Capítulo 1: La advertencia de Lucía

—Mire debajo de la mesa, señor.
La voz era tan pequeña que al principio pensé que la había imaginado.
Bajé la mirada hacia la niña sentada a mi izquierda.
Lucía Ruiz tenía apenas tres años. Llevaba un vestido blanco sencillo, unos zapatos demasiado grandes y abrazaba contra el pecho un conejo de peluche gris.
Sus rizos castaños rodeaban un rostro pálido de rasgos mediterráneos. Sus enormes ojos marrones no miraban hacia mí.
Miraban hacia debajo de la mesa.
Me llamo Javier Montero.
A los treinta y nueve años, la prensa española me llamaba multimillonario, fundador de Montero Tecnología y uno de los empresarios más influyentes de Madrid.
Aquella noche celebrábamos una cena benéfica en el Hotel Real de Castilla.
Frente a mí estaban las dos personas en quienes más confiaba.
Beatriz Vidal, mi prometida.
Una mujer española de piel clara, cabello rubio ceniza y una elegancia que parecía perfectamente calculada.
Y Álvaro Serrano, mi socio y director financiero.
Habíamos construido la empresa juntos desde un pequeño despacho en Valencia.
Lucía estaba en nuestra mesa porque el evento recaudaba dinero para niños con enfermedades cardíacas. Ella había sido operada el año anterior gracias al programa financiado por mi fundación.
Su madre, Elena Ruiz, trabajaba aquella noche como camarera en el hotel.
—¿Qué hay debajo de la mesa? —le susurré.
Lucía apretó su conejo.
—La señora está agarrando la mano del otro hombre.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Beatriz estaba sentada a mi derecha.
Álvaro, frente a ella.
Sobre la mesa, ambos mantenían una conversación educada sobre la expansión de la compañía.
Debajo del mantel, sin embargo, sus manos estaban entrelazadas.
No era un contacto accidental.
Los dedos de Beatriz acariciaban lentamente la palma de Álvaro.
En la otra mano, él sostenía un pequeño sobre marrón.
Lucía se inclinó hacia mí.
—También le dio una llave.
Levanté la cabeza.
Beatriz me sonrió.
—¿Todo bien, cariño?
—Perfectamente.
Serví agua en mi copa sin beberla.
Álvaro retiró la mano de debajo de la mesa.
Un segundo después, el sobre apareció junto a su plato.
Beatriz miró a Lucía.
Su sonrisa se volvió más rígida.
—Los niños no deberían estar sentados en una cena de adultos.
Lucía bajó la cabeza.
—Ella es nuestra invitada —dije.
—Solo digo que podría estar más cómoda con su madre.
—Mi mamá no ha vuelto —susurró Lucía.
Me giré hacia ella.
—¿Desde cuándo?
—Fue a buscar mi medicina.
La camarera que debía cuidar de Lucía no se encontraba en el salón.
Tampoco veía a Elena entre el personal.
Beatriz tomó su copa.
—Seguro que está ocupada trabajando.
Lucía negó lentamente con la cabeza.
—La señora rubia la llevó a la habitación de atrás.
El rostro de Beatriz perdió el color.
Solo durante un instante.
Pero lo vi.
—Lucía está confundida —dijo—. Los niños inventan cosas.
La niña buscó dentro del bolsillo de su vestido.
Sacó una tarjeta de memoria diminuta y la colocó en mi mano.
—Mamá dijo que se la diera al señor del traje azul si ella no regresaba.
Yo llevaba un traje azul oscuro.
Beatriz se puso de pie.
—Javier, tenemos que hablar en privado.
Cerré los dedos alrededor de la tarjeta.
—Sí.
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Miré hacia el jefe de seguridad, situado junto a la entrada.
—Pero primero vamos a encontrar a la madre de Lucía.