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EL NIÑO QUE NADIE ESCUCHABA / Chapter 17 / 20

Chapter 17 - La escuela de los nombres prestados

Saint Orison estaba vacío cuando llegaron.

Los agentes federales abrieron las puertas poco después del amanecer. Las aulas continuaban iluminadas. Había comida caliente en el comedor y libros abiertos sobre los escritorios.

Pero no quedaba ningún estudiante.

Las camas de los dormitorios habían sido retiradas.

Los armarios estaban vacíos.

En el despacho de la directora encontraron diecisiete carpetas quemadas dentro de una chimenea. La mayor parte de los documentos se había convertido en ceniza.

Camila recogió una hoja parcialmente intacta.

Aparecía una fotografía de Eva Bell junto a otro nombre:

MIA VALE.

—La registró como familiar suya —dijo.

Rachel examinó otros restos.

Cada joven había recibido el apellido de un miembro de Proyecto Nido. Aquello permitía a médicos, abogados y empleados presentarse como tutores legítimos durante los traslados.

—¿Cuánto tiempo llevan fuera? —preguntó Irene.

Un agente revisó las cámaras.

—Tres horas.

Las grabaciones mostraban dos autobuses saliendo hacia el norte. Las matrículas eran falsas.

Adrian encontró a un hombre escondido en la sala de calderas.

Era el jardinero.

Se llamaba Samuel Price y trabajaba allí desde hacía siete años.

—No sabía quiénes eran realmente —afirmó—. Me dijeron que todos tenían problemas familiares.

—¿Alguna vez intentaron salir? —preguntó Rachel.

—Sí.

—¿Qué ocurría?

Samuel bajó la mirada.

—Los llevaban a la enfermería. Después regresaban más tranquilos.

Sofía apretó los labios.

—Sedados.

El hombre comenzó a llorar.

—Tengo dos hijos. Nunca pensé…

—Pensó que no era asunto suyo —dijo Adrian.

Samuel lo miró, sorprendido.

Adrian añadió:

—Yo también utilicé esa frase.

El jardinero había visto los autobuses dirigirse hacia la carretera de Bellweather.

La maternidad estaba a dos horas y media.

Irene solicitó bloquear la frontera y enviar patrullas. Sin embargo, Miriam Vale utilizaba ambulancias registradas como transporte médico. Podía cambiar a los jóvenes de vehículo antes de cualquier control.

Camila encontró el dormitorio de Eva.

En la pared había dibujos de una mujer bajo la lluvia. En todos, la mujer llevaba un abrigo verde y cantaba junto a una ventana.

Dentro de una funda de almohada apareció otro teléfono.

No funcionaba.

Pero conservaba un mensaje grabado por Evelyn Hart.

—Eva, tu madre no te abandonó. Katherine Bell descubrió que Whitmore Health utilizaba a los hijos de pacientes como garantía financiera. Intentó sacarte y fue declarada inestable. Miriam ordenó trasladarla a North Haven.

Rachel miró a Camila.

North Haven había sido evacuado y revisado. No encontraron a Katherine.

El mensaje continuó:

—Miriam te dirá que tu madre murió. No le creas sin ver pruebas independientes. No permitas que cambien tu nombre nuevamente.

Eva había escuchado aquella grabación.

Por eso llamó a la habitación azul.

No buscaba únicamente escapar.

Buscaba a su madre.

Camila revisó la lista de antiguos pacientes de North Haven. Katherine Bell aparecía como fallecida cinco años atrás, pero el certificado estaba firmado por la propia Miriam Vale.

—Puede continuar viva —dijo Sofía.

—¿Dónde la llevarían? —preguntó Lucas.

Rachel encontró una referencia a Bellweather.

La maternidad no solo producía documentos.

También tenía un pabellón para madres declaradas incapaces.

Miriam podía reunir a Eva con Katherine para obligar a ambas a aceptar nuevas identidades o grabar una declaración falsa donde la madre afirmara haber abandonado voluntariamente a su hija.

—Debemos llegar antes —dijo Adrian.

Viajaron en vehículos federales.

Noah permaneció en la mansión con Margaret y un terapeuta. Estaba molesto porque los adultos no le permitieron ir.

Camila habló con él por videollamada.

—Eva llamó a través de mi habitación.

—Eso no significa que tengas que entrar en otra institución.

—Pero puede confiar en mí.

—Puedes ayudar sin estar físicamente allí.

—¿Cómo?

Camila le pidió grabar un mensaje.

Noah se sentó frente al mismo teléfono del conducto.

—Eva, soy Noah. Encontramos la escuela, pero ya no estabas. Si alguien te dice que nadie respondió, está mintiendo. Camila, Rachel y los agentes van a Bellweather. No necesitas luchar sola. Intenta recordar cualquier detalle, pero no hagas algo peligroso solo para demostrarnos que eres valiente.

