Chapter 1 - La llamada de cada noche

Confié en mi madre para que cuidara de mi esposa embarazada. Fue el peor error de mi vida.
Durante las tres semanas que estuve trabajando en Seattle, Eleanor Blake me llamó cada noche a las nueve en punto. Nunca se retrasó ni un minuto. Su voz llegaba limpia y tranquila, como si hubiera ensayado cada frase antes de marcar.
—Clara ha cenado muy bien —me decía—. Ahora está descansando. No debes preocuparte por nada.
Yo siempre pedía hablar con mi esposa.
Al principio, Eleanor encontraba excusas razonables. Clara estaba en la ducha, se había quedado dormida o el médico le había recomendado evitar las pantallas porque le provocaban dolor de cabeza. Después, las explicaciones comenzaron a sonar extrañas.
—Está demasiado sensible y no quiere que la veas así.
—Dice que tus llamadas la ponen nerviosa.
—Esta noche ha preferido estar sola.
Clara estaba embarazada de treinta y cuatro semanas. Desde el principio había sufrido anemia y episodios de presión arterial inestable. Por eso, cuando mi empresa me pidió viajar para supervisar un proyecto durante veintiún días, estuve a punto de rechazarlo. Fue mi madre quien insistió en que aceptara.
—Esta oportunidad puede cambiar vuestra vida —me dijo—. Yo me instalaré en vuestra casa. Cocinaré para Clara, la llevaré a sus revisiones y dormiré en la habitación de invitados. Será tratada como una reina.
Clara no parecía convencida. La noche anterior a mi viaje, mientras yo preparaba la maleta, se sentó en el borde de la cama con una mano sobre el vientre.
—Tu madre no me quiere aquí, Adrian.
—Eso no es verdad.
—Cada vez que estamos solas, me recuerda que esta casa pertenecía a tu familia antes de que nos casáramos. Habla del bebé como si fuera suyo.
Cerré la cremallera de la maleta y me arrodillé frente a ella.
—Mi madre puede ser controladora, pero jamás te haría daño.
Clara apartó la mirada.
—Eso mismo dijiste cuando intentó cambiar el nombre de nuestra hija sin preguntarnos.
Aún no sabíamos con certeza si el bebé sería niña, pero Clara quería llamarla Lucía. Eleanor insistía en que debía llamarse Margaret, como la hija que había perdido antes de que yo naciera. Habíamos discutido por ello durante semanas.
—Solo serán veintiún días —le prometí—. Te llamaré todas las noches.
Clara tomó mi mano y la colocó sobre su vientre. El bebé se movió bajo mi palma.
—Regresa antes si algo no te parece normal.
La besé.
—Lo prometo.
Durante los primeros días recibí mensajes desde el teléfono de Clara. Eran cortos, pero parecían auténticos: “Estamos bien”, “Lucía no deja de moverse”, “Te extrañamos”. El cuarto día, el tono cambió.
“No llames tan tarde. Necesito dormir.”
El sexto día llegó un mensaje que me desconcertó.
“Tu madre tiene razón. Deberías concentrarte en tu trabajo y dejarnos tranquilas.”
Clara nunca me habría escrito algo así. Podía enfadarse conmigo, pero jamás se refería a sí misma y a Eleanor como “nosotras”. Además, ninguno de aquellos mensajes terminaba con el corazón amarillo que ella usaba siempre.
Llamé de inmediato. Mi madre respondió.
—Quiero hablar con Clara.
—Está descansando.
—Despiértala.
Hubo un silencio breve.
—Adrian, tu esposa está pasando por un momento emocional delicado. No deberías presionarla.
—Solo quiero escuchar su voz.
—Te llamará mañana.
Colgó.
Esa noche revisé nuestras conversaciones anteriores. Todos los mensajes enviados durante mi viaje carecían de las pequeñas faltas de ortografía que Clara cometía cuando escribía deprisa. También habían sido enviados a horas en las que ella solía dormir.
A la mañana siguiente llamé a la clínica. La recepcionista revisó el sistema.
—La señora Blake canceló su cita del lunes.
—¿Quién la canceló?
—La paciente.
—¿Hablaron directamente con ella?
—La llamada la hizo una mujer. Dijo ser Clara Blake.
Mi madre conocía la fecha de la revisión.
Llamé a Tom, el vecino que vivía frente a nosotros.
—No he visto a Clara desde que te fuiste —me dijo—. Tu madre mantiene las cortinas cerradas. Ayer vi a un hombre entrar por la puerta trasera. Llevaba un maletín negro, pero no parecía del hospital.
Fui a hablar con mi supervisor y compré un billete para el primer vuelo. No le dije nada a Eleanor.
A las nueve, mientras esperaba en el aeropuerto, mi teléfono sonó.
—Clara ha comido sopa y está durmiendo —dijo mi madre—. Todo está perfectamente bien.
Miré la pantalla de embarque.
—Me alegra escucharlo.
—No regreses antes de tiempo. Clara necesita estabilidad.
—Claro, mamá.
Llegué a Baltimore poco después de las tres de la madrugada. Conduje bajo una lluvia fina hasta nuestra casa. No había luces encendidas. El sistema de alarma estaba desactivado. El recibidor olía a lejía y a la fragancia floral que mi madre usaba para ocultar otros olores.
Subí las escaleras. La habitación de invitados estaba vacía. Nuestra cama parecía no haber sido usada en días. Sobre la mesita encontré el teléfono de Clara apagado.
Entonces escuché un golpe procedente del pasillo del sótano.
Bajé lentamente. La puerta inferior estaba cerrada con un cerrojo nuevo instalado por fuera. Detrás de ella, alguien respiraba con dificultad.
—¿Clara?
El sonido se detuvo.
—Clara, soy yo.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego una voz débil atravesó la madera.
—Adrian…
Apoyé la frente contra la puerta.
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—Estoy aquí.
—No dejes que ella se lleve a mi bebé.