Capítulo 4: El médico que nunca me examinó

El análisis de mi copa encontró un sedante de acción rápida.
La dosis no habría sido suficiente para matarme.
Ese nunca había sido el plan.
Beatriz y Álvaro necesitaban que pareciera confundido.
Inestable.
Incapaz de tomar decisiones.
La policía registró el apartamento de Álvaro y encontró informes médicos firmados por el doctor Tomás Valdés, un neurólogo privado de Madrid.
Según aquellos documentos, yo sufría episodios de desorientación, pérdida de memoria y comportamiento paranoico.
Nunca había conocido al doctor Valdés.
Sin embargo, su informe describía supuestas consultas privadas durante los últimos seis meses.
Beatriz había construido una historia alrededor de mí.
Cada vez que olvidaba una cita, ella se lo contaba a nuestros amigos.
Cuando me quedaba dormido después de un vuelo, decía que mi salud estaba empeorando.
Cuando cuestionaba una cuenta empresarial, me acusaba de estar obsesionado.
Había convertido momentos comunes en pruebas de una enfermedad inexistente.
Mi abogado, Rafael Ortega, llegó al hotel antes de medianoche.
Leyó el protocolo de incapacidad y cerró la carpeta.
—Esto no empezó esta noche.
—¿Qué quieres decir?
—Para conseguir el control de tus acciones, necesitaban preparar al consejo durante meses.
Revisamos las comunicaciones internas.
Álvaro había informado a varios directores que yo estaba perdiendo capacidad de concentración.
Beatriz se presentaba como la compañera preocupada que intentaba protegerme.
Habían solicitado reuniones privadas sin incluirme.
Incluso prepararon una residencia médica en las afueras de Toledo.
—Pensaban encerrarme allí —dije.
Rafael no respondió inmediatamente.
—La instalación pertenece a una sociedad vinculada al doctor Valdés.
Beatriz no solo quería quitarme la empresa.
Quería mantenerme vivo, medicado y legalmente silenciado hasta completar la transferencia.
Pensé en todas las noches en las que me entregaba una copa de vino.
En las vitaminas que insistía en organizar.
En los dolores de cabeza que comenzaron meses atrás.
La policía encontró pequeñas cantidades del mismo sedante en un frasco de suplementos de mi apartamento.
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La traición debajo de la mesa no había sido el comienzo.
Había sido el momento en que una niña de tres años me obligó a mirar.