Chapter 6 - La campana que Samuel aún no podía tocar

Martha preguntó por Samuel durante tres semanas.
Nadie le daba una respuesta clara.
Finalmente Angela se sentó con nosotros.
—La enfermedad ha vuelto.
Martha no dijo nada.
Aquella noche se encerró en su habitación.
Media hora después llamó.
—Mamá.
Entré.
Estaba sentada en el suelo.
—No es justo.
—No.
—Él estaba mejor.
—Sí.
—Entonces ¿por qué volvió?
No había una respuesta capaz de satisfacerla.
—No lo sé.
Martha apretó los puños.
—Pero yo terminé.
—Sí.
—¿Por qué yo sí?
Ahí estaba una pregunta que ningún niño debería necesitar formular.
Me senté a su lado.
—No hiciste nada para merecer estar enferma.
—Ya lo sé.
—Y tampoco hiciste nada para merecer mejorar más que Samuel.
Las lágrimas aparecieron.
—Entonces es injusto.
—Sí.
—Odio cuando dices eso.
—Yo también.
Los padres de Samuel permitieron que Martha lo visitara.
Él estaba más delgado.
Pero todavía tenía su humor.
—La famosa Martha.
—Cállate.
Ella le entregó una caja.
—Ya tengo una.
—Esta es diferente.
Dentro había una pequeña campana de juguete.
—¿Qué es esto?
—Tu campana temporal.
—Es ridícula.
—Sí.
Samuel la hizo sonar.
El tintineo fue tan débil que ambos comenzaron a reír.
—La de verdad suena mejor —dijo Martha.
—Presumida.
Durante los siguientes meses, Martha empezó a visitar demasiado el hospital.
Quería ayudar a todos.
Hacer cajas para todos.
Recordar los nombres de todos.
Una noche estaba agotada.
—Tienes que parar un poco.
—Estoy bien.
—No lo parece.
—Tú hacías lo mismo cuando yo estaba enferma.
La acusación era justa.
—Sí.
—Entonces ¿por qué yo no puedo?
—Porque aprendí que me estaba haciendo daño.
Martha bajó la mirada.
—Si Samuel empeora y yo no voy…
—No será culpa tuya.
—Pero…
—Acompañar a alguien no significa ser responsable de su final.
Aquella frase fue difícil para las dos.
Martha redujo sus visitas.
Volvió a clases de arte.
Empezó a jugar al fútbol.
Tuvo una discusión enorme con una amiga por algo completamente absurdo.
Me alegré de que pudiera tener problemas normales.
Nueve meses después, Angela llamó.
—Creo que alguien quiere veros.
Regresamos al pasillo.
Samuel estaba de pie bajo la campana.
Sin pelo.
Más delgado.
Pero de pie.
Martha se tapó la boca.
—No llores antes de tiempo —dijo él.
—No estoy llorando.
—Tu nariz está rosa.
Yo empecé a reír.
Samuel agarró la cuerda.
—¿Lista?
Martha asintió.
Tiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Los aplausos llenaron el pasillo.
Después Samuel sacó del bolsillo la pequeña campana de juguete.
—Ya no la necesito.
Martha negó.
—Guárdala.
—¿Por qué?
—Porque algún día otro niño la necesitará.
Samuel la miró.
—Eso ha sonado muy dramático.
—Estoy practicando para la televisión.
—Pensé que odiabas la televisión.
—He madurado.
Todos reímos.
Aquella noche Martha añadió una nueva frase al proyecto:
“No prometemos que todo saldrá bien. Prometemos que nadie tendrá que pasar el día difícil completamente solo.”
La doctora Collins la leyó.
—Esta me gusta más.
A mí también.
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Porque habíamos empezado creyendo que esperanza significaba prometer finales felices.
Ahora entendíamos que a veces esperanza significaba simplemente quedarse.