Chapter 9 - El proyecto de Martha

A los dieciocho años Martha recibió la carta de admisión para estudiar arquitectura.
Corrió por la casa gritando como el día que tocó la campana.
—¡Lo conseguí, mamá!
La frase me llevó diez años atrás.
La abracé.
—Sí. Otra vez.
Durante el primer año de universidad evitó cualquier proyecto relacionado con hospitales.
Quería demostrar, sobre todo a sí misma, que su vida podía contener otras cosas.
Diseñó bibliotecas, viviendas, cafeterías y una pequeña escuela.
Hasta que un profesor propuso trabajar sobre espacios de cuidado.
Martha regresó a casa con una libreta llena de dibujos.
—Tengo una idea.
—Eso siempre acaba costándome dinero.
—Esta vez al hospital.
Quería rediseñar la sala familiar de oncología.
No las habitaciones médicas.
Los espacios que nadie recuerda cuando imagina un hospital.
Los lugares donde un hermano pequeño espera durante horas.
Donde un padre intenta comer.
Donde una madre recibe una llamada y necesita sentarse antes de responder.
—Las ventanas están demasiado altas —me explicó.
—¿Demasiado altas para qué?
—Para que un niño desde una cama pueda ver el cielo.
Me mostró otro dibujo.
Un rincón de juegos donde las bombas de medicación pudieran entrar sin que pareciera una sala clínica.
Una pequeña cocina.
Un patio protegido.
Una pared donde cada familia pudiera escribir una palabra.
—¿Qué palabra?
—La que quiera.
Miedo.
Esperanza.
Rabia.
Pizza.
Dinosaurio.
No había mensajes obligatoriamente positivos.
—A veces la gente necesita escribir “estoy cansada” —dijo Martha.
Pensé en mis cinco minutos en el baño.
El hospital aceptó estudiar el proyecto.
El Fondo de Un Día financió parte.
Martha trabajó con arquitectos profesionales durante dieciocho meses.
No la trataron como “la antigua paciente”.
Ella insistió en eso.
—Quiero que critiquen mis planos si son malos.
Y lo hicieron.
Volvía a casa enfadada.
—Dijeron que la circulación no funciona.
—¿Y funciona?
—No.
—Entonces quizá tienen razón.
—No necesito esta negatividad en mi propia casa.
Yo reía.
El proyecto mejoró.
Poco antes de la inauguración llegó una noticia triste.
Evelyn había muerto mientras dormía.
Tenía setenta y cuatro años.
Martha permaneció callada durante horas.
Después abrió la caja de piedras de Anna.
Eligió la piedra azul.
—Quiero que haya algo de ellas en la sala.
El hospital aprobó una pequeña placa.
No decía que Anna había muerto de cáncer.
Decía:
ANNA BROOKS — POR TODAS LAS COSAS QUE SIGUEN VIAJANDO DE UNA PERSONA A OTRA.
Martha colocó una réplica de la piedra azul junto a la placa.
La original permaneció con ella.
La noche antes de la inauguración Martha entró en mi habitación.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De volver mañana y sentir otra vez que tengo diez años.
Me senté a su lado.
—Puede pasar.
—¿Y si lloro?
—Te dejaré cinco minutos.
Me golpeó con una almohada.
—Mamá.
Sonreí.
—O cincuenta. Los que necesites.
Martha apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Vienes conmigo?
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—Siempre que me invites.
Y al día siguiente regresamos juntas al lugar donde había comenzado todo.