Noah miró hacia Camila.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Se lo enviarás?

—Cuando encontremos una forma.

Daniela, que colaboraba desde el centro, insertó el audio en la frecuencia utilizada por los dispositivos médicos de Proyecto Nido. Si cualquiera de los teléfonos de Evelyn continuaba cerca de Eva, reproduciría el mensaje.

A mitad del trayecto, recibieron una señal.

El teléfono estaba en movimiento.

Daniela rastreó la frecuencia hasta una ambulancia que avanzaba por una carretera secundaria.

—No va hacia Bellweather —dijo—. Se dirige al este.

—¿Puede ser otra trampa? —preguntó Irene.

Camila observó la ruta.

La ambulancia iba hacia un aeropuerto privado propiedad de una antigua sociedad Whitmore.

Miriam planeaba sacar al menos a algunos jóvenes del país.

Irene dividió el equipo.

Adrian, Camila y varios agentes seguirían la señal.

Rachel, Sofía y Lucas continuarían hacia Bellweather para buscar a Katherine y a los demás estudiantes.

—No voy a separarme de ti otra vez —dijo Adrian a Rachel.

Ella lo miró.

—No estás decidiendo separarte de mí. Estás siguiendo a una niña que pidió ayuda.

—Puede ser una emboscada.

—También Bellweather.

Adrian respiró profundamente.

—Regresa.

Rachel no respondió con una promesa.

—Haz todo lo posible por regresar tú.

Los vehículos se separaron.

La ambulancia llegó al aeropuerto antes que Camila.

Cuando los agentes entraron en la pista, encontraron un avión preparado para despegar.

El piloto intentó cerrar la puerta.

Irene ordenó detenerlo.

Dentro del avión había seis jóvenes.

Eva no estaba entre ellos.

Una adolescente llamada Sara explicó que Miriam dividió al grupo. Los mayores serían trasladados a Europa con documentos nuevos. Los menores y aquellos cuyos padres continuaban vivos fueron enviados a Bellweather.

—Eva está con la doctora —dijo Sara.

—¿Por qué? —preguntó Camila.

—Porque su madre tiene algo que Miriam necesita.

—¿Qué?

—Una grabación del primer acuerdo de Proyecto Nido.

Katherine Bell no era solo una víctima.

Había estado presente cuando Charles, Victor y Miriam decidieron que los hijos podían utilizarse para controlar las propiedades de los pacientes.

Su testimonio podía demostrar que el programa fue criminal desde el principio.

El piloto fue detenido.

Los seis jóvenes recibieron protección independiente.

Camila habló con Sara antes de marcharse.

—¿Qué nombre quieres que utilicemos?

La adolescente tardó en responder.

—En la escuela me llamaban Sara Cole.

—¿Y antes?

—Creo que Amelia Foster.

—Podemos registrar ambos hasta que tú decidas.

La joven comenzó a llorar.

—Nunca me habían preguntado cuál quería.

Camila la dejó con una trabajadora social.

Después regresó al vehículo.

Bellweather estaba a más de una hora.

Rachel llamó desde la entrada de la maternidad.

—Las puertas están abiertas.

—No entréis sin apoyo.

—Escucho niños dentro.

Camila miró la carretera.

—Estamos en camino.

La comunicación se cortó.

En Bellweather, Rachel observaba un corredor lleno de antiguas cunas.

Al fondo había una niña con uniforme gris.

—Eva —dijo.

La joven levantó la cabeza.

—¿Eres Rachel?

—Sí.

—Noah dijo que vendrías.

Antes de que Rachel pudiera acercarse, una mujer apareció detrás de Eva.

Tenía cabello blanco, gafas finas y una bata médica.

Miriam Vale colocó una mano sobre el hombro de la niña.

—Rachel Whitmore —dijo—. La mujer que convirtió su fracaso como madre en una guerra contra toda una institución.

Sofía levantó su arma.

—Aléjese de Eva.

Miriam sonrió.

—Ese no es su nombre.

Eva miró a Rachel.

—No la escuches —dijo Rachel—. Tú decides qué nombre quieres conservar.

La doctora apretó ligeramente el hombro de la niña.

—No puede decidir mientras continúa confundida.

Rachel reconoció el lenguaje.

Era la misma frase utilizada por Charles para convertir cada desacuerdo en enfermedad.

—¿Dónde está Katherine Bell?

Miriam señaló una puerta.

—Esperando decirle a su hija por qué la abandonó.

La puerta se abrió.

Una mujer delgada apareció.

Eva dejó de respirar.

—Mamá.

Katherine levantó los ojos.

Durante un instante pareció reconocerla.

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Después dijo, con voz vacía:

—No tengo ninguna hija.

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