Chapter 5 - La mujer del pasillo

La mujer se llamaba Evelyn Brooks.
Al menos ese era su verdadero nombre.
Durante el tratamiento de Martha había utilizado otros dos nombres para entrar en actividades públicas del hospital.
Nunca estuvo sola con mi hija. Nunca pidió información médica. Pero le había enviado una manta, un libro y una caja de piedras brillantes.
Recordé la caja inmediatamente.
Martha me había dicho que alguien del hospital se la había regalado.
—¿Te acuerdas de una señora llamada Rose? —le pregunté.
—Sí.
—¿Qué te decía?
—Nada raro.
—¿Te pidió que guardaras secretos?
—No.
—¿Por qué nunca me hablaste de ella?
Martha parecía sorprendida.
—Pensé que era amiga tuya.
La policía del hospital encontró una imagen clara.
La doctora Collins reconoció a Evelyn.
Había sido enfermera pediátrica allí muchos años antes.
Conseguimos su teléfono.
Cuando llamé y dije que era la madre de Martha, comenzó a llorar.
—Lo siento.
—¿Por qué visitaba a mi hija?
—No quería hacerle daño.
—Eso no responde.
Nos encontramos en un café.
Evelyn llegó con una carpeta.
Dentro había una fotografía de una niña de ocho años, con pecas y cabello rojizo.
Durante un segundo se parecía tanto a Martha que me quedé sin aire.
—Mi hija Anna —dijo Evelyn.
Anna tuvo leucemia a finales de los años noventa.
Murió con nueve años.
Evelyn escuchó años después hablar de una niña de oncología que regalaba tarjetas y pegatinas a todo el mundo.
Fue a un evento público.
Vio a Martha.
—Me recordó tanto a Anna que no pude moverme.
—Eso no le daba derecho a entrar en nuestra vida.
—Lo sé.
No discutió.
Aquello hizo más difícil enfadarme.
—¿Y las piedras?
Evelyn cerró los ojos.
—Eran de Anna.
Sentí un escalofrío.
—¿Le dio a mi hija las piedras de su hija muerta?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Anna creía que eran huevos de dinosaurio.
Me quedé inmóvil.
Era exactamente lo que Martha decía.
—¿Se lo contó?
—No. Martha me lo dijo a mí.
Evelyn sonrió entre lágrimas.
—Cuando la escuché, sentí que por primera vez en veinte años podía tocar esas piedras sin pensar únicamente en una habitación de hospital.
Me entregó un sobre.
Dentro había un cheque de cincuenta mil dólares para el fondo.
—Es el dinero que guardé para la universidad de Anna.
—No puedo aceptar esto.
—No tiene que decidir ahora.
—¿Por qué hacerlo?
—Porque durante veinte años ese dinero representó una vida que no ocurrió.
Miró hacia la ventana.
—Quizá puede ayudar a otras vidas que sí están ocurriendo.
No aceptamos inmediatamente.
Hablamos con abogados, con el hospital y, sobre todo, con Martha.
Le expliqué todo.
Ella corrió a buscar la caja de piedras.
—¿Tenemos que devolverlas?
—No. Evelyn quiere que las tengas.
Martha tomó una piedra azul.
—Entonces quiero enseñársela.
Una semana después se encontraron.
Martha colocó la piedra entre ambas.
—Esta es mi favorita.
Evelyn empezó a llorar.
—También era la favorita de Anna.
Martha le tomó la mano.
No dijo nada extraordinario.
No hacía falta.
Con el tiempo, Evelyn se convirtió en voluntaria oficial del fondo y respetó todas las reglas del hospital.
Su donación mantuvo la sala abierta durante otro año.
May you like
Yo pensé que aquella sería la última gran sorpresa relacionada con Martha.
Entonces Samuel dejó de aparecer los martes.