Chapter 16 - La voz detrás de la última pared

Seis meses después de la inauguración del centro, Noah volvió a escuchar una voz dentro de la habitación azul.
No era la voz de Rachel.
Tampoco pertenecía a una persona que estuviera dentro de la mansión.
El niño se encontraba sentado frente al antiguo piano, terminando un dibujo para la escuela, cuando oyó tres golpes detrás de la pared.
Se detuvo.
Esperó.
Los golpes se repitieron.
Tres lentos.
Dos rápidos.
Tres lentos otra vez.
Noah salió de la habitación y buscó a Camila en la planta baja. Ella estaba revisando documentos junto a Lucas Ward, quien colaboraba como asistente en el archivo mientras preparaba su ingreso a la universidad.
—Hay alguien dentro de la pared —dijo Noah.
Camila dejó inmediatamente el ordenador.
No respondió que era imposible.
No sonrió.
No le dijo que probablemente había imaginado el sonido.
—Muéstrame dónde.
Subieron juntos.
Rachel estaba en una sesión con antiguos pacientes y Adrian había salido con Sofía para reunirse con trabajadores de uno de los hospitales. La mansión estaba tranquila.
Noah señaló el lugar detrás del piano.
Camila acercó el oído.
Al principio no escuchó nada.
Después llegaron los mismos golpes.
Lucas examinó la madera.
—No parece una tubería.
Camila retiró el panel instalado durante la restauración. Detrás había un pequeño conducto lleno de cables antiguos. Algunos pertenecían al sistema de seguridad de Rachel. Otros no aparecían en los planos.
Uno de los cables terminaba en un dispositivo de audio.
La pantalla mostraba una llamada entrante.
Camila conectó un altavoz.
—¿Hola?
Solo respondió una respiración débil.
—Mi nombre es Camila Reyes. ¿Quién está ahí?
Una niña susurró:
—No sé.
Noah se acercó.
—¿No sabes tu nombre?
—Me dijeron que no debía usarlo.
Camila sintió una presión fría en el pecho.
—¿Dónde estás?
—En la escuela.
—¿Cómo se llama?
—No tiene nombre en las puertas.
Se oyó un sonido metálico al otro lado. La niña bajó la voz.
—Encontré el teléfono dentro de una caja. Había una fotografía de una habitación azul y este número.
Camila miró a Noah.
Rachel había dejado muchos sistemas de emergencia, pero nunca mencionó aquel dispositivo.
—¿Quién te dio la caja?
—Una enfermera. Murió la semana pasada.
—¿Cómo se llamaba?
—Señora Hart.
Lucas buscó el nombre en los archivos.
Apareció una antigua empleada de Whitmore Health: Evelyn Hart, trabajadora social especializada en menores cuyos padres habían sido internados.
Su expediente afirmaba que se jubiló doce años atrás.
—¿Cuántos niños hay contigo? —preguntó Camila.
—No somos niños.
La voz parecía tener unos doce o trece años.
—¿Cuántos jóvenes?
—Diecisiete.
—¿Estáis encerrados?
—Podemos ir a las clases y al comedor. Pero las puertas exteriores necesitan una tarjeta.
—¿Alguien os hace daño?
La niña tardó en responder.
—Nos cambian los nombres.
Camila sintió que el caso que todos creían terminado volvía a abrirse.
Durante las investigaciones sobre las tutelas, habían encontrado adultos encerrados, familias despojadas de propiedades y menores utilizados para amenazar a sus padres.
Pero no habían encontrado una institución dedicada exclusivamente a los hijos de los pacientes.
—¿Qué nombre te dieron? —preguntó Noah.
Camila quiso apartarlo de la conversación, pero la niña respondió:
—Mia.
—¿Y cuál era tu nombre antes?
—Creo que Eva.
—¿Qué recuerdas de tu familia?
—Una mujer que cantaba cuando llovía. Me dijeron que era una cuidadora, pero creo que era mi madre.
La puerta de la habitación azul se abrió.
Rachel entró.
Al escuchar la voz, perdió el color.
—Evelyn Hart —susurró.
—¿La conocías? —preguntó Camila.
—Intentó contarme algo antes del accidente. Dijo que las tutelas no terminaban con los padres.
Rachel tomó el micrófono.
—Mia, ¿la enfermera dejó alguna palabra escrita?
—Sí.
Se oyó papel.
—“Programa Nido. No confíes en la doctora Vale.”
Rachel cerró los ojos.
La doctora Miriam Vale había sido psiquiatra de Charles Whitmore treinta y cuatro años atrás. Firmó el primer informe que lo declaró incapaz y, meses después, el documento que afirmaba que estaba completamente recuperado.
Durante el juicio, su nombre apareció en registros antiguos, pero no existían pruebas suficientes para acusarla. Vale declaró que Victor Crane había manipulado su firma y abandonó el país antes de que pudieran interrogarla nuevamente.
—Mia —dijo Camila—, necesito que mantengas el teléfono escondido.
—La señora Hart dijo que alguien vendría cuando escuchara tres, dos y tres.
—¿Sabes qué significa?
—No.
Noah miró las teclas del piano.
