Chapter 5 - Las mujeres del pabellón negro

Black Harbor estaba construido sobre una isla rocosa a tres kilómetros de la costa.
A principios del siglo XX había sido un sanatorio para pacientes con tuberculosis. Whitmore Health compró la propiedad treinta años atrás y la convirtió en un centro de rehabilitación psiquiátrica para clientes adinerados.
Oficialmente cerró después de que una tormenta destruyera parte del muelle.
Sin embargo, desde el barco de Margaret podían verse luces en las ventanas.
—Mi padre estuvo aquí —dijo—. Charles lo mantuvo sedado durante once meses mientras vendía sus hoteles.
—¿Cómo salió? —preguntó Adrian.
—Una enfermera comenzó a reducir la medicación.
Camila miró hacia ella.
—Sofía.
Margaret asintió.
—Tu hermana ayudó a varios pacientes. Cuando descubrió a Rachel, intentó organizar una fuga.
—¿Por qué no lo consiguió?
—Había un informante entre el personal.
Vanessa estaba sentada en la parte trasera del barco, abrazándose los brazos.
—Victor siempre coloca a alguien cerca de las víctimas.
Adrian la miró.
—Como te colocó cerca de mí.
Ella aceptó la acusación.
Llegaron a una pequeña cala detrás de la isla. Margaret conocía una entrada utilizada para retirar residuos médicos.
Noah se había quedado en tierra con Julia y dos agentes federales contactados por Margaret. Adrian se negó a llevarlo a la isla.
Camila, Adrian, Vanessa y Margaret entraron por un túnel húmedo.
La puerta interior tenía un lector.
Vanessa colocó la mano.
La luz se volvió verde.
—¿Por qué tienes acceso? —preguntó Camila.
—Porque venía una vez al mes para ver a mi hija.
Adrian quedó inmóvil.
—Dijiste que solo te enviaban vídeos.
—Al principio. Después permitieron visitas de diez minutos si continuaba cooperando.
—¿La viste y aun así regresabas a la mansión para amenazar a Noah?
Vanessa cerró los ojos.
—Sí.
—Podías pedir ayuda.
—Había guardias.
—También había periodistas, policías y personas a las que podías enviar una carta.
—Tienes razón.
No buscó otra explicación.
Aquella era la diferencia entre reconocer una causa y utilizarla como absolución.
Caminaron por corredores blancos sin ventanas.
Las puertas tenían números, no nombres.
En varias habitaciones había pacientes dormidos bajo luces débiles.
Camila encontró el pabellón negro en el nivel inferior.
Utilizaron una tarjeta tomada de un escritorio.
La primera habitación estaba vacía.
La segunda contenía una cama con correas.
En la tercera encontraron a Sofía.
Camila dejó de respirar.
Su hermana estaba mucho más delgada. Su cabello oscuro tenía mechones grises y había cicatrices alrededor de sus muñecas. Permanecía sentada junto a una pared, mirando un dibujo.
—Sofía.
La mujer no reaccionó.
Camila se arrodilló.
—Soy yo.
Los ojos de Sofía se movieron lentamente.
—Camila?
—Sí.
—No deberías estar aquí.
Camila la abrazó.
Durante seis años había imaginado aquel momento. En algunas versiones lloraban. En otras Sofía corría hacia ella.
La realidad era diferente.
Su hermana permanecía rígida, incapaz de confiar plenamente incluso en un abrazo.
—Vamos a salir.
—Primero Rachel.
Sofía señaló la habitación siguiente.
Adrian abrió la puerta.
Rachel estaba acostada sobre una cama médica.
Su cabello, antes castaño, tenía zonas blancas. Había perdido peso, pero su rostro era inconfundible.
Adrian se acercó lentamente.
—Rachel.
Ella abrió los ojos.
Lo observó durante varios segundos.
Después dijo:
—Te casaste con ella.
Adrian sintió que aquellas palabras contenían dos años de abandono.
—Creí que habías muerto.
—Eso era lo que tu padre necesitaba que creyeras.
—Lo siento.
Rachel intentó incorporarse.
—No tenemos tiempo para disculpas.
Miró a Vanessa.
—¿Dónde está Noah?
—Seguro —respondió Adrian.
—¿La llave?
