho.

Era el quinto aniversario de su matrimonio con Grant Holloway. También era la noche en que él debía anunciar que Claire asumiría la presidencia de Bennett-Holloway Industries, la empresa creada tras la fusión de los dos imperios familiares.

Al menos, eso decía la invitación.

Claire encontró a Grant junto a la chimenea, demasiado cerca de Sloane Mercer, directora de relaciones públicas y antigua amiga de Claire. Sloane sostenía la corbata de Grant entre dos dedos mientras él reía.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Claire.

Grant se apartó con lentitud, sin rastro de culpa.

—Estamos hablando de la conferencia de mañana.

—Con tu mano en su cintura.

Sloane tomó una copa.

—No conviertas una conversación profesional en una escena, Claire.

—Sal de mi casa.

La música continuó, pero varias cabezas se giraron. Grant apretó la mandíbula.

—Esta también es mi casa.

—No le hablaba a ti.

Sloane sonrió y bebió. Claire vio entonces algo que la heló: en el cuello de la mujer colgaba el medallón de zafiro que había pertenecido a su madre. Claire lo guardaba dentro de una caja fuerte.

—¿Dónde conseguiste eso?

Sloane tocó la joya.

—Grant me lo prestó.

—Era de mi madre.

Claire extendió la mano, pero Grant la sujetó por la muñeca.

—Basta.

—Suéltame.

—Estás haciendo el ridículo.

—Tú has regalado una reliquia de mi familia a tu amante y yo soy quien hace el ridículo.

El murmullo creció. Entre los invitados estaban miembros del consejo, jueces, periodistas y socios internacionales. Grant miró alrededor. Su sonrisa desapareció.

—Pide disculpas.

—¿A ella?

—A los dos.

Claire se echó a reír, incrédula.

—No.

La bofetada llegó tan rápido que nadie reaccionó. La cabeza de Claire giró. El sabor metálico de la sangre llenó su boca.

Durante un segundo, el salón quedó inmóvil.

Grant parecía sorprendido por su propia mano. Después eligió no arrepentirse.

—Te advertí que no me humillaras.

Claire levantó la mirada.

—Lo has hecho tú solo.

Grant volvió a agarrarla. Claire intentó soltarse y chocó contra la mesa de mármol junto a la chimenea. Una bandeja cayó. Las copas se rompieron. El borde de la mesa golpeó su hombro y Claire terminó en el suelo entre cristales.

—¡Grant! —gritó una mujer.

Sloane no se movió. Observaba con una calma casi satisfecha.

Grant se inclinó sobre Claire.

—Mañana firmarás los documentos. Después puedes llorar todo lo que quieras.

—Nunca firmaré nada contigo.

Él sonrió.

—Entonces el consejo conocerá tus “episodios”. Tu ansiedad. Tus medicamentos. Tus llamadas nocturnas a un padre muerto.

Claire sintió verdadero miedo.

Durante meses, Grant había insistido en que tomara unas pastillas recetadas por el médico de la familia. Decía que sufría estrés. Desde entonces tenía lagunas, mareos y recuerdos confusos.

Maya Torres, una joven empleada doméstica, apareció con una toalla y se arrodilló junto a ella.

—Señora Bennett, tenemos que salir.

Grant la apartó con el pie.

—No te metas.

Maya se puso de pie.

—La está lastimando.

—Estás despedida.

—Entonces ya no tengo ninguna razón para fingir que no vi nada.

Los guardias avanzaron. Claire comprendió que ninguno trabajaba para ella, aunque la mansión hubiera pertenecido originalmente a su familia.

—Maya, vete —susurró.

—No sin usted.

Grant hizo una señal. Dos hombres sujetaron a Maya. Claire aprovechó la distracción, se levantó y corrió hacia la puerta lateral. Nadie esperaba que huyera descalza bajo la lluvia.

Cruzó el jardín, bajó los escalones y llegó hasta la antigua fuente. El vestido se pegaba a su cuerpo. Tenía sangre en la palma y el rostro ardiendo.

Detrás de ella, la fiesta continuaba como si la violencia pudiera borrarse cerrando unas cortinas.

Claire sacó el teléfono. Solo había un número que sabía de memoria y nunca se había atrevido a marcar.

Su padre, Alexander Bennett, había muerto seis años atrás en la explosión de un yate frente a las costas de Maine. No se recuperó el cuerpo. Antes de desaparecer, le dejó un mensaje extraño: “Si alguna vez te encuentras completamente sola, llama al número que está detrás de nuestra fotografía.”

Claire había guardado aquel número como una superstición.

Marcó.

Una señal.

Dos.

Tres.

Alguien respondió.

No dijo nada.

Claire respiró entre sollozos.

—Papá…

En el otro extremo se escuchó una respiración contenida.

—Claire.

Las rodillas de ella cedieron.

—Grant me golpeó.

La voz del hombre cambió. Ya no era el eco de un muerto. Era fría, firme y terriblemente viva.

—¿Dónde estás?

—En la fuente de la mansión.

—No entres de nuevo. No aceptes ayuda de ningún Holloway. Mira hacia la calle dentro de treinta segundos.

—Papá, ¿eres realmente tú?

—Sí.

Las puertas de la mansión se abrieron. Grant salió acompañado por dos guardias.

—Claire —llamó—. Vuelve adentro. Estás confundida.

Ella retrocedió.

—No te acerques.

Un automóvil oscuro atravesó la verja antes de que los guardias pudieran cerrarla. Frenó junto a la fuente. Un hombre de cabello gris bajó del asiento trasero.

Alexander Bennett tenía una cicatriz en la mejilla, pero era él.

Grant quedó pálido.

—Eso es imposible.

Alexander se quitó el abrigo y cubrió los hombros de su hija.

—Durante seis años permití que creyeras que estaba muerto —dijo sin apartar los ojos de Grant—. Lo hice para descubrir quién intentó matarme.

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Luego miró la marca roja en el rostro de Claire.

—Esta noche acabas de darme el último nombre que necesitaba.

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