—Tres, dos y tres.
Tocó las notas correspondientes.
La misma melodía utilizada por Rachel y Jonathan apareció con una variación.
Lucas introdujo la secuencia en el dispositivo.
Se abrió una memoria interna.
Aparecieron registros con el título:
PROGRAMA NIDO: CONTINUIDAD FAMILIAR Y REASIGNACIÓN DE MENORES.
Camila comenzó a leer.
Cuando un paciente adinerado era declarado incapaz, sus hijos podían convertirse en testigos, herederos o futuros denunciantes. Proyecto Nido los separaba de sus familiares mediante informes psicológicos. Algunos eran enviados a internados. Otros recibían nuevas identidades y eran entregados a tutores relacionados con Whitmore Health.
Las propiedades permanecían bloqueadas hasta que los niños alcanzaban la mayoría de edad.
Para entonces, muchos no recordaban quiénes eran.
—¿Charles sabía esto? —preguntó Lucas.
Rachel encontró su firma en varios documentos.
—Sí.
También aparecía Victor.
Pero el nombre repetido en todos los expedientes era Miriam Vale.
Ella no había sido una médica utilizada por Charles.
Era la persona que diseñó el método.
En uno de los archivos aparecía Mia.
Nombre anterior: Eva Bell.
Madre: Katherine Bell.
Estado de la madre: fallecida durante tratamiento.
Rachel reconoció el apellido.
Katherine Bell había sido asistente de Elena Ward. Desapareció después de intentar declarar ante la fiscalía.
—¿Dónde está la escuela? —preguntó Camila.
El archivo eliminaba la ubicación. Solo conservaba una referencia:
ST. ORISON EDUCATIONAL CAMPUS.
Lucas buscó el nombre.
No aparecía en ningún registro educativo.
—Mia —dijo Camila—, mira por la ventana. ¿Qué ves?
—Árboles. Una torre de agua. Y montañas.
—¿Hay nieve?
—No.
—¿Escuchas aviones, trenes o barcos?
La niña permaneció en silencio.
Después respondió:
—Campanas. Cada hora.
Rachel tomó una fotografía antigua del archivo.
Detrás de varios niños aparecía una iglesia con dos torres.
Adrian entró en la habitación y observó la imagen.
—Conozco ese lugar.
Cuando era adolescente, Charles lo llevó a un retiro escolar en Vermont. Le dijeron que era un programa para hijos de empleados.
La iglesia pertenecía a Saint Orison.
—Mi padre me llevó allí —dijo—. Vi niños, pero creí que vivían con sus familias.
Noah lo miró.
—¿Preguntaste?
Adrian recibió la pregunta como una acusación sin intención.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me dijeron que no era asunto mío.
Noah bajó la mirada hacia el micrófono.
—Eso decían cuando Vanessa gritaba.
Adrian se arrodilló junto a él.
—Sí.
No intentó explicar la diferencia.
No existía.
Camila volvió a hablar con Mia.
—Vamos a encontrarte.
—La señora Hart dijo que no prometiera cosas que no podía controlar.
Camila recordó sus propias palabras.
—Tiene razón. Entonces te diré lo que sí podemos hacer: investigaremos la ubicación, informaremos a autoridades independientes y continuaremos escuchando mientras puedas llamar.
—¿Y si me quitan el teléfono?
Noah respondió antes que los adultos:
—Entonces recordaremos que existes.
La niña permaneció en silencio.
—¿De verdad?
—Sí.
—Mi nombre era Eva.
—Recordaremos a Eva —dijo Noah.
La conexión terminó.
Una hora después, Camila descubrió que el dispositivo solo podía recibir llamadas desde una línea interna de Saint Orison. No podían devolverla.
Irene Maddox obtuvo una orden de registro, pero el documento tardaría varias horas en llegar al juez federal de Vermont.
Adrian propuso viajar inmediatamente.
Rachel negó.
—Entrar sin una orden permitirá que Vale traslade a los niños y después afirme que invadimos una escuela.
—¿Quieres esperar mientras saben que Evelyn murió?
—Quiero actuar de una forma que no destruya la posibilidad de sacarlos legalmente.
Camila miró el archivo.
Evelyn Hart había dejado algo más.
Un mensaje programado.
Si este sistema se activa, Miriam sabrá que Nido ha sido encontrado. No buscará destruir a los menores. Los trasladará al lugar donde se crean sus nuevas identidades.
Debajo había una palabra:
BELLWEATHER.
Rachel conocía el nombre.
Bellweather no era una escuela.
Era una antigua maternidad privada situada junto a la frontera canadiense.
Allí se emitieron cientos de certificados de nacimiento utilizados por la red Whitmore.
Si Miriam trasladaba a los jóvenes, podía borrar por última vez sus identidades.
Camila cerró el ordenador.
—No tenemos horas.
Noah continuaba frente al micrófono apagado.
La última voz que pidió ayuda no era un adulto con documentos escondidos.
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Era una niña que ni siquiera estaba segura de cómo se llamaba.
Y alguien dentro de Saint Orison acababa de descubrir que el teléfono de Evelyn Hart había sido utilizado.