—Abrió la habitación azul.
Rachel cerró los ojos con alivio.
—Entonces los archivos salieron.
—Solo parte de ellos.
Sofía explicó que Black Harbor tenía un servidor central con los expedientes completos de las tutelas, pagos y secuestros. Victor planeaba trasladarlo junto con varios pacientes aquella noche.
—¿Dónde está? —preguntó Camila.
—Debajo del antiguo quirófano.
Una alarma comenzó a sonar.
Vanessa miró su tarjeta.
—Han detectado mi entrada.
Margaret ayudó a Rachel a levantarse.
Adrian la sostuvo, pero ella se apartó.
—Puedo caminar.
Sus piernas temblaron.
Camila tomó a Sofía.
Corrieron hacia el quirófano.
El servidor estaba dentro de una cámara protegida por cristal. Necesitaba dos autorizaciones: una de Charles y otra del director médico.
Vanessa conocía el código de Charles porque lo vio utilizarlo durante sus visitas.
Sofía tenía la huella del director almacenada en una prótesis de silicona que preparó meses atrás.
—Esperaba otra oportunidad —dijo.
Abrieron la cámara.
Camila conectó el disco.
Los archivos comenzaron a copiarse.
Adrian encontró una carpeta relacionada con la muerte de su padre, Jonathan Whitmore.
Jonathan murió diez años atrás debido a un supuesto infarto.
El expediente mostraba que intentó denunciar a Charles por las primeras tutelas fraudulentas.
Victor ordenó cambiar su medicación cardíaca.
—Mi padre también lo sabía —dijo Adrian.
Rachel colocó una mano sobre su hombro.
—Intentó detenerlo demasiado tarde.
—Igual que yo.
—Todavía puedes decidir qué haces con el tiempo que queda.
La descarga alcanzó el treinta por ciento.
Hombres armados entraron en el corredor.
Vanessa tomó un extintor y golpeó al primero cuando cruzó la puerta.
Adrian derribó al segundo.
Margaret activó la alarma contra incendios.
Las puertas del edificio comenzaron a abrirse automáticamente.
Pacientes y empleados salieron de las habitaciones.
El caos se extendió.
—Ochenta por ciento —dijo Camila.
Victor apareció en una pantalla.
—Adrian, siempre fuiste el hijo más decepcionante de los Whitmore.
—¿Dónde está Charles?
—Preparando la reunión que te eliminará definitivamente de la familia.
—La familia termina esta noche.
Victor sonrió.
—No mientras tengamos al heredero.
Adrian palideció.
—Noah está protegido.
—¿Por Julia Reyes?
La pantalla mostró una cámara dentro de la casa donde dejaron al niño.
La habitación estaba vacía.
Una silla había sido derribada.
Sobre la mesa estaba la camiseta amarilla de Noah.
Camila sintió que el suelo desaparecía.
—¿Dónde está mi prima?
—Viva, por ahora.
—¿Y Noah?
Victor levantó otro teléfono.
El niño aparecía sentado dentro de un automóvil. Tenía las manos libres, pero estaba llorando.
Charles estaba junto a él.
—Traed a Rachel, la llave y los archivos a la reunión del consejo —dijo el anciano—. Si no aparecéis antes de medianoche, solicitaré la custodia definitiva de Noah y nadie volverá a encontrarlo.
Rachel se acercó a la pantalla.
—Charles.
El patriarca la vio.
Durante un instante perdió la seguridad.
—Debiste morir en la carretera.
—Ese fue siempre tu problema. Convertías un deseo en un hecho y esperabas que todos obedecieran.
Charles tomó al niño por el hombro.
—Medianoche.
La comunicación terminó.
La descarga alcanzó el cien por ciento.
Camila retiró el disco.
El edificio comenzó a llenarse de humo debido a un incendio iniciado en el nivel superior.
Habían encontrado a Rachel y Sofía.
Tenían los archivos capaces de destruir a Charles.
Pero el hombre que controló vidas mediante hospitales y tribunales acababa de llevarse a la única persona por la que todos estarían dispuestos a entrar en su última trampa.
Noah.
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El niño que nadie había escuchado durante meses era ahora el testigo más importante de toda la conspiración.
Y Charles Whitmore no pensaba permitir que llegara vivo ante un juez.