Capítulo 3: La mujer detrás de la puerta

Encontramos a Elena sentada en el suelo de un pequeño almacén.
Tenía las muñecas atadas con cinta adhesiva.
Una herida atravesaba su ceja.
Lucía corrió hacia ella.
—¡Mamá!
Elena abrazó a su hija con tanta fuerza que la niña dejó caer el conejo.
Era una mujer española de treinta y un años, de cabello negro y piel oliva. Incluso herida, había algo firme en su mirada.
Sergio llamó a la policía y a una ambulancia.
—¿Quién le hizo esto? —pregunté.
Elena miró hacia Beatriz.
Mi prometida se encontraba en la puerta, custodiada por dos agentes de seguridad.
—Ella me trajo aquí —respondió Elena.
Beatriz levantó ambas manos.
—Eso es mentira.
—Me pidió que cambiara la copa del señor Montero.
—Nunca hice eso.
Elena continuó:
—Cuando me negué, el señor Serrano apareció. Me quitaron el teléfono y me encerraron.
Álvaro no había venido al almacén.
Cuando Sergio regresó al salón, su silla estaba vacía.
Había intentado escapar por la cocina.
Los guardias lo encontraron junto al ascensor de servicio con una maleta pequeña, dos pasaportes y un teléfono que no estaba registrado a su nombre.
Elena señaló la tarjeta de memoria que yo todavía sostenía.
—Grabé su conversación.
—¿Cómo?
—Hace dos semanas encontré documentos en una de las habitaciones privadas del hotel. Reconocí el nombre de su empresa.
Elena había trabajado como auxiliar administrativa antes de convertirse en camarera.
Cuando nació Lucía con un problema cardíaco, dejó su empleo para cuidarla. Las deudas médicas la obligaron a aceptar cualquier trabajo disponible.
Aquella noche, mientras preparaba una sala reservada, escuchó a Beatriz y Álvaro discutir.
Activó la grabadora de su teléfono.
La tarjeta contenía el archivo.
Sergio consiguió un ordenador portátil.
La voz de Álvaro llenó el almacén.
El médico firmará el informe mañana. Después de la cena, Javier comenzará a sentirse desorientado.
Luego se escuchó a Beatriz:
¿Y si el análisis de sangre detecta algo?
La sustancia desaparece en pocas horas. Parecerá otro episodio neurológico.
Cuando el comité nos entregue el control, debemos mover las patentes antes de que su abogado sospeche.
Beatriz miró hacia mí.
—Esa grabación está manipulada.
El audio continuó.
Su voz volvió a aparecer.
Después de noventa días, Javier no podrá recuperar la empresa aunque demuestre que está sano.
Álvaro rio.
Y cuando terminemos, tú y yo podremos dejar de escondernos.
La grabación finalizó.
Lucía levantó su conejo del suelo.
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—Mamá dijo que los malos se enfadan cuando alguien escucha.
Nadie respondió.