Chapter 3 - La caja del día difícil

Samuel tenía nueve años.
Cuando entramos en su habitación, Martha caminó más despacio.
El olor del hospital seguía siendo el mismo.
Desinfectante. Plástico. Medicación. Recuerdos.
—Podemos irnos —le dije.
—No.
—No tienes que demostrar nada.
Martha tragó saliva.
—No estoy demostrando. Solo tengo un poco de miedo.
Nos sentamos cinco minutos.
Después entramos.
Samuel miró la caja.
—No quiero cosas de hospital.
—Perfecto —respondió Martha—. No es una cosa de hospital.
La abrió.
Sacó un dinosaurio.
—¿Qué tiene que ver esto con la leucemia?
—Nada.
—¿Entonces?
—Es un dinosaurio.
Samuel sonrió por primera vez.
Luego leyó la tarjeta.
—“Hoy puede ser horrible. Mañana ya veremos.”
—Sí.
—¿Tú también tuviste cáncer?
—Sí.
—¿Dolía?
Yo me tensé.
Martha no mintió.
—A veces muchísimo.
—Mi papá dice que no tengo que tener miedo.
Martha miró al padre de Samuel.
—Los padres dicen cosas raras.
El hombre soltó una carcajada.
—Gracias.
Martha añadió:
—Puedes tener miedo. Solo intenta que el miedo no decida todo.
Al salir, aguantó hasta el coche.
Entonces comenzó a llorar.
—Olía igual —susurró.
La abracé.
No intenté decirle que estuviera bien.
Esperamos.
Cinco minutos después levantó la cabeza.
—Ahora mi nariz también está rosa.
Nos reímos.
Las cinco cajas se convirtieron en veinte.
Después en cincuenta.
Un periódico local publicó la historia y empezaron a llegar donaciones.
Una cadena de televisión nacional nos ofreció una entrevista. El dinero asociado al reportaje habría financiado cientos de cajas.
Yo estaba emocionada.
Martha no.
—No quiero que me conozcan porque tuve cáncer.
—Solo serían diez minutos.
—Las cajas pueden ser famosas.
Me miró.
—Yo no.
Rechazamos la entrevista.
Fue una de las primeras veces en que tuve que aceptar que una oportunidad buena no necesariamente era buena para mi hija.
Una semana después, durante una revisión rutinaria, la doctora Collins entró sin sonreír.
Se sentó.
—Necesitamos repetir un análisis.
El mundo volvió a detenerse.
—¿Por qué? —preguntó Martha.
—Hay un valor que no me gusta. Puede no significar nada, pero quiero comprobarlo.
En el coche, Martha estuvo en silencio.
Luego preguntó:
—¿Tengo cáncer otra vez?
Quise decir que no.
Quise prometer que todo había terminado.
Pero ya habíamos aprendido a no fabricar certezas.
—No lo sabemos todavía.
—Odio esa respuesta.
—Yo también.
—¿Tienes miedo?
—Muchísimo.
Martha miró por la ventana.
—Yo también.
Aquella noche no escondí mis lágrimas en el baño.
Lloramos juntas en el sofá.
Al día siguiente repitieron las pruebas.
Los resultados tardarían.
Martha quiso ir igualmente a ver a Samuel.
—Podemos esperar.
—Si espero a saber que todo está bien para vivir normal, nunca voy a vivir normal.
Fuimos.
Samuel estaba demasiado cansado para hablar.
Martha se sentó a su lado en silencio.
Horas después, Collins llamó.
El nuevo análisis era normal.
No había señales de recaída.
Me senté en el suelo de la cocina y lloré.
Martha me abrazó.
Luego dijo:
—Pizza.
Algunas tradiciones sobrevivían a cualquier cosa.
Pero el susto me cambió.
Empecé a vigilar cada moratón. Cada dolor. Cada minuto de cansancio.
Una noche Martha explotó.
—Cuando me miras así, siento que sigo enferma.
La frase me dolió porque tenía razón.
Yo había vivido dos años en emergencia.
Su tratamiento había terminado.
El mío no.
Por primera vez acepté terapia.
Mi terapeuta me dijo:
—La campana sonó para Martha. Usted tendrá que encontrar otra forma de decirle a su miedo que puede bajar la guardia.
Mientras yo empezaba ese trabajo, el proyecto de las cajas recibía cada vez más solicitudes.
Pero muchas familias no pedían juguetes.
Pedían gasolina.
Comida.
Ayuda con el alquiler.
Cuidado para hermanos.
Julia dejó una carpeta sobre la mesa.
—Las cajas son bonitas.
—Sí.
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—Pero creo que esto puede ser más grande.
Así nació el Fondo de Un Día.