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Chapter 2 - La habitación sin ventanas

El cerrojo no cedió al primer intento. Tiré con ambas manos, golpeé la madera y busqué algo con lo que romperlo. En el cuarto de herramientas encontré un martillo. Cada golpe retumbó por el sótano como una alarma.

—Clara, aléjate de la puerta.

No respondió. Golpeé de nuevo hasta que la madera se partió alrededor del marco. El cerrojo cayó al suelo y la puerta se abrió unos centímetros.

El olor me golpeó primero: sudor, humedad, medicamentos y comida rancia.

La habitación no tenía ventanas. Solo una lámpara encendida en el techo, una cama estrecha y una silla de madera. Clara estaba sentada en el suelo junto a la pared, envuelta en una manta azul. Llevaba uno de mis viejos jerséis y tenía el rostro tan pálido que por un instante pensé que iba a desmayarse.

Su vientre parecía enorme sobre su cuerpo debilitado.

—Dios mío.

Me arrodillé frente a ella. Clara levantó una mano para tocarme, pero se detuvo a mitad de camino, como si todavía no creyera que yo fuera real.

—¿Eres tú?

—Sí. He vuelto.

Cuando la abracé, sentí sus huesos bajo el jersey. Ella emitió un sonido quebrado y escondió el rostro contra mi cuello.

—Pensé que no vendrías.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

Sus muñecas mostraban marcas rojizas. Había una bandeja en el suelo con un plato de avena seca y un vaso de agua casi vacío. Junto a la cama vi varias cajas de medicamentos sin etiqueta.

—¿Qué te ha hecho?

Clara miró hacia la puerta.

—Tenemos que irnos antes de que despierte.

—¿Dónde está mi madre?

—Arriba. Toma pastillas para dormir después de medianoche, pero a veces se despierta.

Saqué el teléfono para llamar a emergencias. Clara me agarró la mano y señaló una pequeña cámara negra colocada en la esquina del techo. La luz roja estaba encendida.

—Puede estar observándonos.

Tomé fotografías de la habitación y llamé al 911 de todos modos.

—Mi esposa embarazada ha sido retenida contra su voluntad —dije—. Está débil y creo que le han administrado medicamentos.

La operadora me pidió la dirección y me ordenó no enfrentarme a la persona responsable.

Demasiado tarde.

Un ruido surgió en las escaleras. Tacones lentos. Clara empezó a temblar.

Eleanor apareció en la puerta del sótano con una bata blanca perfectamente abrochada. No parecía sorprendida de verme. Miró el cerrojo roto y después a Clara entre mis brazos.

—Sabía que volverías antes de tiempo —dijo.

Me levanté.

—¿Qué has hecho?

—He protegido a tu hija.

—Has encerrado a mi esposa.

—Clara estaba fuera de control. Intentó salir, dejó de comer y amenazó con hacerse daño. El doctor Mercer recomendó mantenerla en un entorno seguro.

—¿Qué médico encierra a una mujer embarazada en un sótano?

—Uno que comprende la gravedad de su condición.

Clara apretó mis dedos.

—Está mintiendo.

Mi madre sonrió con tristeza.

—Eso es lo que hace. Miente, manipula y después te mira como si fuera una víctima.

La rabia me subió por el pecho.

—Apártate de la puerta.

—Adrian, escucha. Tu esposa ha desarrollado una psicosis prenatal. Cree que quiero robarle al bebé. Ha intentado atacarme dos veces.

—No es verdad —susurró Clara.

Eleanor señaló las marcas en sus muñecas.

—Tuvimos que sujetarla para evitar que se hiciera daño.

Durante toda mi infancia, mi madre había controlado cada versión de la realidad. Si yo lloraba, decía que era sensible. Si mi padre discutía con ella, afirmaba que estaba enfermo. Si alguien cuestionaba sus decisiones, se convertía en enemigo. Había crecido confundiendo su control con seguridad.

Ahora veía la misma técnica dirigida contra Clara.

—He llamado a la policía.

Por primera vez, su expresión cambió.

—Cancela la llamada.

—No.

—Si llegan las autoridades, Clara perderá la custodia del bebé. Hay informes médicos, grabaciones y testimonios. Puedo demostrar que es inestable.

Clara soltó un gemido.

—Planeabas esto.

—Planeaba evitar una tragedia.

Las sirenas se escucharon a lo lejos. Mi madre miró hacia las escaleras y después se abalanzó sobre una mesa auxiliar. Tomó una jeringa.

—No permitiré que destruya esta familia.

Me interpuse entre ella y Clara. Eleanor intentó rodearme. Le sujeté la muñeca y la jeringa cayó al suelo.

—Suéltame —dijo con una calma aterradora—. No sabes lo que estás haciendo.

—Sí lo sé.

Los agentes entraron en la casa y gritaron que nos identificáramos. Eleanor cambió de inmediato. Su cuerpo se aflojó, su rostro se llenó de lágrimas y comenzó a pedir ayuda.

—Mi nuera está teniendo una crisis —sollozó—. Mi hijo no comprende que puede hacerle daño al bebé.

Dos policías bajaron al sótano. Uno vio la puerta rota, la cámara, los medicamentos y a Clara en el suelo. La historia de mi madre dejó de parecer convincente.

Los paramédicos llegaron minutos después. Mientras colocaban a Clara en una camilla, ella no soltó mi mano.

—Mi bebé —repetía—. Por favor, revisen a mi bebé.

Un agente esposó a Eleanor. Al pasar junto a mí, dejó de llorar.

—Cuando descubras quién es realmente Clara —susurró—, desearás haberme escuchado.

En el hospital, los médicos encontraron deshidratación, anemia severa y rastros de sedantes en su sangre. El ritmo cardíaco del bebé era irregular.

Cuarenta minutos después, una obstetra salió con el rostro serio.

—Señor Blake, necesitamos realizar una cesárea de emergencia.

—¿Está en peligro?

—Ambas lo están.

Firmé los documentos con las manos temblando. Mientras se llevaban a Clara al quirófano, me miró desde la camilla.

—No dejes que Eleanor se acerque a Lucía.

—No lo haré.

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Las puertas se cerraron. Entonces un detective se acercó con una bolsa de pruebas. Dentro estaba la jeringa que mi madre había intentado usar.

—Señor Blake —dijo—, el medicamento contenido aquí podría haber detenido la respiración de su esposa.

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